Extrañamente, el vitalista Resines está apático, cortado, comenta sin excesivo entusiasmo: «Parece que hoy todos vamos de graciosillos». Para confirmar ese tono forzadamente graciosillo, e imagino que saliéndose del guión, haciendo alarde de autoría, el trivial goyarizado Carmelo Gómez asegura que él es «carmelométodo». No lo pillan. Bueno, parece ser una sofisticada broma del actor del Bierzo sobre El Método. Hay cosas aún peores. Premiados que creen haber alcanzado su lugar en el sol haciendo interminable memoria histórica y sentimental sobre todos sus seres queridos.Es la ceremonia de pompa y circunstancias que va a reconocer a los más sensibles y profesionales del medio, un coñazo anual y hagiográfico, que se prolonga durante cuatro insufribles horas y 15 minutos en la madrugada del lunes, despreciando el descanso de la cinefilia enamorada del cine español (¿existe si no cobran de ella?) y a ese pueblo llano que no tiene más remedio que madrugar.
Elvira Mínguez da la gracias al público que sigue yendo a ver cine español, aunque a veces no le guste mucho. Empiezo a ponerme rojo y catatónico, aunque todavía no haya llegado el obligado capítulo de las jeremiadas, del lloriqueo con causa del ancestral aunque patético «somos la unida y artística familia a la que no nos comprenden ni nuestros amados espectadores, ni el indiferente Estado». Pero llega, en la figura de un señor con desinhibido y progresista jersey en la feria de las vanidades, Jaume Rouras, o algo así, la exigencia desde su responsabilidad moral de triunfador, a la europeísta ministra de Cultura, que aplique la bendita excepción cultural (o sea, lo de siempre, pasta pura y dura para subvencionar los imaginativos e inmensos logros de los heroicos y numantinos productores que se enfrentan al abyecto y depredador colonialismo del cine norteamericano) para que las películas españolas puedan seguir donándonos instrucción, cosas nuestras, felicidad.
Y se quedan a dos velas la muy sólida y emotiva 7 vírgenes, y la fría aunque irreprochable Obaba, después de que a esta última la paradójica Academia le haya ofrecido las llaves del reino bendiciéndola para el Oscar. También mi admirada Isabel Ampudia, protagonista de la lúcida, dura, sentimental y oculta a su pesar 15 días contigo, película que al parecer sólo hemos disfrutado mi novia y yo.
¿Y qué o quién me cae bien en este recorrido triunfalista del glorioso pasado y la popular actualidad de los Goya? Pues el muy correcto y atractivo Antonio Banderas, celebrando eso tan cinematográfico del regreso al hogar. Y la gracia genuina del nada rencoroso Santiago Segura, negándose al exilio a pesar de la indiferencia de sus colegas, a eso tan fenicio del éxito taquillero (¿dónde estaban el Papa Pedro y el grimosamente castizo Garci?), y la bonhomía del delgado y siempre inteligente Alex de la Iglesia, y la magnífica naturalidad del electricista Jesús Carroza, y la referencia políticamente incorrecta del psicoanalítico y excesivo Galiardo a la argentinidad profesional, y la hermosura y la elegancia (esa sensualidad y distinción tienen en su caso una relación umbilical con el cerebro) de Ariadna Gil y Pilar López de Ayala.
¿Y de los ganadores? Pues que me alegro mucho de que tantos espectadores sensibles, internacionalistas, poéticos y concienciados políticamente se hayan estremecido con la vibrante humanidad y estética de publicidad de lujo que exhibe la adorable y espontánea Isabel Coixet («Mi Tim, mi Sarah...», dios, qué repelús) en ese título tan poco pensado, tan lírico, tan metafísico de La vida secreta de las palabras. Y que cunda la identificación emocional con la intensa y depresiva Candela Peña, aunque yo siga sin entender por qué trabaja de puta esa vacua aspirante a princesa.

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