En medio de la vorágine informativa y política en la que estamos ha pasado algo inadvertida la invitación cursada por Mariano Rajoy a José María Aznar para que abra la Convención del PP del próximo 3 de marzo. ¿Por qué? Da la impresión que al actual líder del PP le preocupa demasiado el escenario que tiene ante sus ojos, que no se limita solo al Estatuto catalán, sino que alcanza al cambio de régimen, y no se ve con las fuerzas ni las ganas necesarias para abordar el desafío que va creciendo como una bola de nieve cuesta abajo y ha decidido recurrir a la persona que le cedió personalmente el poder, por ahora no sabemos bien para qué pero, de momento, para compartir la estrategia, el liderazgo y puede que los riesgos, que no son pocos.

De la misma manera que en el PSOE se han agarrado del brazo de Pujol a ver si se frena el deterioro (“encerrando a Carod en la jaula de Copito de Nieve” para convertirlo en mero espectáculo, le decían a un dirigente catalán) y de paso también a Zapatero para que no avance sin frenos hacia el precipicio al que va; en el PP, el líder Rajoy ha buscado refugio en su jefe natural y su padrino político, Aznar, al que estuvo a punto de recurrir cuando perdió los comicios generales del 2004 y se fue a Canarias a reflexionar.

Si Rajoy, en las circunstancias actuales, no puede con las intrigas, ambiciones y peleas internas de sus barones, Piqué, Acebes, Camps, Zaplana, etc., difícilmente se va a enfrentar a la crisis nacional y de incierto rumbo y consecuencias. Y no sería de extrañar que la invitación puntual que ahora le hace a Aznar se convierta pronto en algo más concreto, para recuperar su liderazgo en toda la derecha y la autoridad dentro del PP.

Un movimiento de ficha defensivo de Rajoy
—sobre todo si está pensando en su repliegue— y a la vez un cortafuegos para las ambiciones de sus barones, que aparte de los ya citados tiene en Gallardón, Aguirre y Camps, los liderazgos más sólidos y capaces de traspasar electoralmente el territorio del centro y las filas enemigas. Cosa que no le será fácil de conseguir a Rajoy en la compañía de Aznar.

Entre otras muchas cosas porque el PP aún tiene pendiente reconocer los errores cometidos en la guerra de Iraq —lo han hecho Bush y Blair— y en el 11M. Lo que sería por su parte un gesto de mano tendida al conjunto de la sociedad española, y mejor aún que lo hiciera Aznar en esa Convención, en la que es de esperar que no hable del riesgo de Balcanización de España o de guerras civiles, porque no estamos en esa tesitura.

La llamada de Rajoy a Aznar tiene, pues, algún trasfondo que habrá que desvelar. Porque lo que no tendría sentido ni explicación política sería convocar a Aznar para abrir la Convención y eso es todo. De esa manera, el Gobierno y sus medios de comunicación aprovecharían esta aparición del ex líder del PP para vestir de extrema derecha a todo el Partido Popular, y anunciar el regreso del brujo conservador, quedando luego todo como está. Entonces ¿para qué iba Rajoy a correr el riesgo de espantar al centro electoral si no es para algo más, aunque sólo sea para poner un poco de orden en el PP?

Aquí hay algo muy especial que no llegamos a controlar. A lo mejor Rajoy, y en eso no le falta razón, sabe que la batalla del Estatuto es sólo el preámbulo del gran envite sobre el cambio de régimen, y está llamando a los pesos pesados porque se acerca un tsunami político que, por el momento, no se ha podido detectar, que está sacudiendo los cimientos del régimen actual de la transición y que en cualquier momento podría estallar sobre el territorio nacional. Algo que a lo mejor alguien está preparando, o sueña con ello, en la Moncloa, o simplemente que se está desarrollando como una respuesta natural a los choques de fallas y cimientos del agotado régimen actual. Sobre todo una vez que se abrió la caja de Pandora o de los truenos de la España autonómica, federal o confederal.

Rajoy, diletante y huidizo de las grandes batallas del poder, ha tenido siempre un sexto sentido para sobrevivir, por eso huele la catástrofe y llama a Aznar. Entre otras cosas porque sabe que ninguno de sus barones está en condiciones de conseguir en el PP la unanimidad.