SE EQUIVOCAN los gobiernos estadounidense e israelí -y también varios europeos- al condenar la victoria de Hamás, que no deseaban, pero que era mucho más predecible y predecida de lo que ahora se confiesa. Y se equivocan, sobre todo, al establecer una igualdad o continuidad entre el partido Hamás y el Gobierno de Hamás. Porque no serán lo mismo, como muy pronto se verá y como ya ha apuntado el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que ha pedido «un poco de paciencia» para ver cómo las responsabilidades de gobierno ejercen su labor transformadora sobre Hamás.
Erdogan es islamista y su opinión me parece de las más lúcidas que se han manifestado hasta el momento sobre la victoria de Hamás. Porque él tiene claro que: 1) Hamás ha ganado las elecciones y se debe respetar la decisión del pueblo palestino y 2) Hamás debe renunciar al terrorismo y reconocer el Estado israelí si quiere tener apoyos y reconocimientos internacionales. Si esto se cumple, será posible eliminar muchos prejuicios y abrir un nuevo marco para el proceso de paz. Porque Hamás, sin desdibujar su condición de resistencia, será mucho más. Y será también, una vez pasada la hora de la euforia y las bravatas, un Gobierno con capacidad de interlocución en el mundo.
El propio llamamiento de Hamás a Fatah para trabajar o gobernar juntos es muy indicativo de que la fuerza política vencedora ha asumido la necesidad inexorable de su propio cambio. Hamás, como partido extremista, no puede dar mucho más de sí. Pero Hamás como fuerza que se centra y evita la corrupción que destrozó a Fatah, sí que puede alcanzar una sólida posición internacional. ¿Es esto confundir la realidad con los deseos? No. Los gobiernos de Israel y EE.?UU. rechazan ahora el diálogo con Hamás, y esto, que es malo, también es explicable y entendible. Es necesario un tiempo para ver lo que viene. Pero si Hamás da pasos en la buena dirección (renuncia al terrorismo y reconoce el Estado de Israel), todo empezará a cambiar para bien. En caso contrario, habrá que prepararse para un crudo invierno. Y esto, que no lo desea nadie, excepto los fanáticos, también puede ocurrir. Es el dilema -y la tentación- de Hamás.

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