LO CUENTA Malraux en sus Antimémoires: le pidió a Zhou Enlai (Chou En-Lai, en transcripción Wade-Giles), en nombre de De Gaulle, que desarrollara las libertades democráticas. Era una petición estrictamente retórica, antes de pasar a discutir asuntos de mayor calado práctico para los intereses de Francia. Pero Zhou Enlai tomó a pecho el reto y con una retahíla de ejemplos respondió a Malraux, no sin razón, que las libertades del pueblo chino consistían, verbigracia, en escoger morir en una inundación por falta de embalses, si llovía mucho, o de hambre, si llovía poco. Cuando las necesidades básicas estuvieran satisfechas, ya pasarían al lujo de las libertades, vino a decirle.

Rawls, en uno de los libros más notables del siglo XX (Theory of Justice) toma también en cuenta esa jerarquía de urgencias en la evolución de las demandas que experimentan las sociedades al progresar materialmente. Al aumentar el bienestar material, con la cobertura de las necesidades primarias, pero no antes, entre las que se incluye cierto nivel de instrucción y formación, la demanda social de bienes espirituales , como la libertad, crece más rápidamente que la de mercancías. El libro de Rawls generó una profusión de trabajos respecto al altruismo.

En principio, el altruismo podría entenderse como una forma de cooperación eventualmente diferida: damos hoy solidaridad para recibir mañana. Pero en las sociedades consumistas modernas cabe otra interpretación: es un medio para obtener el confort moral que nutre la autoestima. De hecho, el altruismo ha degenerado en una especie de humanismo buenista. No es este lugar para atacar con ceñida precisión el polisémico concepto de altruismo (ver Kolm e Ythier: Handbook of the Economics of Giving, Altruism and Reciprocity), si bien, para despejar dudas y ambigüedades, quiero dejar sentado que altruismo y sacrificio se oponen radicalmente. El sacrificio es la asunción de las responsabilidades individuales a favor de la especie, de la sociedad, sin esperar ninguna recompensa personal. Por el contrario, el altruismo, en su versión buenista, conecta con una exaltación narcisista del ego tendente a reforzar la autoestima. El sacrificio es propio de los jefes, y el altruismo, de lo que se entiende por progres.

El jefe es capaz de sacrificar incluso su prestigio y arrostrar la impopularidad en aras de la sociedad; el progre busca, con la pose altruista/buenista, el halago y el prestigio social. Salta a la vista que si Bono e Ibarra hubieran dimitido ante el pacto de Zapatero y Mas, se habrían comportado como jefes, asumiendo un enorme sacrificio. Sin embargo, su repliegue ha dejado un amargo regusto de logorrea en consonancia con la estética moral de la pose izquierdista.

Pertrechado con el buenismo humanista, el sujeto se revaloriza a sus propios ojos y disculpa con ello las faltas y los errores políticos que ha cometido o que pueda cometer. En este sentido, el beneficio personal es enorme, pues permite, sin cargo alguno de conciencia, proyectar contra los excluidos del círculo la agresividad y las tensiones del medio. De ahí que el buenista, al obtener la justificación de sus actos por la autoestima, caiga con frecuencia en el sectarismo liberticida: no le interesa la libertad, sino su libertad. Y del sectarismo cae en la incoherencia.

Por ende, si hay confluencia de progresismo con nacionalismo, la incoherencia es total. ¿Cómo pueden, por ejemplo, republicanos confesos tener nostalgia, sin sonrojo, de «o noso rei García» o acusar al PP de ultraderecha, por el apoyo de Tejero al referéndum respecto al Estatuto catalán, cuando en la consulta relativa a la Constitución europea los mismos pedían también el no , a la par que la Falange?