Cuando el pasado viernes la plana mayor de La Caixa presentó los resultados que había conseguido en el 2005, daba la sensación de que intentaba emitir un doble mensaje. Por un lado, el de una cierta modestia. Había conseguido un beneficio que superaba al del año anterior en un 83% y se empeñaba en destacar las ganancias que habría obtenido (un 20% más sólo) si no se contasen lo que se denominan extraordinarios (venta de acciones de las empresas participadas.
Pero por otro lado tanto el discurso de Ricard Fornesa, su presidente, como especialmente el de Isidro Fainé, su director general, rezumaban satisfacción por el exitoso año que acababan de cerrar y del que exhibieron un balance que, se mire por donde se mire, muestra una salud de hierro envidiable. Pese a la «hostilidad» de la que habló el primero, el segundo mencionó un aumento de más de 450.000 clientes en el conjunto de España, de los que algo menos de cien mil lo fueron en Madrid. Y es que La Caixa se siente acosada, aunque prefiere pensar que lo peor ya ha pasado, pero tiene motivos más que suficientes para sentirse fuerte. En estos meses, cuando la controversia con motivo de la redacción del nuevo Estatut catalán sacudía España y la OPA de Gas Natural sobre Endesa ponía a la entidad financiera en el ojo del huracán, el equipo que capitanea Fornesa se ha preguntado frecuentemente de donde podría venir semejante animadversión. ¿El motivo eran las participaciones tan importantes que el grupo posee en las principales empresas españolas (Repsol, Gas Natural, Aguas, Telefónica, antes Endesa )? ¿Los recelos los motivaba el cada vez mayor protagonismo de las cajas, cuya estructura societaria tanto desconcierta a algunos, en la economía española frente al de los bancos? ¿Era por ser catalana?

Cómo buscar una respuesta que todo lo explicara podría parecer una empresa imposible, los directivos de La Caixa dan la impresión de haber elaborado una estrategia que camine en varias direcciones a la vez. El primer objetivo sería el del crecimiento, como parece lógico en cualquier empresa que quiera competir. Más exactamente, el del crecimiento solvente, tal y como mostraba un eslogan repetido machaconamente en diversos soportes. Para crecer, La Caixa cuenta con una plantilla perfectamente adiestrada que si ha sido capaz de crecer fuertemente este año en España en las circunstancias conocidas debe seguir haciéndolo máxime cuando el temporal, piensan, podría empezar a amainar. Sobre todo si vamos a una etapa de subida de tipos de interés, que siempre es una escenario más fácil para el negocio financiero. A Fornesa le gustaría además que La Caixa abordase la expansión internacional, pensando sobretodo en Latinoamérica y Europa, pero -¡ay!- aquí vuelve a tener el freno del clima poco propicio que hay en torno a las cajas. En cuanto al problema del poderío industrial, me pareció entender que Fornesa daba por acabado el crecimiento de la cartera, planteándose incluso alguna desinversión puntual o adelgazamiento de sus posiciones, como hizo en su momento en Endesa, y volviendo a llamar a otros actores a que compartiesen con ellos el accionariado de algunas de las empresas en las que están presentes. Si hay nuevas inversiones significativas, lo será en el sector de las infraestructuras vino a decir. Y la tercera pata de la estrategia sería la Obra social. Si con la llegada de Fornesa a la presidencia, ya se imprimió un giro hacia actividades más sociales, el presupuesto del 2006 prevé que lo dedicado a este capítulo y a poner en marcha viviendas asequibles sea casi un 50% más de lo que se llevará la ciencia y la cultura. Y otro matiz, el esfuerzo en Madrid será aún mayor, para que esta faceta del espíritu de La Caixa se visualice todavía más.