Mi cine español. Sentí mucho no estar anoche entre los míos, para agarrar la mano de mi padre en el momento justo, o poder tirarme al cuello de Santi Tabernero a darle un beso de tornillo por cada fotograma de Vida y Color o a los huesos de Oscar Jaenada por manejar tantísimo talento. Pero montar un número rollo Catherine Zeta Jones en los Oscar de Hollywood, suspirando en el hombro de Michael y con toda la policía en guardia porque podía romper aguas entre premio y premio, me pareció excesivo. Quitar protagonismo a los premiados con algo tan mediático como parir en plena gala, tenía un punto perverso que no me pega nada. Porque si lo del parto en la M-30 en pleno atasco abrió telediarios, esto podría hacer sombra hasta al mismísimo Estatut. En fin. Me quedé en casa, aplaudiendo o maldiciendo entre amigos, que cuando quieren lo entienden todo y te puedes poner como loca a despotricar o a cantar villancicos fuera de fecha. Y en pleno glamour me venía a la cabeza todo el cine español desamparado, las pequeñas películas con enormes historias que contar que casi nunca llegan al alma de los espectadores a quien van dirigidas. Estrenan de rodillas ante el terror americano y se van suspirando a la semana de lanzarse a la vida, con las orejas gachas, por la puerta de atrás. Películas que acaban el rodaje con el dinero justo para dar de comer a todo el mundo, exhaustas, sin un duro para promocionarse y crear la necesidad en los demás de compartir lo que se cuece dentro de la Historia. Nuestras propias publicaciones especializadas en celuloide y fotogramas, priorizan en portada la decimotercera entrega de Spiderman o Harry Potter Twelve antes que apostar por uno de nuestros proyectos a no ser que se trate del gran favorito del año, imposible de obviar, entre otras cosas. Una pena. Hemos cerrado el año con mejor cuota de mercado y 12 millones de euros de recaudación más que el año pasado. Y eso está bien, pero ya acostumbrados a que una sola película levante las cifras también nos acoplamos a que la mayoría se arrastre buscando la oportunidad de estrenar en un hueco, en un agujero entre estreno y estreno americano. Hay demasiada oferta y no son tantos los momentos que dedicamos a alimentar el cuerpo de pasiones de ocio y tiempo libre. Al contrario. Hay que elegir muy bien para no arrepentirse de chupar grados bajo cero, taladros en la oreja, atascos, multas y algún deseo violento de zanjar la bronca de un puñetazo. ¿Y a dónde vas? Pues a ver lo que te han metido a capón por los cinco sentidos, porque sientes la necesidad de ver lo que van a ver los demás, no vaya a ser que te quedes al margen de la conversación o que sea culpa tuya elegir algo raro y no acertar. Mejor si eligen otros y si luego no está tan bien como esperabas, a tragar y punto, porque es lo que se cuece Ya no se trata de pedir, ni de lloriquear, ni de aburrir a nadie con palabras cansadas. Se trata de entender que nuestro cine se debe proteger como asunto de Estado, reconocer sus alas para exportar nuestro universo por el mundo, de corazón a corazón, su fuerza para llevar a España de la mano y ondearla con mucho más sentido que una bandera, una frontera, o un discurso político habitualmente desgastado. Con nuestro cine vuela nuestra manera de vivir, nuestra música, nuestra literatura, nuestro sentido del humor, nuestra Historia, nuestras condenas, nuestra ganas . Con él viajamos todos. La excepción cultural. Pues sí. Hay que cuidarla, mecerla entre algodones para que no se muera poco a poco, cansada de gritar bajo el agua, sin eco, sin repuesta.Cansada de hablar consigo misma y de no encontrar cómo, cuándo, dónde llegar a los demás.