Al votar masivamente por Evo Morales los bolivianos marcaron un punto de inflexión en su historia.
El hecho de que un representante de la mayoría de la población de Bolivia alcance el máximo cargo político a través de elecciones ejemplares refleja el firme avance del proceso de democratización que se inició en la década de los 80 en nuestro país y se expandió por toda América del Sur.
El pueblo indígena en Bolivia y en otros países de América fue por muchos años discriminado y sometido a una situación neocolonial en la cual era tratado como extranjero en su propia tierra. Esta cruel discriminación se realizó en el campo cultural, político, económico y social. En ese contexto debemos ser conscientes de que lo ocurrido en Bolivia en muchos sentidos se asemeja a lo acontecido en Sudáfrica con Mandela.
El nuevo gobierno de Bolivia deberá enfrentar desafíos extraordinarios en todos los terrenos. El país no está integrado en lo cultural, donde una elite minoritaria intentó por siglos imponer su identidad a la mayoría de la población. También sufre fuertes diferencias regionales y tensiones secesionistas derivadas de una dispar asignación de la riqueza. Es potencialmente rico por sus recursos naturales, pero no cuenta ni con un tejido industrial-tecnológico, ni con una infraestructura básica que garantice su desarrollo.
Su estructura productiva es claramente dual, con un sector exportador ligado a la economía regional o global y el resto, fuera del sistema. Como lo señaló el presidente Morales, "Bolivia está sentada sobre un mar de gas y los bolivianos no tienen acceso al gas".
Las disparidades socioeconómicas y socioculturales son brutales y expresan fuertes contrastes. La indispensable incorporación de la mayoría al control de los resortes de gobierno demandará el tiempo necesario para la calificación de los cuadros que puedan asegurar una eficaz gestión. El cultivo de la coca reemplaza muchas veces cultivos menos rentables y coloca al país en el centro de las desestabilizadoras tensiones que genera el narcotráfico. El reclamo de una salida al mar genera tensiones con Chile que deben resolverse.
Debemos tener presente que la seguridad y prosperidad del Cono Sur se verá en gran medida afectada si se obstaculiza el proceso de democratización que encarna en Bolivia el gobierno del presidente Evo Morales. En ese marco cabe preguntarse qué podemos hacer para contribuir al éxito de su gestión.
La situación exige un claro y verdadero apoyo de los países mayores de la región (Argentina y Brasil), no sólo por solidaridad sino porque intereses vitales serían amenazados ante un fracaso del proceso boliviano.
Debemos ser conscientes de que la mera integración de Bolivia al Mercosur no resulta una solución para dicho país a la luz de las evidentes deficiencias de dicho sistema de integración. Cabe recordar que el proceso de integración regional que se inició en 1985 entre Argentina y Brasil perdió el rumbo orientador político original en 1991 para transformarse conforme a la lógica neoliberal predominante en los años 90 en un mercado, un trampolín para la inserción competitiva en la economía globalizada. Todos vimos las consecuencias devastadoras de llevar de manera acrítica hasta sus últimas consecuencias esta línea de pensamiento neoliberal.
El desafío de la ampliación del Mercosur y la eventual incorporación de Bolivia debiera hacernos reflexionar sobre la actual concepción de nuestro esquema de integración y llevar a cuestionarnos si es realmente capaz, conforme a su actual estructura, de asegurar un desarrollo sustentable y equilibrado en la región y favorecer una justa distribución de la riqueza.
Mi opinión es que el proceso de integración tal cual fue concebido en la década de los 80 en Iguazú favoreció la constitución de una zona de paz y la eliminación de las hipótesis de conflicto, la expansión de la democracia y de los derechos humanos; fortaleció la cohesión interna de la región y su capacidad de negociación externa. Pero su posterior transformación en el Mercosur, en 1991, al debilitar su concepción política, hizo al bloque mucho más vulnerable a los vaivenes de la coyuntura económica.
Es evidente que Bolivia no puede integrarse de manera abrupta al mercado regional y que requiere una etapa de transición que asegure y proteja frágiles industrias incipientes. El Mercosur no debe atarse a definiciones economicistas sino que debe estar guiado claramente por objetivos políticos, como brindar mecanismos con la necesaria flexibilidad para permitir el desarrollo económico de Bolivia y otros socios menores.
Los países mayores de la región deben asumir su responsabilidad, impulsar políticas constructivas y solidarias y no dejarse tentar por la lógica del poder o del mercado, que generalmente asegura beneficios efímeros y para muy pocos. Tenemos que comprender que el éxito de Bolivia ayudará al éxito de la región.
Asimismo, la situación de Bolivia debería hacernos centrar nuestra atención sobre otro problema que afecta a todos los países de la región sin distinción: la brecha social, consecuencia de una pésima distribución de la riqueza, la más desequilibrada del mundo. La historia ha demostrado que el crecimiento económico que no es acompañado por una buena distribución de la riqueza no es sostenible en el tiempo.
Los recientes acuerdos entre Argentina y Brasil parecieran ir en la buena dirección al recuperar el Mercosur su hilo conductor político y generar mecanismos que otorgan mayor flexibilidad. Equilibrar los costos y beneficios entre los países miembros es un paso en la buena dirección, pero no se debe perder de vista que para que ello sea posible es imprescindible equilibrar los costos y beneficios dentro de nuestras propias sociedades.
Digamos de paso que esa flexibilización no puede ser permanente. Pensemos que Brasil tiene un dólar alrededor de 2,20, mientras que en Argentina se cotiza a 3. Sin embargo, la balanza comercial sigue siendo favorable a Brasil, lo que expresa la necesidad de modernizar nuestra producción industrial, para lo cual son necesarios incentivos que deben encontrarse rápidamente. Por otra parte, cada vez se hace más evidente que los socios mayores del Mercosur deberían ayudar a la industrialización de los socios menores.
Un tema singularmente importante es el del gas. Tanto Brasil como Argentina son fuertes compradores que tendrán que asumir la necesidad de pagarlo más caro. Por otra parte, deberíamos dejar de delirar con el disparate de tender un gasoducto desde Venezuela a un costo cercano a los veinte mil millones de dólares. Si Venezuela regalara el gas, llegaría a nuestro país, por costo de transporte nada más, al doble del precio que hoy paga la industria y cuatro veces más caro que el precio actual de importación del gas boliviano. El gasoducto que hay que hacer es el que nace en Bolivia.
La elección de Evo Morales debe llenar de alegría y esperanza a todos los demócratas de América del Sur; constituye un paso significativo en un proceso que puede conducir a una profunda transformación de Bolivia y —tal vez— de toda la región. Argentina y Brasil deben ser solidarios con ese proceso de transformación.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/30/opinion/o-01701.htm
Copyright 1996-2006 Clarín.com - All rights reserved

Escribe un comentario