Consideren el enunciado siguiente: «Guadalajara se encuentra a cuarenta kilómetros y quince milímetros de Madrid, kilómetro arriba, kilómetro abajo». La precisión milimétrica es estúpida, puesto que ha quedado desautorizada por una previa imprecisión kilométrica. O si se prefiere: las incertidumbres que afectan a un orden de magnitud superior, excusan toda especificación referida a un orden de magnitud inferior. Este principio, básico en ciencia, no suele observarse en política. En política, al menos en la española, aunque me temo que no sólo en ella, los profesionales de la cosa propenden a ajustar los milímetros y tasar a bulto los kilómetros. Lo demuestra el bodrio estatutario catalán, y el increíble itinerario que hasta la fecha ha recorrido.

Empecemos por los contenidos. La fórmula acordada para el Preámbulo reza así: «El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía catalana, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como una nación». Se añade después: «La Constitución, en su artículo 2, reconoce la realidad nacional de Cataluña en forma de nacionalidad». La primer cláusula no afirma, en rigor, que Cataluña sea una nación. Lo que asevera, es que el Parlamento autonómico la ha definido como una nación. Esta oblicuidad esconde un efecto cómico. Es como si un deportista, en lugar de decirnos que ha ganado los cien metros valla, nos informara de que su periódico local ha publicado la noticia de que ha ganado los cien metros valla.

Los normal es que repliquemos, extrañados: «Oiga ¿ha ganado o no ha ganado usted los cien metros valla?». La segunda cláusula nos remite a la Constitución, y señala que ésta acoge a Cataluña como nacionalidad, y por tanto, como nación. Pero ni la Constitución enumera las nacionalidades, ni se sabe lo que es una nacionalidad, salvo por un matiz negativo: una nacionalidad es algo que no es una nación. La conclusión es que Cataluña, en vista de que es una nacionalidad, y por ser nacionalidad, no es nación, resulta que es nación. Ignoro cuánto tiempo habrán estado dándole al magín Rubalcaba y sus interlocutores catalanes. Pero no parece que hayan logrado descubrir la pólvora.

Ahora, pongamos un trémolo solemne en la voz. Este estatuto debería confirmar, según Zapatero, a la nueva España, una España que por fin habría adivinado un encaje territorial fructífero y estable. El caso, sin embargo, es que Mas no ha tardado un minuto en anunciarnos que el Estatut es sólo un rellano en la escalera de caracol que conduce a la soberanía real de Cataluña. Sobran comentarios.

¿Y el itinerario? CIU no quería el Estatuto, por instinto y también porque había sido idea de ERC y Maragall. Cuando todo el mundo lo daba por difunto, Zapatero lo resucitó en un encuentro sorpresa con Mas. Ha vuelto a repetirse la operación, con consecuencias que todavía no estamos en grado de calibrar. El perjuicio infligido a la cúpula instalada en la Generalitat ha roto de momento la unanimidad entre los firmantes del documento, y provocará reacciones transversales y quizá serias. Peor aún: el contenido del acuerdo es secreto -obscenidad incomprensible en una democracia regida por el principio parlamentario-. Y no sólo secreto sino, por lo poco que se sabe de él, caótico y probablemente incoherente.

Pero los actores de esta intriga grotesca estaban atentos a los milímetros. El Gobierno ha podido fingir, durante unos días, que se cerraba un proceso conflictivo para los socialistas y enojoso para la opinión. Y Mas ha recuperado el protagonismo y robado la cartera a sus rivales. Lo de Mas, de acuerdo, no son milímetros. Son centímetros, y hasta decímetros. Las averías ocasionadas se miden, no obstante, en kilómetros.

En esencia, se ha tenido la sensación penosa y justificada de que un solo partido podía iniciar, a cencerros tapados y con la complicidad del Presidente del Gobierno, aunque no necesariamente de su Gabinete ni de sus diputados, una transformación irreversible de la estructura estatal. Esta sensación deslegitima al sistema y estimula el caos. Mientras el PSOE daba señales patentes de postración clientelista, los presidentes autonómicos nos han servido un anticipo de lo que será la España confederal: una pugna de emulaciones, en que todos pretenderán contar con los recursos comunes y nadie cederá un ápice de los propios. En medio del desconcierto fabuloso, Rajoy ha propuesto un referéndum inviable, sin otro propósito que subrayar gestualmente un compromiso con la nación que sus barones miran con recelo y que, bien mirado, tampoco están en situación de asumir. Los padres de la patria, la grande y las chicas, están dando el espectáculo.