El triunfo electoral de Evo Morales ha supuesto un vuelco en la historia de la democracia boliviana. Por primera vez, un candidato no procedente de los partidos del establishment y que abandera la voz de los excluidos se ha impuesto en unas elecciones presidenciales. Ha sido además una victoria arrolladora, lo que le ha permitido conformar, también por primera vez, un Gobierno propio, sin necesidad de pactar con otros partidos. Lo ocurrido en Bolivia, más allá de sus particularidades, escenifica algunas transformaciones políticas desarrolladas en la región, especialmente tres.
En primer lugar, Bolivia se incorpora al grupo de países latinoamericanos en que gobierna la izquierda. Una de las principales razones que lo ha hecho posible es el agotamiento de las políticas económicas del llamado Consenso de Washington, sobre todo, por su incapacidad para mejorar las condiciones de vida de la población. Frente a este modelo neoliberal, el Gobierno de Evo Morales ha anunciado cambios sustantivos, como conceder un mayor protagonismo al sector público y combatir los alarmantes niveles de pobreza y desigualdad.
Asimismo, el origen indígena del nuevo presidente sitúa a Bolivia en la vanguardia de los países en que el movimiento indígena ha alcanzado relevancia política. Al igual que en Ecuador y Perú, la llegada de la democracia supuso un avance en el reconocimiento e inclusión social y política de este colectivo. Sin embargo, fue un avance limitado y, por lo general, más formal que real. De ahí la explosión del movimiento indígena en los últimos años.
Por último, el MAS liderado por Evo Morales no es propiamente un partido, sino una plataforma electoral que congrega a una amplia diversidad de organizaciones sociales. Es una de las fórmulas de articulación de intereses políticos que han emergido, en los últimos años, en un contexto de elevada debilidad institucional y desconfianza respecto a los partidos. Fórmulas que, como en el caso del MAS, pueden crear oportunidades para una renovación de la clase política. Ello no significa que este movimiento no pueda transformarse en un partido sólido. De hecho, parece conveniente que esto sea así, tanto para el propio MAS como para la democracia boliviana.
Esta nueva política que se ha extendido por la región viene acompañada de una agenda también nueva de reformas institucionales (de la Constitución, del modelo de organización territorial...). Para llevarlas a cabo será necesario desarrollar esfuerzos de diálogo y negociación con las principales fuerzas sociales y políticas. En caso contrario, se corre el riesgo de repetir las situaciones de enfrentamiento y polarización del pasado, que han conducido a no pocas crisis de gobernabilidad. Confiemos en que estos esfuerzos prosperen.
MIKEL BARREDA, consultor del Institut Internacional de Governabilitat de Cataluny

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