Aunque la victoria electoral de Hamas haya dejado estupefacta a la comunidad internacional, ha resultado quizá menos sorprendente para los palestinos de a pie, cansados de una cultura de corrupción, principalmente institucional, del ciclo perverso de violencia, ineficacia y negligencia a que da lugar y de las consecuencias destructivas que engendra en los planos político, social y económico.El resultado ha sido incluso más comprensible en Gaza, donde ha reinado el desgobierno más absoluto desde la retirada de Israel en agosto pasado y ha precedido de manera inmediata a las recientes elecciones.
A lo largo de toda la campaña, Hamas se ha mantenido fiel a su mensaje contra viento y marea mientras que Al Fatah se ha roto en pedazos por culpa de la división en el seno de la organización entre los viejos y los jóvenes. A pesar de su reconciliación en el último minuto, ha sido incapaz de recuperarse. Quizá no haya que considerar necesariamente que el voto a favor de Hamas haya sido un voto a favor de su programa sino más bien un voto a favor del cambio y en contra del statu quo.
En las primeras elecciones legislativas desde 1996, Hamas se ha asegurado una mayoría confortable de 76 escaños en un parlamento de 132, lo que le permite formar gobierno y no tener que intentar una coalición. Con sus 43 escaños, Al Fatah pasa a la oposición y no tiene más remedio que redefinirse a sí misma mediante una generación de dirigentes más jóvenes. Una cuestión fundamental es si lo que prevalecerá en el nuevo gobierno de Hamas será el dogmatismo o el pragmatismo. Son muchos los que sospechan que la realidad del poder, que favorece la moderación, y su influencia, que favorece con frecuencia la corrupción, distanciarán al nuevo gobierno de Hamas de la retórica maximalista de la campaña y de la euforia embriagadora de la victoria.
La cuestión predominante es qué relaciones establecer con un gobierno controlado por un movimiento tachado de terrorista por los israelíes, con los que los palestinos deben negociar para tener finalmente un Estado, por los europeos, que proporcionan la mayoría de la ayuda a los palestinos, y por EEUU, garantes últimos e intermediarios de cualquier acuerdo final.
A pesar de algunos incidentes dispersos de violencia, el alto el fuego declarado por Hamas hace más de un año se ha mantenido en su mayor parte. Sin embargo, es improbable que Hamas renuncie a su empeño de destruir Israel cuanto antes se pueda o a sentarse con los israelíes en una mesa de negociación para mantener conversaciones de paz, o viceversa.
A pesar de su etiqueta de terrorista, Hamas goza de fama de gobierno limpio y de proveedor eficaz de servicios sociales entre un gran número de palestinos corrientes y molientes. No obstante, una parte considerable de la credibilidad de Hamas deriva también de su negativa a reconocer a Israel o su derecho a existir. Para un gran número de los israelíes de extrema derecha, la victoria de Hamas ha sido lo mejor que podía ocurrir para poner punto final de manera permanente al actual proceso de paz. Para EEUU, la Unión Europea y el centro y la izquierda de Israel, el resultado de las elecciones ha sido lo peor que podía pasar.
Con este mandato popular recién obtenido, Hamas se va a centrar en las reformas internas que son precisas de manera acuciante con el objetivo de ganarse su propia consolidación política entre sus partidarios, los palestinos de la calle y los que todavía la ven con escepticismo. La idea de Hamas es a largo plazo, es decir, que la vida va más allá del proceso actual de paz, tenga o no éxito, y que su objetivo es reemplazar a Al Fatah como partido político principal de los palestinos.
Salvo que se produzcan asesinatos programados a cargo de Israel, es probable que Hamas continúe con su alto el fuego y deje el papel público de las conversaciones de paz al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Abu Mazen, mientras ejerce su influencia entre bastidores. No deja de ser irónico que la victoria de Hamas pueda terminar resultando un activo para Abu Mazen. El líder de Al Fatah puede aumentar temporalmente su influencia al mismo tiempo que se reduce la presión de una Al Fatah desmoralizada, asolada por disputas internas. A corto plazo, la presencia de Mazen como presidente de la ANP es crucial en la búsqueda de la legitimidad internacional por Hamas. No hay que descartar que, a largo plazo, Hamas considere que Mazen es un personaje prescindible cuya última misión en la vida política sea la de alcanzar un acuerdo final con Israel, una misión difícil que no es probable que colme las expectativas de la opinión pública palestina.
Desde la perspectiva de Hamas, la actitud mejor y más segura con la que abordar este asunto puede ser la de distanciarse y apartarse públicamente de las negociaciones con el objeto de librarse de los aspectos negativos de las consecuencias, los riesgos o las repercusiones de un posible acuerdo final o del fracaso de alcanzarlo. En el caso de que Mazen sea capaz de obtener un resultado positivo, le permitirán disfrutar de ese momento de gloria dado que su edad no supone ya ninguna amenaza a largo plazo para Hamas. Si las negociaciones fracasan o se alcanza «un mal acuerdo», Mazen habrá de cargar con el estigma histórico de haber traicionado a los palestinos
Una cuestión inmediata de importancia es lo que vaya a ocurrir con los elementos desencantados de Al Fatah. responsables del desgobierno reciente. Los posibles escenarios incluyen que se integren en unas fuerzas de seguridad, objeto de una nueva reforma y encabezadas por militantes de Hamas; que formen milicias organizadas en oposición al nuevo gobierno; que se conviertan en mafias delictivas; que se vuelvan unos contra otros; o que concentren todos sus esfuerzos en combatir a las fuerzas israelíes.
Faltan todavía un par de meses hasta las elecciones israelíes.Aunque la ventaja actual del partido centrista Kadima pueda reducirse a medida que se acerque la jornada electoral, eso depende del desarrollo de los acontecimientos políticos en el lado palestino.Si las noticias son cada vez más negativas, ocasionarán un giro de los israelíes hacia la derecha, en beneficio del Likud. Si se imponen la moderación y la calma entre los palestinos, los beneficiados serán los centristas de Kadima.
En último término, la ruptura absoluta del proceso de paz no haría sino acelerar la política israelí de retirarse unilateralmente de las áreas de las que considere posible hacerlo e imponer las fronteras definitivas que le parezcan más oportunas, con independencia de quién sea el ganador de las elecciones del 28 de marzo en Israel.
Marco Vicenzino es analista y director del Global Strategy Project.

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