La dimisión de Suárez veinticinco años despues, de Victoria Prego en El Mundo
«Quizá cuando me vaya hablen bien de mí»
Adolfo Suárez recorrió los últimos meses de su mandato sumido en la amargura y con un intenso sentimiento de derrota.
Cuando la transición política a la democracia es sometida a examen y en muchos casos juzgada como un error o, en todo caso, una concesión indebida a los supervivientes del antiguo régimen, la revisión de los avatares personales del presidente del Gobierno que hizo posible un cambio de régimen en España sin derramamiento de sangre muestra con nitidez las enormes dificultades de toda índole a las que se tuvo que enfrentar este hombre que, al fin, anunció su retirada sintiendo que había sido traicionado por los suyos, abandonado por quien durante esos años le había proporcionado su decisivo apoyo, y acosado por sus adversarios políticos. Tras su dimisión, tuvieron que pasar varios años para que su obra empezara a ser valorada como se merece.
MADRID.- No era la primera vez que lo pensaba pero fue la primera vez que lo dijo: «Me voy a ir». Ninguno de los presentes le creyó.Es más, probablemente ni siquiera tomaron nota de lo que acababan de oír. El caso es que Suárez lo dijo.
Fue en una finca que el Ministerio de Obras Públicas tenía en Manzanares el Real, provincia de Madrid. Era el 7 de julio de 1980. Ese día se celebraba una reunión de la llamada Comisión Permanente de UCD, un órgano que Suárez se había visto obligado a crear para saciar la ansiedad de todos los jefes de filas de las familias centristas, que en ese momento no formaban parte del Gobierno y que reclamaban su cuota de poder. El orden del día era el clásico: perspectivas políticas y funcionamiento del partido. Pero el objetivo era muy otro: someter a discusión, y a votación, el liderazgo de Adolfo Suárez en presencia del propio Adolfo Suárez.
El espíritu de la mayoría de los presentes lo había formulado meses antes con absoluta crudeza Joaquín Garrigues, representante de los liberales ucedeos: «Vamos a hablar a calzón quitado diciendo lo que se piensa con amistad y sinceridad. Se ha producido un proceso de concentración de poder en el presidente y uno ya no se entera de las decisiones más que por los periódicos. Hay dos opciones, por tanto: o hacemos una 'banda' y gobernamos contigo [le dijo a Suárez], o gobiernas tú solo. Esta es una decisión previa. De otro modo, yo no me puedo sentir corresponsable y me tengo que ir a la oposición dentro del partido».
Pero, entre esa declaración de intenciones, que era un claro anuncio de acoso, hecha por Garrigues a finales de marzo de 1980, y la advertencia del 7 de julio de Suárez, olímpicamente ignorada por sus barones, habían sucedido muchas cosas que habían deteriorado aún más la ya tambaleante figura política del líder de UCD.
En el mes de mayo Adolfo Suárez había tenido abierta durante casi un mes una crisis de gobierno que no lograba cerrar por culpa de los feroces pulsos que mantenían los barones del partido.Y cuando, por fin, consigue cerrar la crisis, se encuentra con que el PSOE anuncia una moción de censura.
Aquellos debates parlamentarios de la moción de censura, que se celebraron entre el 28 y el 30 de mayo, y que fueron retransmitidos íntegramente por televisión, fueron su puntilla política a los ojos de los electores. Suárez no se atrevió a entrar en el combate y optó por enviar a sus ministros a replicar a los ataques, mientras él permanecía acurrucado en su escaño sin despegar los labios.Cuando Alfonso Guerra dijo que «la mitad de los diputados de UCD se entusiasman cuando oyen en esta tribuna al señor Fraga y la otra mitad lo hace cuando quien habla es Felipe González» estaba describiendo lo que de verdad sucedía en el interior del partido en el Gobierno. «La operación de sustitución de Suárez está ya en marcha», aseguraba la prensa nacional. Era evidente que su prestigio acababa de sufrir un brutal deterioro.
El 7 de julio, 40 días después de haber padecido aquel implacable vapuleo, Suárez está sentado frente a sus barones en la que se ha conocido como la reunión de «la Casa de la Pradera» y escucha de boca de varios de ellos que «Suárez ya no sirve». Rodolfo Martín Villa lo explica: «El retranqueo del presidente [en el debate del Congreso] ha puesto en duda su capacidad y su competencia.Se duda de su capacidad para gobernar». Joaquín Garrigues lo traduce en clave interna: «No estoy de acuerdo en cómo se lleva el Gobierno, el partido y el grupo parlamentario. Fernando Abril [vicepresidente] tiene unos poderes desproporcionados y Adolfo Suárez también. O nos entendemos en esta mesa, y ello implica repartir el poder, o yo me voy a por ellos». Landelino Lavilla remata: «El problema debe enfocarse desde la perspectiva de lo que hay que hacer y, cuando lo sepamos, ver si es bueno o no que Suárez siga siendo presidente del partido y presidente del Gobierno».
Y eso no es más que el aperitivo de la mañana. De acuerdo con el detallado relato que Josep Meliá hace en su libro Así cayó Adolfo Suárez escrito en los días inmediatamente posteriores a la dimisión del presidente, la polémica continuaría en los mismos términos por la tarde. «Si yo te respaldo», le dice a Suárez Joaquín Garriges «es para estar 'a chapas'. El pastel hay que repartirlo. Debes hacer una propuesta de gobierno colegiado.Si no lo haces, esta mesa generará un nuevo líder y compartirá el poder».
Suárez, que a esas alturas es ya un hombre psicológicamente quebrantado, que no ha conseguido superar la sensación de inferioridad intelectual que siente frente a sus ministros -«claro, porque ellos eran todos abogados del Estado y yo era abogado nada más», confesaría años después- y que se sabe fatalmente acosado por los suyos, además de por los adversarios, se limita a decir que él acepta que se cuestionara su liderazgo si se hace dentro de la dirección, pero que tienen que decidir qué quieren hacer con UCD: un partido de facciones o un partido de verdad.
Y es entonces cuando lo dice. Dice que si el comportamiento de UCD no cambia radicalmente y sus líderes no abandonan de una vez por todas las banderías que están debilitando al partido, él podría presentar su dimisión irrevocable. «No es un problema de personas», dice, «sino de legitimidad institucional». Y, a continuación, el presidente del Gobierno de España se levanta de la reunión y se marcha a dar un paseo por los alrededores, para que sus barones discutan con toda libertad y tomen una decisión sobre su persona.
Nadie repara en su advertencia. O no le creen, o no le escuchan, o no les parece importante lo que acaban de oír. El caso es que, por motivos que nada tienen que ver con su sugerencia de una posible dimisión, el sanedrín acaba decidiendo que la sustitución de Suárez plantea grandes riesgos y que es mejor mantenerle y, como dice Pío Cabanillas, allí presente, «potenciarle al máximo y ponerse debajo de su paraguas».
Los efectos de esta reunión decisiva son inmediatos. Un Adolfo Suárez profundamente disminuido, acosado por los suyos, baqueteado por la oposición, desacreditado ante la ciudadanía, aborda en septiembre otro cambio de Gobierno, el quinto y último de su mandato, en el que, atendiendo a sus exigencias, entran todos los barones. Todos menos uno: Landelino Lavilla, por entonces presidente del Congreso.
Suárez cree que con este nuevo gobierno ha logrado taponar las principales vías de agua que se abren al partido y a su propio liderazgo. Se equivoca. Muchos meses antes de la pacificación de las baronías, ya se había abierto en UCD otro frente muy activo, que ya nunca dejaría de actuar y que, ya en 1983, daría definitivamente al traste con la coalición que pilotó el proceso de transición política. Landelino Lavilla, en quien todos piensan como sustituto de Suárez, y que se ha quedado descolgado del pacto de las baronías, se integra abiertamente a partir de septiembre en el llamado «sector crítico», puesto en marcha por Oscar Alzaga y al que se suman muchos diputados de UCD. Los críticos se mueven con independencia de los barones y constituyen un segundo movimiento, muy potente además, de disidencia interna. Profundamente desengañado y falto ya de las fuerzas necesarias para seguir luchando, le hace a uno de sus ministros la siguiente confesión: «He perdido la batalla en la calle, he perdido la batalla en la prensa y, ahora, también he perdido la batalla en mi propio partido».
Para entonces, las encuestas están registrando una subida espectacular de los socialistas que, desde su intervención en la moción de censura, no dejan de crecer en apoyo popular. Y seguirán haciéndolo mientras UCD se desmorona. En los mentideros políticos se habla ya de un gobierno de gestión; Felipe González propone negociar con el Gobierno los grandes temas para sacar al país de este atolladero, y algunos mencionan la posibilidad de una solución de salvación nacional... con un general de prestigio al frente del Gobierno. Ni qué decir tiene que, además de la inestabilidad política, el clima en los cuarteles es de creciente tensión.A la mesa del vicepresidente primero para la Defensa, teniente general Gutiérrez Mellado, llegan varios informes extremadamente alarmantes sobre posibles planes de golpes de Estado de distinta factura y con distintos plazos.
En esas condiciones, desautorizado por todos, a trompicones, ya sin fuelle alguno, Suárez se encamina hacia la celebración, el 27 y 28 de enero, del II Congreso de UCD, en Palma de Mallorca, en el que está previsto que estallen todas las feroces tensiones del partido. Para entonces, Suárez ya ha considerado la posibilidad de anunciar su dimisión. El 23 de enero le hace a su portavoz, Josep Meliá, el encargo: «Tenlo todo preparado. Trabajo incluso a partir de la hipótesis de que pudiera salir derrotado. Prepara un discurso de dimisión y de despedida».
El día 27 estalla una huelga de controladores aéreos y el Congreso se suspende. Pero la decisión del presidente está ya tomada.El domingo 25 por la noche lo ha consultado con su mujer, Amparo Illana. «¿Qué te parecería la noticia de mi dimisión?
- Me parecería muy bien si salieras dando palos».
El comentario recoge toda la frustración y la amargura acumuladas por ella a lo largo de la esforzada travesía de su marido en los últimos cuatro años y medio.
Al día siguiente, lunes 26, Suárez recibe a Leopoldo Calvo-Sotelo en su despacho. «Y le oigo por primera vez», cuenta éste en sus memorias, «que no quiere ser un obstáculo para una conciliación dentro del partido. En una breve nota que tomé al llegar a casa he dejado escrito: '¿Querrá irse?'».
La pregunta se despeja muy pocas horas después. A las cinco de esa tarde el presidente del Gobierno comunica a sus notables su decisión irrevocable. Les pide, sin embargo, que guarden el secreto porque todavía no lo sabe el Rey.
Efectivamente, Suárez ha preferido informar de su decisión al sanedrín de UCD antes que al Jefe del Estado. Y algo más: el martes 27, cuando acude a La Zarzuela para decirle al Rey que renuncia, pasa antes por el despacho del entonces secretario de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo. Suárez pretende evitar por todos los medios que se llegue a decir que ha sido Don Juan Carlos quien le ha pedido que renuncie y quiere a Sabino por testigo. Tras informar al Rey de su decisión, Suárez queda dolido porque aprecia en el Jefe del Estado una reacción demasiado rápida a la hora de asumir su retirada: «¿En quién piensas como sucesor»?, le dijo enseguida.
El miércoles 28, Meliá prepara el borrador del discurso. El jueves 29 el secretario general de la Casa del Rey acude personalmente a La Moncloa: quiere saber cómo se va a oficializar la dimisión que el presidente había comunicado dos días antes al Monarca.Suárez enseña entonces a Sabino Fernández Campo el borrador de su discurso, en el que cada párrafo iba impreso en un folio separado.Sabino le hace una importante observación: no menciona en ningún sitio al Jefe del Estado, debe incluir al menos una referencia al Rey. Finalmente, cuando Televisión Española emite a todo el país la intervención de Suárez, el Secretario de la Casa comprueba sorprendido dos cosas: una, que el presidente ha hecho, en efecto, una mención, pero sólo una, a la Corona. Y, dos, que Suárez lee una frase que no estaba en el texto que le había enseñado horas antes. Se trataba, precisamente, de la frase que, apenas un mes después, cobraría un terrible sentido: «Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España».
Diez meses antes de este dramático desenlace, cuando ya el desengaño se había apoderado de él, Suárez comentó ante un grupo de periodistas: «A lo mejor resulta que tengo que irme, porque sólo cuando uno se va es cuando empiezan a hablar bien de uno». En aquel momento, el hombre que había conseguido hacer en España la transición política a la democracia ignoraba absolutamente hasta qué punto iba a cumplirse con creces su amarga predicción.
APOYOS
Los golpistas también planearon derribar a Suárez
Un documento enviado a La Zarzuela proponía otra moción de censura y un Gobierno presidido por un general
MADRID.- En aquellos días críticos previos a su renuncia, algunos de sus próximos escucharon de Adolfo Suárez esta confesión: «Yo he sufrido una importante erosión personal. La clase dirigente de este país ya no me soporta. Los poderes fácticos -salvo el Ejército- me han ganado la batalla». Efectivamente, a pesar de los movimientos y del malestar que los servicios de Información detectaban en los cuarteles, el presidente del Gobierno parecía creer que podía doblegar las presiones de militares tan involucionistas como su viejo enemigo, el general Armada, a quien en 1977, recién llegado él a la presidencia, Suárez había conseguido apartar de su puesto de Secretario de la Casa del Rey. Después, Suárez se opuso siempre a nombrar a Armada segundo Jefe del Estado Mayor, como el Rey había sugerido varias veces. El presidente no se fiaba de él: dudaba firmemente de su lealtad constitucional y le tenía entre las personas en las que de ninguna manera el Rey debía confiar.
Pero la presión de numerosos altos mandos militares contra Adolfo Suárez nunca dejó de ser formidable y lo siguió siendo hasta el último minuto de su mandato. De hecho, poco tiempo antes de la renuncia de Suárez, el general Armada había enviado al palacio de La Zarzuela un texto extraordinariamente crítico sobre Suárez, con un planteamiento catastrófico sobre la situación política en que se encontraba el país. Según fuentes que tuvieron acceso al documento, en él se proponía abiertamente apartar a Suárez de la presidencia. El procedimiento sugerido era una segunda moción de censura, en vista de que la primera, presentada en mayo por el PSOE, había erosionado tanto la posición del presidente.Dadas las gravísimas circunstancias, decía el documento, el jefe de la oposición se abstendría de presentar su candidatura alternativa a la Presidencia del Gobierno. El Congreso votaría entonces la constitución de un Gobierno de concentración nacional presidido por una figura políticamente neutral y no perteneciente a ninguno de los partidos con representación en la Cámara. Por ejemplo, un historiador de prestigio, un catedrático... o un general, decía Armada.
El 23 de enero, cuando el Rey estaba cazando en la sierra de Cazorla, suceden cosas aún más graves. Un ayudante informa a Don Juan Carlos de que un grupo de militares de alta graduación se han reunido en las afueras de Madrid y han tomado la decisión de «pasar a la acción» ante lo que consideran la pasividad del Gobierno. Según dice el ayudante, los conjurados no descartan en absoluto el uso de la fuerza. Inmediatamente, el Rey da la orden de regresar a Madrid. A pesar de que el tiempo es muy malo y hace realmente peligroso el viaje, el helicóptero despega y Don Juan Carlos llega al palacio de La Zarzuela dispuesto a neutralizar cualquier intento. El presidente Suárez fue informado por teléfono con todo detalle de lo que acababa de suceder.
Y sin embargo, y a pesar de éste y de otros datos, a pesar de que los rumores de ruido de sables eran constantes en los círculos políticos de la época, el hecho sorprendente es que, ni en las semanas previas a la renuncia de Adolfo Suárez, ni en las semanas posteriores, los medios de comunicación recogieron comentarios que apuntaran a la inminencia de un golpe de Estado.
Es verdad que Suárez nunca tuvo miedo de los militares levantiscos.No era hombre que se arrugara ante ellos. Que conocía los movimientos y las amenazas golpistas de destacados miembros del Ejército no admite dudas. Que dimitiera por temor a ellas, es muy improbable.Quizá con su salida trató de evitar también ese riesgo. Puede que nunca logremos saberlo con certeza. Lo que sí sabemos es que no lo consiguió.
Frases del discurso de dimisión
...«He llegado al convencimiento de que hoy, y en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la Presidencia»...
... «no me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos»...
...«he sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de presidente. Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años, ha permanecido tanto tiempo gobernando democráticamente en España. Mi desgaste personal ha permitido articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio de personas y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España»....
