El pasado fin de semana tuvo la intensidad de las buenas películas.Las cosas que pasan en una habitación, entre dos personas, ocultándolas a amigos y allegados, casi en clandestinidad, para, en un momento dado de la fiesta, hacerlas públicas sin vergüenza ni reparos, levantan el morbo de lo que se ha hecho tras una cortina.
Artur Mas viajó a Madrid en coche para que nadie pudiera chivarse de su viaje a la Moncloa. Y lo hizo con la absoluta seguridad de que llegaría a un acuerdo sobre el futuro Estatut, pasara lo que pasara. En su agenda solo tenía una visita, y era a un nuevo amigo, ya que las confidencias se remontaban al mes de agosto, como mucho. El president Zapatero lo esperaba para decidir sobre el futuro de Cataluña y, a la larga, sobre el futuro de sus dos partidos: PSOE y CiU.
No debió ser fácil, pero tampoco difícil. Los dos tenían claro donde residía el forúnculo que les molestaba y enturbiaba sus políticas internas y externas. Y estaban decididos a axfisiarlo.
Mas y Zapatero tienen algo en común. Son de la misma generación.Eso hace más irresistible su atracción en relación con la Historia.Quien conoce bien sus encuentros asegura que uno y otro decidieron este verano que la mayoría de políticos que les rodeaban no eran el futuro. Me parece oírlo. «Artur, tú y yo tendremos que estar muchas horas juntos. Así que o nos ponemos de acuerdo o esto pinta mal». Y sobre esa base comenzaron a hablar. Llegaron a decidir moldear el texto estatutario en Madrid, para después escenificar una vuelta de improviso. Pero esa estrategia llegó a oídos de Maragall que puso el grito en el cielo. Zapatero la desestimó. Fue la última vez. El presidente del Gobierno ya sólo hace caso a sí mismo y a sus más estrechos colaboradores.
Con estos antecedentes, no es difícil entender porque llegaron a un acuerdo tan bien escenificado PSOE y CiU, con gran fotografía, estilo tres mosqueteros. Foto que ya se ha convertido en un referente visual. Esta semana hemos tenido tres con el mismo estilo, evitando a quien más temen Zapatero y Mas; es decir, lo que es lo mismo, evitando a Puigcercós y a Carod.
Entonces, qué pinta en todo esto, Josep Piqué. El político catalán es el personaje de la semana. Odiado con ganas, querido en la distancia. Sus amores son pragmáticos, como debe ser la política.Por ello, no hay devaneos en el sofá. Decía Victoria Prego: «pasión contenida». Pues eso, así es Piqué. Aunque como todos, en la corta distancia gana. Y si hay un puro y una buena tertulia con orujo, mucho mejor.
Piqué y Francesc Vendrell decidieron el lunes por la mañana dejar clara la posición del PP catalán, después de lo leído sobre el acuerdo Mas/Zapatero. Era una buena ocasión para resituar al partido de Rajoy en la centralidad que ha perdido y que los llevó a la gobernabilidad. Lo hicieron sin consultar con Madrid, pero con el instinto afinado. Piqué habló en Catalunya Ràdio. Vendrell en ComRàdio. Un periodista de Matins.com, al que Vendrell le había comentado lo que estaba a punto de declarar, le preguntó, ante su extrañeza, si estaba seguro de lo que iba a argumentar.«Está pactado con Piqué», dicen que dijo. El mensaje era claro: el acuerdo alcanzado en la Moncloa este fin de semana no está lejos de las propuestas que el PP catalán trabajaban en la comisión del Estatut. Eso decían los números. Además, ahí estaban los documentos trabajados con Soraya Sáenz de Santamaría. Por la tarde, Acebes castigaba a Piqué en el banquillo de los que se equivocan.
El martes por la mañana el rumor de la dimisión de Piqué se extendió por Madrid. Si Barcelona es la ciudad de los prodigios, Madrid lo es de los rumores. Así que al mediodía, el rumor ya era una noticia a gritos. A las dos y media, Piqué presentaba la dimisión y volvía a la empresa privada. Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre se movían rápido. Comenzaron a llamarle por teléfono sin parar para convencerle de que su decisión perjudicaba al partido. Primero, dejaba la línea más centrista del partido muy tocada. Después, su marcha sería como una victoria de la centralidad de Zapatero sobre el amago más derechizante de Mariano Rajoy.Como explicaba en la crónica del miércoles Casimiro García-Abadillo, el alcalde de Madrid llegó a decir: «Si se va, significa que el partido consuma su giro a la derecha».
Piqué tenía el teléfono apagado. Comía con unos amigos. Todo se centraba en una reunión que debía mantener por la tarde con el presidente de partido, Mariano Rajoy. Tras el encuentro Piqué seguía.
¿Qué ocurrió de verdad ese martes? ¿Fue sólo un calentón? ¿Qué le dijo Rajoy a Piqué, para que éste aceptara continuar? ¿Porqué en la comparecencia del día después el líder del PP no avaló la política centrista de Piqué? Está demostrando que o es un tímido o tiene mucha paciencia. Si le ha prometido que el final de Acebes está cerca, se equivoca. «En el partido mando yo», nos dijo Rajoy a un reducido grupo de periodistas en una comida en Barcelona la última semana de año. Cuando alguien tiene que decir que manda, es que lo intenta, pero sólo se lo cree. La crisis no debe ser dada por cerrada. Probablemente no era el momento de organizar la fiesta.
alex.salmon@elmundo.es

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