Antonio Machado, a través de su alter ego Juan de Mairena, gustaba de insistir en la importancia de las "últimas creencias", las que en cada ser humano subyacen a sus actos, y que, quitada la escoria de lo circunstancial, realmente lo definen. Mairena, como los profesores de Machado en la Institución Libre de Enseñanza, practicaba una pedagogía de orientación socrática. No se trataba de imponer ideas, y mucho menos dogmas, al alumno, sino de estimular su facultad de raciocinio. Y de hacerle cuestionar --desde una posición de radical escepticismo-- todo lo que le decían. O sea, al alumno había que inducirle a dudar de todo, incluidas de sus propias creencias.
Me ha llamado mucho la atención estos días, pensando en Mairena, la pregunta que el Partido Popular quiere que figure en su anhelado referendo: "¿Considera conveniente que España siga siendo una única nación en la que todos sus ciudadanos sean iguales en derecho, obligaciones, así como en el acceso a las prestaciones públicas?" El interrogante, con el sí tan sobreentendido que casi produce vergüenza ajena, habría hecho las delicias de Mairena. Me figuro no una, sino varias clases consecutivas, en las cuales sus discípulos desmontan, con jolgorio, la burda formulación.
Para conocer al prójimo haría falta, de acuerdo con Mairena, preguntarle sobre todo por lo que cree de verdad, más allá de tópicos, dogmas y miedos al qué dirán y a la llamada incorrección política. ¿Qué es lo que cree de verdad Mariano Rajoy de los catalanes, de su idioma, de su historia, de su cultura? A mí me gustaría que nos lo dijera, y que nos lo dijera de verdad.
AMNESIA.
Los alumnos de Mairena habrían empezado por cuestionar, me parece, la suposición de que España es "una única nación". Por preguntar en qué hechos o creencias se puede basar un cerebro pensante para llegar a conclusión tan dogmática, a la vista de la complejísima situación cultural que existía en la "España" medieval, de todo lo que pasó después y de los tremendos cambios que sobrevinieron con el cambio dinástico en 1700 (y de los cuales tanto sabe Catalunya). Si España es realmente "una única nación" --plantearían acaso Rodríguez, Gozálvez o el discreto oyente, Joaquín García--, ¿por qué, según las derechas, está siempre en peligro de disgregarse? ¿Cómo se puede disgregarse lo esencialmente unido? Pero no porfiemos. Irlanda fue durante siglos un stateless nation, una nación sin Estado. Ya no lo es, aunque parte de su territorio antiguo, repoblado siglos atrás por los invasores, sigue en manos británicas. Entiendo, pues procedo de allí, que muchos catalanes preferirían tener un Estado propio. No digo que la situación sea la misma que existía antes en Irlanda, sólo que no me cuesta ningún trabajo entender a los nacionalistas catalanes (cuya moderación, por más señas, respeto profundamente).
SÍMBOLOS.
Me imagino que no reconforta en Catalunya la pervivencia en otras partes del Estado de tantas reminiscencias de la dictadura. Poco a poco van desapareciendo del callejero de las ciudades nombres e imágenes especialmente ofensivos, pero queda mucho por hacer en el resto del territorio. En Granada sigue delante de la Diputación Provincial una estatua dedicada al fundador de Falange España con la dedicatoria: "Granada a José Antonio". En la capital andaluza, frente a la catedral, hay una gran placa de cerámica de la Virgen de los Reyes. Dice la inscripción: "Sevilla/ agradecida a/ su madre reina/ y abogada/ Sábado 18 de julio de 1936". Que se crea y proclame que la dulce María ayudara a Queipo de Llano a matar a miles de rojos ya pasa de la raya. En muchos pueblos de La Mancha las calles lucen todavía nombres de generales golpistas. Estas cosas chocan a los que llegan de fuera. Y hieren a muchos de puertas para adentro. Si por mí fuera, quitaba el arco de triunfo de la Moncloa y lo metía en un parque temático dedicado a cobijar viejos trastos franquistas.
EL ARTE DE CRISPAR.
"¿Se puede ser del PP y no agredir?", se pregunta Josep Pernau en este diario. ¿Agredir? No faltan otros verbos más o menos aptos: crispar, insultar, menos(o des)preciar, ridiculizar, provocar, tergiversar... Por pura lógica es de presumir que entre los mandos del PP hay gente razonable, sensata, capaz de matizar, de pensar por sí misma, de escuchar. Pero ¿dónde están? ¿Por qué no airean nunca sus discrepancias, como se suele hacer en cualquier partido normal? ¿Por qué siempre la unanimidad, estando en el poder o fuera? Hace apenas un par de días se hablaba de la posible dimisión de Josep Piqué. ¡Un rayo de esperanza! Ahora, según leo, se declara dispuesto a obedecer al partido "en todo". Qué decepción.
PERDIENDO LOS PAPELES.
El espectáculo montado en torno a los papeles de Salamanca, que ni son exactamente papeles ni son de dicha ciudad, ha sido más lamentable, si cabe, que el de los obispos en la calle contra los matrimonios homosexuales. El Partido Popular de dicha ciudad, además, se está comportando de manera grosera con la memoria de Miguel de Unamuno y su "venceréis pero no convenceréis". Sería difícil encontrar un caso más flagrante de cinismo. ¡Ni respetan la memoria del autor de Del sentimiento trágico de la vida! ¿Será que en el fondo lo único que ambicionan es proteger sus propios intereses, a costa de lo que sea? Uno se pregunta dónde está la caridad que tanto recomienda a sus fieles el catolicismo.
IAN Gibson. Historiador.

Escribe un comentario