La opa de Mittal Steel sobre el grupo Arcelor hace resurgir en Asturias los temores ante los cambios de propiedad.
ESTÁBAMOS concentrados en el 'Estatut' cuando llegó la opa de Mittal Steel sobre Arcelor. El líder mundial del acero quiere engullirse a su más directo competidor para formar un gigante de casi diez billones de pesetas de facturación, capaz de fabricar 110 millones de toneladas de acero al año. El diseño de la opa tiene concomitancias con otra que está en el candelero en el sector energético español: se pacta con un tercero (Thyssen) la venta de activos para financiar la operación. La reacción de la clase política asturiana y de sus agentes sociales es de consternación, porque para nosotros el mercado es siempre un 'tsunami'. ¿Qué tiempos aquellos en que al acero asturiano lo protegía el arancel y vivíamos tranquilos porque los números rojos del INI se convertían en tinta negra con la subvención de los Presupuestos Generales del Estado!
La opa de la empresa anglo-india no puede ser una sorpresa, porque vino precedida de otras opas (Arcelor sobre Dofasco) o de alianzas estratégicas (Arcelor-Nippon Steel, Posco-JFE Holding-Thyssen). Es más, Arcelor y Mittal Steel son, a su vez, el resultado de fusiones internacionales, realizadas en tiempos muy recientes. La razón de estos procesos acelerados de integración, bien sea por opas hostiles, por acuerdos amistosos de fusión o por alianzas estratégicas, responden a la lógica de un mercado que está muy atomizado, en la que las mayores empresas no tienen una cuota superior al 5%, lo que significa que carecen de repercusión en la formación de precios y en las condiciones de compra a los proveedores. El mercado del acero es casi imprevisible, con cambios de expectativas radicales, al pasar de considerarse un sector maduro, propio de países poco desarrollados a ser considerado como un factor estratégico para todo el mundo avanzado, hasta el punto de abrirse campo en nuevas aplicaciones. La compra de Arcelor por Mittal Steel supondría, por primera vez, el inicio de una posición de dominio por parte de una empresa siderúrgica en el mercado global.
Accionistas sin control
La palabra la tienen ahora los accionistas de Arcelor. Aquí la diferencia entre las dos sociedades es enorme, porque mientras el 97% de las acciones de Mittal Steel están en manos de la familia Mittal (al final, vaya usted a saber quiénes están detrás de ese apellido), los títulos de Arcelor se encuentran en más de un 80% en bolsa. Las instituciones asturianas y españolas no tienen ningún protagonismo en el capital de la compañía. En realidad, Arcelor carece de un núcleo de control visible, porque el principal accionista, el Estado de Luxemburgo, con un 5,62% del capital, tiene un presupuesto inferior a la cifra de negocio del gigante siderúrgico.
Desde la privatización de Aceralia, en Asturias siempre hubo una gran preocupación por la falta de participación de las administraciones en el accionariado, como si nuestro acero pudiera quedar en manos de cualquier especulador. En el momento en que se creó Arcelor, ya no tenía mucho sentido lamentar la ausencia de capital regional, porque las dimensiones del conglomerado empresarial desbordaban las posibilidades económicas asturianas. Sin embargo, una participación de capital nacional hubiera podido ser tranquilizadora. Ahora bien, ante una opa de estas características (18.600 millones de euros), la hipótesis de un veto político, respaldado por capital público, es prácticamente impensable.
Precisamente, en una línea de resistencia semejante, la empresa ucraniana Krivorozhstal se libró de caer en manos de Arcelor y Mittal Steel, que la pretendían, pero ahora falta por conocer el devenir de la empresa de la antigua república soviética en los próximos ejercicios. Veremos también cuál es el futuro de la siderúrgica turca, Erdemir, que también puso objeciones a la entrada del capital multinacional. En Asturias tuvimos la experiencia reciente de Hidrocantábrico, que en plena tempestad de opas hostiles, vio surgir una alternativa ganadora que tenía casi el 25% de capital público asturiano. Tres años después, más del 95% del capital era portugués y antes de cumplirse los cinco años ya cambió el nombre de la empresa.
Bazas asturianas
Dentro de Arcelor, las esperanzas asturianas estaban puestas en la gestión de un directivo brillante, Guillermo Ulacia, porque la gente opta por rezar a los santos en tiempos de zozobra. Cuando Ulacia abandonó la empresa para seguir su carrera profesional en otro sector industrial, el acero asturiano se sintió huérfano. El Principado, por su parte, no se interesó por los cambios de planes de la empresa, al descartar la construcción de un horno eléctrico en la planta de Gijón, y decidió aplaudir todas las decisiones de la cúpula de Arcelor. El consejero de Industria y parte de las fuerzas sindicales pusieron sus esperanzas en la inversión en una línea de galvanizado, que a cada semestre se fue retrasando, y ahora, con el bajón en la demanda de automóviles, puede quedar descartada.
Tanto si triunfa la opa como si fracasa, la siderurgia asturiana sólo podrá estar segura en función de su competitividad. Bien es cierto que la entrada de Mittal Steel dejaría comprometidos los trenes de largos de Gijón, porque la empresa anglo-india compró todas las instalaciones de largos que habían sido de Usinor Sacilor, el principal socio de Arcelor.
No obstante, el acero asturiano tiene bazas que jugar. En principio, España tiene una especial situación dentro de la UE-15 en el mercado del acero, ya que es un país importador, posición en la que sólo está Italia. Por otra parte, el coste de los fletes ha experimentado un ascenso tan fuerte (el petróleo manda) que la competencia de productos latinoamericanos es muy relativa para el mercado europeo. En el acero, la cercanía de la producción al consumo es una variable más importante hoy día que los propios costes laborales. Las sombras vienen por dos lados: el incremento de la capacidad de autoabastecimiento de China, que alteraría todas las previsiones, y la introducción de las nuevas tecnologías, como los procesos 'finex' (la siderúrgica Posco inaugura este año una planta en Corea del Sur con 1.500.000 toneladas) que dejarán los hornos altos convertidos en museo del gótico siderúrgico.

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