Poesía y escenas de cine se mezclan en una semana que arranca con las historias de Santiago Macías

Entre dos mundosJueves, 19 de enero de 2005

Las guerrillas del tiempo

Me voy a Casa Pachu. Los jueves, por razones laborales, se han convertido en mis domingos y los aprovecho para tomar el vermut. Leo los periódicos, charlo con los parroquianos y María Eugenia, la dueña, me pregunta que quién podrá escribir la biografía de Pipo. Pipo, su marido, salió de su Felechosa natal con diecinueve años «a conocer conceyos»; volvió treinta años después habiendo dado varias vueltas al mundo. Pienso que Lino G. Veiguela sería un excelente transcriptor de estas memorias, tan alocadas como enamoradas: y sería excelente por eso, porque no sería un mero transcriptor de las palabras de Pipo. Al relato, ya se sabe, le conviene su distancia y su melancolía. Al salir del establecimiento, el único chigre de Asturies que no tiene barra, me encuentro con Xuan Cándano. Le digo que por fin me he comprado 'El monte y la muerte', de Santiago Macías, sobre la vida del guerrillero antifranquista Manuel Girón. Xuan -todo el mundo nos confunde y no solo por ser tocayos- se queda sorprendido en medio de la calle. Precisamente hoy presenta en la librería Cervantes esta obra y Santiago Macías lo espera para comer en la República del Vino. ¿Me uno?

Claro que me uno. Santiago es una persona muy inteligente, muy comprometida. Trabaja, con una beca del gobierno vasco, en los archivos militares de A Coruña, adonde trasladaron irresponsablemente toda la documentación asturiana sobre la guerra civil hace unos diez años. Me habla de la humedad, de archivos valiosísimos que los historiadores, sin duda, necesitarán en su día. A la hora de los chupitos, Santiago Macías cuenta una historia de Santiago Macías. 1942. En el pueblo de Ferradillo se iba a celebrar una fiesta singular: los guerrilleros aparecieron con dos cabritos y pidieron a los de una casa que se los guisase. Estaban en estas cuando por la puerta apareció una pareja de la Guardia Civil: los guerrilleros enarbolaron sus fusiles, los militares empuñaron los suyos. Presintiendo la matanza, de uno y de otro lado, Santiago Macías dijo:

-Aquí hay cena para todos. Cenamos y después se verá lo que se hace.

Ya en la mesa corrió primero el silencio, después el vino. Llegaron a un pacto: cada vez que viniesen los Guardias Civiles habrían de disparar dos tiros de aviso tres curvas antes de llegar al pueblo. Pasaron los meses, las nubes y los años. Julio Llamazares, en el prólogo dice que «cuando la realidad se mezcla con la leyenda los personajes se convierten en leyendas ellos mismos, sobre todo cuando interviene, como es el caso, junto al silencio oficial y al olvido oficioso, la imaginación del pueblo». En Ferradillo se centralizaron las labores de la Federación de Guerrillas de León y Galicia, que llegó a contar con un Estado Mayor y un Tribunal de Disciplina. En el monte del Bierzo -amplios castaños que cobijaron la juventud de mi padre- había cientos de hombres en rebeldía y Manuel Girón, finalmente, fue brutalmente torturado y asesinado.

Viernes, 20 de enero de 2005

Lo non sono un moderato

Hablo con Franca Rame, la esposa de Dario Fo, y le cuento, en mi torpe italiano, nuestros planes para la Selmana de les Lletres Asturianes. López-Vega, que me ha facilitado los contactos, ya me había dicho que es simpatiquísima y muy inteligente; el caso es que, de momento, no me puede confirmar si pueden venir para abril: Fo, el Nobel de literatura, se presenta a la alcaldía de Milán y, según leo después en 'el Corriere della Sera', tiene alguna oportunidad de salir elegido. Me alegraría por él y, sobre todo, por los milaneses: su eslógan 'Puedes confiar en mí, yo no soy un moderado' parece directamente de lo que está pasando en Italia: las buenas maneras de una moderación mal entendida -es decir, la estigmatización de la radicalidad- ha creado una clase política demasiado pendiente de los chanchullos de la res publica. Alguien me podría decir que España, y especialmente Asturies, también es así. Bueno: aquí nos gobierna afortunadamente José Luis Rodríguez Zapatero y no un tal Mario Conde.

La obra de Dario Fo rezuma vida: es, como no podía ser de otra manera, la confluencia de varias tradiciones. Haga usted un caldo campesino, con sus gotas de humor y su mano de vitalidad en condiciones, échele una lagrimilla de elegancia renacentista, póngalo a cocer y resérvelo; después, en una fuente, disponga un lechón barroco (pero no demasiado) y rellénelo de perdices vanguardistas con intención social. Adóbelo todo con sal, dientes de luna cómplice y, mientras lo hornea, vaya regándolo con el caldo y una copa de vino palermitano. Podrá poner entonces sobre el escenario una excelente obra de Dario Fo.

Sábado, 21 de enero de 2005

A través del corazón

Sonia me ha dejado, sobre la mesa de mi despacho, la antología de Ted Hughes 'By Heart. 101 poems to Remember'. La hojeo y me encuentro con viejos conocidos: William Shakespeare (con sólo un soneto y varias canciones); Rudyard Kipling (con ese poema, entre otros, sobre un camino olvidado en el bosque, donde crecen las delicadas anémonas, y que yo copié hace ya veinte años en una buhardilla de la Calle Oscura); Robert Frost (qué curioso, otro camino en el bosque: «Dos caminos se bifurcan en el bosque amarillo. / Y lo siento pero no puedo atravesar ambos / y seguir siendo apenas un viajero...»); la larga, prolija y sentimental cantinela titulada 'Donal Og', traducida del gaélico irlandés al inglés por Lady Augusta Gregory y que yo penosamente descifro esta noche: «Muy tarde en la tarde los perros me hablaron de ti. / También los gorriones nerviosos musitaban tus secretos. / Dicen que eres sólo un pájaro solitario perdido entre los bosques / y que has estado sin compañía hasta encontrarme»; un epitafio, además, de Walter de la Mare...

Domingo, 22 de enero de 2005

La metáfora del río

Me pierdo por El Fontán buscando libros. Miro más que busco, un poco desganado, con la felicidad anticipada del encuentro. El tenderete de Luis Carrero -ha abierto la librería Don Quijote- está muy bien y aquí podría hallar, si mi biblioteca se quemase, lecturas suficientes para los próximos diez años. Salto de un tenderete a otro, sin intención de comprar nada, pero al final me acabo llevando 'Arte poética. Seis conferencias' de Jorge Luis Borges. Habla, en uno de sus párrafos, de la metáfora del tiempo como río que pasa. En la sidrería de la Plaza del Paragües me encuentro con Cheni Uría y Taresa Lorences. Suena una canción amiga. Mercedes Sosa canta eso de «tú que puedes, vuélvete, / me dijo el río llorando». La belleza nos sorprende así en una mañana luminosa de domingo. Mientras tomo el vermut, y charlo despreocupadamente con mis amigos, encuentro en el libro de Borges unos versos de Browning («un poeta quizá olvidado en nuestros días»): «Y precisamente cuando nos sentimos más seguros llega una puesta de sol, el encanto de una corola, alguna muerte, el final de un coro de Eurípides...»

Lunes, 23 de enero de 2005

Hacia mí mismo

«Cuando era más joven, y más vulnerable, mi padre me dio un consejo»; así comienza, y cito de memoria, 'El gran Gatsby', la gran novela de Scott Fitzgerald. Esta frase se me ha enredado en la memoria y todo el santo día intento recordar ese consejo que me dio mi padre, y que no recuerdo, y que me sería tan útil hoy, bajo esta lluvia terca, para encontrar los caminos que conducen hacia mi mismo.

Martes, 24 de enero de 2005

El tatuaje de Paula

Leo, hasta muy entrada la noche estos '101 poemas para recordar' que me reconcilian con tantos viejos amigos. Me recuerdo en 1992 en Braga traduciendo, con la ayuda de Tim, alguno de estos versos. Nos íbamos al Astória, un café donde trabajaba una camarera muy guapa y muy coqueta llamada Paula. Extendíamos sobre la mesa de mármol los libros e íbamos poniendo en asturiano o en portugués aquellas armas cargadas de pasado y que proyectaban, esa sigue siendo su gran virtud, serenidad en la tristeza. Tim, que era de Manchester, entendía el inglés, pero no los poemas: Paula pasaba frente a nosotros, con aquel tatuaje apenas oculto por la minifalda, y sonreía misteriosa. Yo intentaba darle forma a estos tres versos de Shakespeare: «My mistress, when she walks, treads on the ground: / And yet, by heaven, I think my love as rare / As any she belied with false compare». Afuera la noche amontonaba sus sombras y Tim, ante el vértigo del tatuaje y aquellas palabras, dijo: «Ahora lo entiendo. Déjame intentarlo, ella es algo así como un barco en la noche surgiendo de mi niebla».

Miércoles, 25 de enero de 2005

Una escena en la nieve

Hay noches, tras un arduo trabajo, en las que uno no está más que para la felicidad. Ya en casa, enciendo la televisión y busco alguna película para poner en el dvd. Sonrío al encontrar 'Charada' de Stanley Donen. Los personajes que representan Gary Grant y Audrey Hepburn («a batallas de amor, campos de plumas») se encuentran en una elegante estación de esquí.

-¿Nos conocemos?- pregunta Gary Grant.

-¿Por qué habíamos de conocernos? -contesta Audrey Hepburn.

-No sé, me lo ha parecido... -responde con indiferencia él.

-Conozco ya a muchísimas personas. Hasta que haya bajas no me queda lugar para nuevas amistades -comenta con distancia Audrey.

-En cuanto alguno de sus amigos muera, avíseme -dispara él.

-Cobarde -sonríe ella.

Y el hielo del día, con sus pejigueras de siempre, se derrite en el vaso con güisqui de la noche.