En el revuelto mundo actual lo primero que debemos hacer es aclarar los conceptos que empleamos. Urge, por ejemplo, aclarar qué es paz y qué es pacifismo. La paz es un hecho; el pacifismo, una voluntad. Se puede lograr la paz mediante la imposición. En este caso hablamos de una paz sin contenido ético, sin justicia. Paz como silencio, no como concordia. El pacifismo radica en la benévola disposición de ánimo hacia los demás a fin de lograr la armonía. Ante la victoria electoral de Hamas hay algo que parece evidente: que la paz a que aspira el menos poderoso, que es el partido palestino, ha de recibirse en un marco propicio de pacifismo o espíritu de entendimiento por parte del poderoso, que es Estados Unidos. No puede, pues, hablar de paz Washington cuando de entrada niega el diálogo a Hamas, aduciendo que los palestinos de esta organización desean transitar por el camino de la violencia. Sin espíritu pacífico por parte americana no es lícito insistir en el mentido deseo de que se resuelva el conflicto. Es más, Conddolezza Rice aprovecha la ocasión para exigir que ante Irán se pase de las palabras a los hechos, esto es, a la intervención armada. La paz americana constituye un agravio permanente, una agresión a la dignidad de todos los pueblos. Yo me pregunto muchas veces si esta postura esencialmente antipacífica se aloja solamente en la casta gobernante o invade todo el tejido social americano. Sé que Hamas no abdica de su guerra contra Israel, pero no se puede exigir el desarme ante la agresión permanente al propio pueblo. Ya no hablo de la teoría de la guerra justa, que es poner el listón filosóficamente muy alto, sino de la guerra necesaria, en una palabra, de la legítima defensa. El remedio de los problemas siempre está, salvo excepciones imperceptibles por su número, en la mano de quien dispone del poder cierto. Si no aceptamos este principio el mundo es una eterna cuestión entre dioses y criminales.