Tenía yo al New York Times por un periódico serio, de los que no se dejaba comprar las opiniones y contrastaba las noticias, pero a decir verdad he descubierto que cuando se trata de ingresar en la cuenta de resultados, todo da igual, no importa mentir ni falsear la realidad, si con eso se hace un favor a quien ha extendido el cheque. Lo de utilizar lobbys de comunicación, que en los Estados Unidos son el pan nuestro de cada día, para ‘comprar’ opiniones favorables en los medios al Gobierno de turno, ha sido y seguirá siendo una práctica habitual de las estrategias diplomáticas. Lo han hecho todos los gobiernos, en España y en el resto del mundo, cuando han podido. Lo normal, sin embargo, es ‘comprar’ opiniones bondadosas hacia la política del que paga. Lo que no es normal es comprar opiniones de las que, al final, tendrá que arrepentirse también el que supuestamente sale beneficiado de la operación. El editorial del New York Times llamando trogloditas a nuestros militares, recordando el franquismo y el Golpe de Estado del 23-F, y señalando al PP como inspirador del malestar que estos días fluye entre la tropa, puede tener consecuencias negativas, y no para el PP, sino para quien supuestamente se alegra de esos comentarios, es decir, el Gobierno y Pepe Bono.

Al margen de la colosal estupidez del periódico norteamericano, que se ha dejado manipular indecentemente, lo cierto es que a raíz de las declaraciones del teniente general Mena y posteriores manifestaciones de descontento de otros compañeros suyos, la izquierda ha vuelto a resucitar el fantasma del golpismo, un fantasma que parece llenar de sentido todas sus acciones. Yo creía que el ministro de Defensa, José Bono, tendría algo de sentido común y actuaría en consonancia con el cargo que ocupa, y que defendería a los Ejércitos que dirige no solo de la inmensa estulticia y monumental soplapollez de ese personajillo llamado Iu Forn, sino también de la más grave tentación izquierdosa de volver a remover las aguas del pasado. El Ejército es hoy la mayor de las garantías de orden constitucional. Es un Ejército moderno, perfectamente adaptado a los cambios sociales –hasta el punto de que la Guardia Civil acepta transexuales en sus filas-, respetuoso con la legalidad vigente, ardoroso defensor de la Constitución y de la soberanía nacional, y orgulloso de sí mismo, como debe ser por otra parte. Pero no se sabe si al frente de la tropa hay un ministro o un personaje de sainete.

Desde aquellos primeros días en que Bono autocondecoró su propia valentía, su entrega a la Patria, su corazón henchido de orgullo nacional, y se colgó en la solapa medallas que supuestamente iba a devolver, pero siguen adornando su pechera, ya se veía venir que lo que inicialmente podía pasar por una nueva manera de entender la relación de la política y los ejércitos, un acercamiento de la izquierda con los uniformados gracias a la perspicacia del manchego, al final era puro paripé, escandalosa fachada, populismo a ultranza vacío de contenido real. Todos los ministros de Defensa siempre han caído en la tentación de creerse eso de que mandan sobre tropas, barcos y aviones. Y es que lo de que a uno se le cuadren al modo militar a su paso debe imponer mucho, digo yo. Pero en el caso de Bono sólo le ha faltado revestirse de los ropajes de capitán general e introducir su mano entre los botones de la chaqueta, como Napoleón, para posar al frente de sus huestes uniformadas. Claro que, cuando se ha tratado de defender los principios constitucionales ante la afrenta nacionalista, el valiente se ha escondido detrás de las faldas de Zetapé.

Bono no es más que un bluf, una perfecta maquinaria de manipulación de las conciencias, y después de dos años de hacer creer a sus subordinados que tenían al frente a un ministro con un par, a día de hoy ya se han dado cuenta los trogloditas que si quieren aparecer ante el mundo como un ejército europeo tendrán que valerse por sí mismos. Entre otras cosas porque la izquierda que gobierna es, probablemente, la más radical que hayamos conocido en los últimos treinta años, una izquierda que ve en el Ejército un mal necesario. Curioso, por otra parte, tratándose de una izquierda heredera del franquismo sociológico. Siempre he dicho que los miles de ciudadanos que aquel 20 de noviembre de 1975 y días sucesivos hacían cola ante el cadáver del dictador, son los mismos que hoy votan al PSOE. Es más, son los mismos que hoy engrosan las filas de su cúpula. Tiene esto cierta lógica, entiéndanme. Si fuera por Bono, Franco seguiría siendo hoy ‘Generalísimo’ y él su ministro de Defensa. Si fuera por Zetapé, el general seguiría siendo hoy Caudillo de España y él hubiera ocupado el puesto de Carrero Blanco como aspirante a la sucesión.

La izquierda es colectivista, relativista, socialista, sindicalista y antiliberal. Y populista. Todas esas características las reunía, en una perfecta armonía entre dictadura represiva y bondadosas caricias del papá Estado a la clase media, el franquismo. Y ese es, exactamente, el recipiente que a día de hoy guarda las esencias del nuevo socialismo que nos gobierna. El franquismo compró conciencias, que es lo que ha hecho, por ejemplo, la izquierda con el PER. El franquismo vetó las libertades, que es lo que hace la izquierda con el CAC. El franquismo burló la ley, que es lo que hizo la izquierda con los GAL. El franquismo se corrompió, que es lo que hizo la izquierda con Filesa, Ibercorp, Roldán... y ahora con Montilla. Y la izquierda tiene la misma necesidad de permanencia en el poder que tenía el franquismo, de ahí las sospechas de connivencia con los golpistas aquel 23-F de aciaga memoria. Sin embargo, sigue viendo en el Ejército actual al mismo Ejército que impidió que triunfara el Golpe de Estado del 34 con la República y que luego favoreció 40 años de otra dictadura que no era la que pretendía la izquierda revolucionaria.

Pero extender hoy la especie de que el malestar del Ejército ante una situación en la que se está poniendo en riesgo el orden constitucional forma parte de una maniobra golpista, y hacerlo en el exterior, es de una bajeza sin límites, y supone tirar piedras contra nuestro propio tejado. Si España quiere pasar por un país serio, democrático y europeo, esta práctica no es la más adecuada y perjudica gravemente nuestros intereses en el exterior. Salvo, claro, que nuestros intereses en el exterior se limiten ahora al Quinteto de Ipanema, Marruecos y poco más. ¿Y Bono? Hoy es, probablemente, el ministro más contestado desde Gutiérrez Mellado, y su capital político ha perdido tantos enteros que se encuentra bajo mínimos, hasta el punto que ya es uno de los candidatos a pasar a mejor vida –política, se entiende- en la próxima remodelación del Gobierno si es que ZP tiene margen para hacerla. Bono ha permitido que se insulte al Ejército, que se haga desde un medio de comunicación internacional, y que se haga por la vía de los impuestos de todos los españoles. Y eso tiene que pasarle alguna clase de factura.

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