Menos buscar siempre culpables fuera. Trabajemos todos por hacer un País y una sociedad dignos, con espíritu abierto y crítico, con la labor diaria humilde, perseverante, en concordia y fraternidad.

La situación tras el final provisional en la negociación del nuevo Estatut catalán puede resultar difícil de entender si se desconoce la tradición de contabilidad económica y política de Convergencia i Unió, desde la redacción el 1979 del llamado de Sau, y todavía vigente, entonces con Miquel Roca y la UCD de Suárez como protagonistas.

Cuando se ha acusado al ya ex político, ex parlamentario y ex delfín de Pujol de renunciar entonces a un Concierto Económico que con el paso de los años han reclamado los suyos, respondía que les fue imposible. En aquellos tiempos, cuando se acababa de conseguir para Euskadi el texto incumplido de Gernika, la versión era otra. El grupo catalán afirmaba que habían ‘‘echado cuentas’’, con números sobre el papel, y concluido que con la fórmula elegida y pactada con el fundador de UCD recibirían más financiación, por medios indirectos, que con la fórmula concertada, por otra parte incomodísima para el conjunto del Estado.

Lo que pasó, no solamente con aquellas cuentas y aquel papel, sino con el famoso ‘‘espíritu del 79’’ es sobradamente conocido: llegaron el 23-F, la LOAPA -inconstitucional pero cuyos contenidos se han ido aplicando mediante leyes sectoriales o, simplemente, dejando de transferir competencias estatutarias- y de la misa quedó menos de la mitad.

En los cinco lustros largos hasta el tripartito, los gobiernos de CiU en la Generalitat han seguido invariablemente la política llamada de ‘‘peix al cove’’, que traducida libremente podría equivale al ‘‘pájaro en mano’’ o, en términos de mus, ir ganando ‘‘piedra a piedra’’. Aprovechando cualquier circunstancia favorable (sobre todo los gobiernos de Madrid, de cualquier color, en minoría) para ir arrancando competencias y fondos, fuesen porcentajes sobre el IRPF, los ‘‘mossos d’esquadra’’, no previstos en su texto estatutario, o cualquier otro avance.

En el acuerdo de Mas con ZP se ha aplicado, estrictamente, la misma línea. Sin duda internamente -y una vez lo han dicho públicamente, el día después de la foto de la Moncloa- los herederos de Pujol saben que éste no es el Estatuto que pueda zanjar la ‘‘cuestión catalana’’ pero se intuye, como en el caso de Roca, su convencimiento de que no podían obtener más, y que habrán de esperar para volver a apretar en mejor ocasión, sobre una base de partida mejor.

Pero las cuentas de rentabilidad política también les han cuadrado a las dos patas del banco, a la mayoritaria catalana y al PSOE, incluida una parte supuestamente mayoritaria de los socialistas catalanes, entre los que no se encuentra, obviamente, el president Maragall. Frente a los ladridos del PP, incluido un Piqué por segunda vez sometido o rehén de sus ‘‘jefes’’, algunos de los cuales se la tienen jurada desde que dijo en la misma radio catalana que Acebes y Zaplana «eran el pasado del partido» (¡vaya vista!), puede Zapatero exhibir la rebaja del texto como éxito españolista, y sobre todo la reacción airada de Esquerra Republicana, con la proclamación inicial de oposición al acuerdo.

Se diría que el trío de la foto madrileña ha propinado una fuerte patada a Pasqual en la espinilla de Carod. Fuentes solventes comentaban que a ERC el pacto entre el partido catalán en la oposición (aunque con la mayoría relativa de escaños) y el principal socio del gobierno autonómico les pilló a contrapié, les dejó desconcertados y sin saber muy bien por dónde tirar. Como el delantero que duda si corre o no por la pelota, porque sospecha que está en fuera de juego y le pueden anular el gol.

Inicialmente lo que han hecho ha sido visualizar una total cohesión interna, con la foto de familia en la rueda de prensa del Parlament, y correr hacia adelante, desmarcándose del acuerdo con un ‘‘no’’ provisional al texto estatutario, sin romper de momento con el PSC, pero reduciendo el apoyo al gobierno estatal del PSOE a acuerdos puntuales y previos ‘‘ley a ley’’. Veremos si después de sucesivas conversaciones convierten el rechazo en definitivo, o encuentran alguna concesión simbólica que les permita aceptar el saldo sin quedar en evidencia ante sus propias bases.

En cualquier caso, el acuerdo descafeinado continúa teniendo el aval de la inmensa mayoría del Parlament catalán, y los votos de Esquerra ya no son necesarios, ni en el edificio del Parc de la Ciutadella, ni en el de la Carrera de San Jerónimo, para que la aprobación se produzca. Aún más, una buena parte de la sociedad catalana de ‘‘la pela es la pela’’, situada en lo que se llama la ‘‘centralidad’’, puede sentirse muy satisfecha con el refuerzo del eje CiU-gobierno español, y quién sabe si reflejarlo en las urnas, aunque todavía queda bastante tiempo para la próxima cita.