Abriéronse los montes y parieron un ratón. La metáfora serviría, según no pocos catalanistas, para describir el proceso estatutario: tras dos años de contracciones, de sacudidas y temblores que anuncian cambios orográficos, resulta que todo aquel terrabastall ha abierto un orificio que apenas alcanza para que aparezca un ratón. Así, nuestros políticos habrían alumbrado un Estatut tan raquítico y disminuido, tras ímprobos anuncios y esfuerzos, que merecen la más grotesca y cruel de las comparaciones aplicables al caso. ¿Es de recibo una tan decepcionante conclusión? ¿Se trata de una muy catalana exageración, o para evidenciar el ridículo catalán basta la coincidencia de Piqué y Rodríguez Ibarra, que dejaron de rasgarse las vestiduras tras el pacto Zapatero-Mas?
Hay razones para no estar precisamente encantados - y, tras admitir mi error inicial de apreciación, me como con patatas la optimista columna del martes-, pero todas están relacionadas con la diferencia entre las expectativas y el resultado. Si se hubieran limitado a decir: "Vamos a actualizar el Estatut, porque se ha quedado viejo y no contempla las nuevas realidades de Europa, la inmigración, etcétera, y de paso intentaremos delimitar el marco competencial, así como mejorar la financiación en lo que se pueda", si la ambición se hubiera acotado, ahora estaríamos unos brindando con cava, otros mirando hacia otra parte. Pero, al igual que los montes, anunciaron un nuevo reparto del poder, el final de la insoportable carga del déficit fiscal, agencia tributaria equivalente al concierto, blindaje de competencias, un acompañamiento de cambios en no sé cuántas leyes orgánicas... la intemerata. Con motivo se asustaron los que presumían que el poder seguiría radicando en Madrid. No fue ante un peligro imaginario que la España más centralista sacó a relucir su peor cara. ¿Qué ha podido ocurrir entonces? ¿Cómo se justifica tamaña renuncia, si ha desaparecido la excusa del ruido de sables? ¿Qué cara van a poner los que acusan de miedicas a los protagonistas de la transición?
Atribuyo el paso del bombo y platillo al leve repicar de castañuelas a una cadena de errores, cometidos todos por parte catalana. De los tres hombres fuertes de la situación, el president Maragall estaba de gira, Montilla luce camiseta catalanista pero juega con Madrid, y Artur Mas hizo ante Zapatero lo contrario de lo que de él esperaban todos: en vez de tirar de la cuerda en dirección catalana, la soltó. Si nos atendemos a lo que decían tener hablado y casi aprobado los principales negociadores del cuadripartido con Rubalcaba, Solbes y el mismo Zapatero, lo que trascendió de las últimas reuniones, Artur Mas tenía el terreno preparado para convertirse en el héroe del Estatut. Sin embargo, los acuerdos a los que llegó, tanto en el ámbito de la definición de Catalunya como en materia de financiación, están muy pero que muy por debajo no ya de la propuesta aprobada en el Parlament, sino de lo que se iba cerrando en los días anteriores a la dichosa reunión. Hay que atribuir pues la decepción, y es grande, a la diferencia entre unas expectativas favorables y lo que hay sobre la mesa. Entiéndase favorables en una situación en la que el PSC no estaba en condiciones de apretar al
PSOE, en las que ERC pesaba poco ante la posibilidad de un cambio de aliado, y en ausencia del president. A pesar de todo, se preparaba un buen Estatut, todo el mundo confiaba en que CiU apretara fuerte, y es lo que estuvo haciendo Duran Lleida (véase la entrevista de La Vanguardia del 15 de enero). No es culpa sólo de Artur Mas, aunque se lleva la peor parte, sino de todos, tanto los que fijaron el método negociador como los que lo dimos por bueno, sin advertir por lo menos que no se debía fiar tanto a lo que obtuviera una persona en una reunión de última hora, por mucho que se hubiera hecho merecedor de tanta responsabilidad. Un día malo lo tiene cualquiera, ¡pero qué día! El Estatut se ha quedado así de corto por lo que podríamos calificar como impericia colectiva, que culminó, en vez de en la esperada rampa de lanzamiento, en una especie de socavón. Y consuélense los decepcionados porque el capítulo de las competencias ya se dio por concluido antes del encuentro en la Moncloa.
¿Qué hacer ahora? De lo perdido, saca lo que puedas. En materia económica, estamos sin duda otra vez con lo del peix al cove,pero escaldados ante tanta tomadura de pelo en las cuentas. En el resto, todo es cuestión de interpretación. Debe suponerse al PSOE capaz de alguna concesión, para ver si Esquerra entra en el redil. Sean cuales sean las mejoras, es cuestión de apretar los dientes, abstenerse de exigir responsabilidades prematuras - no de hablar con claridad, pues lo peor es disimular u ocultar la verdad sobre el Estatut como hacen en TV3 y los medios de la Generalitat-. Pensar, en definitiva, que más vale ratón que nada, y que la próxima vez, por allá el 2012, lo haremos mejor.

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