Antes no se me ocurría darle la dimensión que tiene ahora, después de dejar el nefando vicio del tabaco. Pero lo cierto es que los programas de cocina están haciendo estragos en mi frágil condición de ex fumador convaleciente. Ahora ya no es que haya espacios sueltos, una vez a la semana más o menos, sobre gastronomía y la forma de elaborar todos sus infinitos tesoros culinarios. Antes, a la hora del aperitivo, salía Arguiñano y, con su simpatía de vasco que ha corrido mucho la vida, nos transmitía los secretos de unas patatas guisadas con congrio abierto a la manera de Bermeo, que quitaban el hipo y nos hacían ir corriendo a la cocina a meter la cuchara en el cocido. Ahora ya no es un programa de cuarto de hora antes de comer, ahora son cientos de programas a cualquier hora del día, de sesenta minutos de duración, en todas las cadenas públicas y privadas: Todos contra el chef, La cocina de Iñaki, Los mejores fogones, Los platos de Andrés, De la cocina a la mesa , etc, etc, etc.
Los españoles no tenemos términos medios: o amamos la tortilla de patata con cebolla o la tortilla de patata con cebolla nos da sencillamente asco, y esto en casi todos los aspectos de la vida. Ahora España ha descubierto la tortilla deconstruida, y en todos los hogares patrios no falta una obra en fascículos (sesenta o setenta volúmenes), sobre platos autonómicos, restaurantes tres estrellas, nuevas direcciones de la gastronomía nacional, repostería castellana, vinos de la tierra, platos rápidos, galería de pinchos de alta innovación- La madre que lo trujo.
Tengo un amigo jubilado (nada que ver con el jubileta que toma el sol de invierno en una plazuela de barrio madrileño: este va sobrao ), que cuando se pusieron de moda los programas de bricolaje, llenó su jubilación de tornillos, clavos, cuelgafáciles, taladradores, alicates, siladecores y demás útiles del tema. La mujer estaba encantada con él, porque había perdido la afición a jugar la partida en la cafetería y hasta de ir al Tartiere a sufrir. Pero ahora el fervor por el bric se ha convertido en un problema, porque la casa se ha transformado en un almacén de trastos ferruginosos, marcos de aluminio, cajas de portalámparas, cerraduras de armarios, estructuras de madera aglomerada y la de dios es cristo.
Bueno, pues ahora, como a este amigo mío no se le pueden dar ideas porque sigue jubilado, le ha entrado un entusiasmo por la cocina que pone los pelos de punta. Ha abandonado el bricolaje y se ha lanzado a las tarteras y sartenes. Ve todos los programas de Arzak, Berasategi, Argiñano, Subirana, Ferrá Adriá, Santamaría, y demás genios del gratinado. Compra todos los libros de recetas, llena la nevera de cadáveres de cochinillos, lechazos, lubinas, besugos, extremidades del cerdo y demás delicias, y se encierra en la cocina a preparar platos para los amigos. La mujer está mucho más deprimida que con el bricolaje, y como los hijos ya son mayores y viven fuera, pasa largas temporadas en el balneario de Mondariz para relajarse. Un desastre.
Y todo por esta jodida obsesión que nos ha entrado por la cocina y sus secretos. En el colmo de los colmos, me dice otro amigo que vive en Sabadell que hace unos días se inauguró un congreso de gastronomía en Lloret de Mar, con asistencia de los mejores cocineros -ahora restauradores- del mundo. Me ha enviado un programa de sesiones que me ha dejado traspuesto. En el programa hay conferencias tales como La tortilla de patata: material digerible o concepto reflexivo, La caramelización, como elipsis culinaria, en las aves de corral, La pervivencia del estofado en los pueblos ribereños del Danubio, Cocina estructural y cocina posmoderna, La repostería en el Antiguo Testamento: claves para su interpretación simbólica , y todo así.
Los conferenciantes eran gastrónomos y artistas restauradores de todo el planeta globalizado: chinos con sus agridulces, árabes con el cordero y el dátil a la espalda, italianos envueltos en pasta, escandinavos ahumados. Había traductores simultáneos, una gran pantalla en la que se proyectaban elaboraciones culinarias y en la que también se podían ver cenas de multimillonarios filmadas por un equipo de investigadores del Centro de Estudios Sociológicos de la Universidad de Carolina del Norte. La repera.
Bueno, pues en este magno congreso - cómo es posible que no se le haya ocurrido tan deslumbradora idea a nuestro admirado concejal Alfonso Román López?- los fogonistas españoles brillaron a una altura extraordinaria, echándose de menos la presencia de chefs asturianos que algo podrían haber añadido al placer universal de los festines. Ah!, y todas las noches, después de las sesiones congresuales, los diez mejores cocineros españoles, por ser España el país anfitrión, mostraban a los asistentes al científico evento sus más exquisitos primores culinarios. Afortunadamente, todo ha quedado recogido en el programa : Papilas de ciervo con gambitas de Huelva, Delicias fálicas de toro (no de Toro) rellenas de mango y aguacate, Langosta agonizante en salsa Terminal de ortigas , y otras delicadezas. En fin, que, como dice el filósofo, España pierde la identidad. Jesús.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura en la Universidad de Oviedo.

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