Hamas es la consecuencia del colapso permanente que sufre la vida pública en Palestina. La I Intifada (1987-1993) fue un levantamiento espontáneo, una explosión de cólera popular hasta entonces subterránea que sorprendió no sólo al Estado judío, sino también a la cúpula de Al Fatah y de la OLP exiliada en Túnez. Israel no sólo erró ex ante por imprevisión. Igualmente se equivocó ex post: malinterpretó las causas de la revuelta y no identificó correctamente a sus autores.
Israel fue la comadrona en el parto que, en 1987, alumbró a un monstruo que hoy domina el Consejo Legislativo de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Al suspender los ayuntamientos y decretar de manera indefinida la ley marcial y la colonización de los territorios, al neutralizar a los dirigentes locales de la OLP y dar aliento a Hamas, Israel no liquidó la Intifada. Contribuyó a su permanencia: derogando las pocas instituciones representativas de los palestinos, Israel alimentó el fuego sagrado de los islamistas, atrayendo a la arena política a las comunidades religiosas, el último refugio de un pueblo sin voz. Israel actuó en legítima defensa, pero ésta fue desproporcionada. Israel está pagando muy caro sus errores.

Hamas es un organismo carnívoro. Con su desprecio al Corán, que condena el suicidio y la muerte de civiles inocentes, Hamas ha reinventado el islam como una religión de odio capaz de vindicar a una sociedad exasperada. Gracias al legado de Arafat -«todo para mi cocina»-, los éxitos de Hamas son incontestables desde la muerte del rais. Está activa en los municipios importantes, ha llevado de la mano a Irán y Siria hacia los territorios y va a condicionar, sorprendentemente por tercera vez, las elecciones en Israel. Porque a Hamas tampoco le gustan los vegetarianos israelíes: en mayo de 1996, en medio de una impresionante campaña de atentados suicidas, Hamas colocó en la silla del primer ministro de Israel a Benjamín Netanyahu; en 2001, poco después de lanzar la II Intifada», hizo lo propio con Ariel Sharon. Y ahora querrá desestabilizar a su poderoso vecino justo cuando Israel afronta las inminentes elecciones de marzo. ¿Pretenderá Hamas enterrar a su antigua partera?

La tentación será casi irresistible, pero creo que intentará aplazarla en el futuro inmediato. Hamas disfruta con la violencia y la muerte, pero no es una organización nihilista, capta bien los cambios de escenario político y tiene objetivos a largo plazo.Desde la muerte de Arafat ha reajustado su estrategia, ha congelado sus actos de terror y maneja bien los tiempos electorales.

Hamas es más que una máquina inerte que expande terror. Hamas también dispone de la posibilidad de memoria, una función cognitiva que no estaba al alcance de la primera hornada de grupos terroristas palestinos que vieron la luz medio siglo atrás. La experiencia puede actuar como vehículo de la paz, aunque sea, como siempre ocurre en la zona, de naturaleza precaria y provisional.

Cincuenta años de terrorismo sostenido, en unas circunstancias internacionales mucho más adversas que las de hoy, no han doblegado a Israel. Por el contrario, ha dinamitado la autoconciencia palestina respecto a su racionalidad y producido miseria física en los territorios.

Hamas necesitará el dinero de la UE para el mantenimiento de una Administración costosa que debe resolver los problemas de la gente. Necesita también su carta de naturaleza como interlocutor en la región a sellar por los norteamericanos.

Hamas está hoy en la encrucijada de proseguir como movimiento terrorista o refundarse en partido político y dirigir la estructura institucional del país. Si opta por lo primero, causará mucho daño, pero irá al enfrentamiento directo con Israel y perderá la batalla. Israel debe registrar este seísmo con atención y paciencia y renunciar en todo caso a soluciones a la argelina.Israel no debe escuchar a sus profetas del miedo.

Félix Bornstein es abogado.