La arqueología se adelantó a The New York Times. El diario de la familia Sulzberger publicó esta semana un editorial en el que denunciaba la importante presencia de trogloditas en España. Sin embargo, el periódico de Times Square no hizo más que confirmar algo que pudieron descubrir los palentólogos en Atapuerca hace dos décadas: que los trogloditas son tan antiguos en la península Ibérica como sus piedras, pues aparecieron por estos pagos hace un millón de años y unos cuantos aquí se quedaron. En cualquier caso, el editorialista de tan afamado periódico se refería a otros trogloditas en principio más evolucionados, pero igualmente cavernarios como el Homo antecesor.

The New York Times denomina trogloditas a los militares que han desafiado públicamente la legitimidad de los gobiernos elegidos, y por extensión a aquellos dirigentes del PP que se han mostrado comprensivos con la ocurrencia. La prehistoria nos aclara que no está mal usado el calificativo, pues es cierto que el Homo antecesor era bastante impredecible, su estructura social no atendía más que a su instinto de supervivencia y tampoco eran mucho de fiar, pues entre sus costumbres desagradables figuraba el dar dentelladas a todo lo que se movía, incluso a la mano del que les daba de comer, o para ser más exactos, del que le ayudaba a cazar. De hecho el término troglodita se aplica también en nuestros días no sólo al que habita las cavernas y al hombre bárbaro y cruel, sino incluso a aquellos que son muy comedores, posiblemente recordando que aquellos antecesores lejanos podían comerse a otros seres humanos si no encontraban ciervos, jabalíes o potros.

También es cierto que los trogloditas eran fácilmente influenciables en sus conductas por los más fuertes de sus comunidades, aquellos que eran más osados a la hora de cazar grandes animales como el elefante lanudo. Más o menos como algunos militares golpistas y algunos dirigentes del Partido Popular, que siguen el discurso de algunos periodistas en cuyo currículo figura también haber cazado en tiempos recientes alguna gran pieza de la política, tan difícil de abatir como los mamuts prehistóricos.

Es más, anoche me llevé del videoclub la película de Jean-Jacques Annaud En busca del fuego y en los berridos del interior de la caverna me pareció descubrir algunas de las sentencias troglodíticas que se han oído sobre el Estatut en los últimos días. E incluso uno de los protagonistas barbudos de filme me recordó vagamente a un habitual de las ruedas de prensa. No decía que España se rompe, pero el gruñido era el mismo.