El aspecto más importante de estas singulares elecciones es que da igual comentarlas antes o después de que se celebren, porque su resultado no es su principal característica, como pudiera suceder en unas elecciones. En éstas, la mitad de los palestinos, refugiados en el exilio, no puede votar y ni siquiera darse una vuelta para ver a sus parientes o visitar su aldea o pueblo de origen, ocupado por algún inmigrante, mitad colono, mitad paramilitar, que defiende lo ocupado con las armas.
La otra mitad votará cómo no sucumbir a la presión de la ocupación y asumir, lo menos mal posible, la represión a la que a diario está siendo sometida por el Ejército israelí. Aunque esto de la otra mitad no es más que un decir; para cualquier palestino -niño, mayor, anciano, sano o enfermo-, el simple hecho de desplazarse de un pueblo a otro, o entre los barrios dentro de cada pueblo -que parece y es una cosa tan cotidiana-, se vuelve y es tan complicado como en cualquier otro territorio ocupado, exactamente tal como es y está sucediendo en Palestina. Los de Gaza en su Gaza, los fragmentados de Cisjordania donde les toque, pero sin moverse y, los de Jerusalén Este, más complicado aún.
Asombraría saber los pocos kilómetros que les han permitido recorrer a los más de 700 candidatos a los 132 escaños, y asombraría aún más el muchísimo tiempo que tuvieron que invertir para tan corto viaje. A cada paso, un control, y después, otro y otro, con los consiguientes interrogatorios y vejaciones. Aquí sí que la paciencia no tiene límite y lo están demostrando día a día, todos los días.
El Parlamento palestino elegido se estrenará con la imposibilidad de tener el primer Pleno y constituirse, sencillamente porque no les dejan desplazarse, y menos de Gaza a Cisjordania o viceversa, y, en cualquier caso, siempre con el permiso o no, cuándo y cómo y a la hora que la ocupación diga. Las atribuciones de los parlamentarios elegidos están restringidas a administrar la ocupación, nada más, cualquier otra cuestión considerada básica para cualquier Estado o Gobierno, no es el caso, pues no hay ni lo uno ni lo otro, ni está previsto, todo sólo hasta donde diga el poder omnímodo israelí. Pero, mientras, todo continúa progresando: la construcción del Muro, destrucción de casas, nuevos asentamientos, robo de tierras... y así la supervivencia palestina cada vez se complica más, y su futuro Estado cada vez más enterrado junto con los diez millones de palestinos obcecados en no dejarse enterrar.
Hace tres años, al principio de la «intifada», la acción que prioritariamente realizó el Ejército israelí fue destruir todos los archivos, documentos y la base de datos de la Autoridad Nacional Palestina en Ramalla, destrozando todo el mobiliario, ficheros, ordenadores y discos duros e intentado aniquilar todo lo que oliera a identidad, a ser, a existir. Pero en su rabia e impotencia aún les fue necesario ir más allá, defecando y orinado en las destrozadas oficinas por si alguien no tenía claro aún de qué va la ocupación y qué es lo que se busca y pretende, para terminar, como todo el mundo recuerda, sitiando al propio presidente Arafat, hasta que, enfermo o envenenado, lo llevaron a morir a París.
Palestina subsiste sin fronteras propias, pero sí con fronteras ajenas, con ciudadanos sin pasaporte, como apátridas inexistentes. Será misión primordial de los partidos y parlamentarios palestinos -sin Estado- guardar bien esa frontera ajena, para seguridad de Israel, y aceptar la ocupación, de la que han de sentirse satisfechos, colaborando con los ocupantes, y garantizarles su seguridad, pero los que no, Hamas principalmente, serán considerados enemigos de la paz y terroristas.
Los cientos de observadores internacionales (con abundantes eurodiputados, españoles incluidos), como en las elecciones presidenciales del pasado año, certificarán desde los hoteles -desde los israelíes, claro- que todo ha ido bien, que las elecciones se han realizado correctamente conforme a las leyes vigentes de la ocupación y del plan geoestratégico previsto.
Israel, EE UU y la Unión Europea pretenden con esta farsa electoral legalizar la ocupación de Palestina y encubrir su belicosidad en la zona, mientras, los palestinos, aceptando este juego, están convirtiendo las elecciones en una confirmación de su identidad nacional, derrotando así tanto a ocupantes como a sus observadores cómplices.
Miguel Ángel Llana es ingeniero y diplomado en Empresariales.

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