Todo vale, de Miren Etxezarreta en El Mundo de Cataluña
Un avión bombardea una aldea de Pakistán. Mueren 18 personas, todas civiles (nunca he entendido porque es más grave matar mujeres y niños que hombres). Suponían que allí estaba un notorio terrorista al que querían matar. El fallido intento no importa mucho porque, dicen, «había varios terroristas entre los muertos». Ya es el futuro: «Ahora bombardean con misiles inteligentes, pero en el futuro van a detener y encarcelar con imanes sensibles a la carne humana vencida y a distancia» [1]
Se organiza la escucha telefónica de destacados representantes públicos en la mítica América. Procedimiento anticonstitucional y contrario a los derechos más elementales. ¿Se trata de luchar contra el terrorismo? Aviones desconocidos surcan impunemente los espacios aéreos de todos los países, cargados de personas anónimas. Nadie sabe nada, los gobiernos ignoran que hay aviones que permanecen por días en sus aeropuertos. Además, todavía medio millar de personas sigue en el limbo oficial de Guantánamo. No tienen ningún derecho, peor, no existen.
En otro imperio fracasado su máximo mandatario no duda en masacrar repetidamente cientos de personas (¡y niños!) cuando se pone en peligro su dominio. Se detiene a muchas personas porque parecen relacionadas con terroristas. Con grandes titulares en los medios.A los pocos días muchas de ellas son liberadas, pero con pequeñas notas mediáticas. Parece peligroso hoy ser conocido de algún árabe o pakistaní, arriesgado aparecer en su agenda. ¿Y la presunción de inocencia?
Los países civilizados poseedores de importantes armas atómicas, exigen a un país periférico que renuncie a disponer de material nuclear, porque temen que pueda usarlo en un lejano futuro, mientras el presidente de uno de estos países amenaza con un ataque atómico si no se aceptan sus exigencias...
Se multiplican los casos hasta la nausea y el horror. Pero no pasa nada. El mundo oficial, tan preocupado por los derechos humanos en ciertos ámbitos y ocasiones, continúa placido su marcha sin inmutarse -son el imperio y sus amigos los que actúan-, las asociaciones humanitarias fruncen el ceño pero poco más, y la opinión pública continua impertérrita: falsamente le hacen creer que «es necesario para luchar contra el terrorismo», que tiene que elegir entre libertad o seguridad, y todo vale frente al terrorismo que sólo ellos saben definir.
¿Somos conscientes hasta qué abismos de degradación humana y política estamos llegando? ¿Percibimos hasta qué punto se está destruyendo en todo el mundo el entramado del imperfecto estado de derecho que ha costado tantos siglos construir? Nos aterra que el imperio ataque militarmente un país. El mundo entero ha reaccionado en contra, pero, habituados ya a la violencia cotidiana de guerras nunca declaradas y a la continuación de sus terribles secuelas una vez terminadas, no parece inmutarse ante esta continuada erosión de los derechos más elementales. ¿No será esto también terrorismo?
Si la fuerza del poderoso actúa impunemente en cualquier ámbito, ¿cómo se puede pedir que las personas respeten las leyes, que reconozcan los derechos, que no utilicen la violencia? ¿Quién está legitimado a condenar la violencia de los pobres, la ira de los marginados, el odio de los excluidos? Si la práctica de quien domina no reconoce siquiera sus propias normas, ¿por qué habrán de respetarlas quienes sólo las sufren? Aunque el fuerte así lo crea, no se eliminan gratuitamente los derechos. No nos inmutamos cuando se llevaron a los comunistas, los gitanos, los socialdemócratas, los católicos, ¿qué pasará cuando nos afecte directamente a nosotros? (Brecht).
[1]Vazquez Montalbán, en El hombre de mi vida. Planeta, p.33
