El PP atravesó ayer por un momento crítico. Probablemente, el más difícil desde que Mariano Rajoy asumió las riendas del partido.
El líder popular en Cataluña, Josep Piqué, estuvo a punto de dimitir y, de hecho, a primera hora de la tarde, su salida se daba por hecha en el cuartel general de Génova.

Cuando el rumor se extendió por todas las redacciones, Piqué decidió apagar su teléfono móvil y se marchó a almorzar con unos amigos que nada tienen que ver con la política. La noche anterior apenas había pegado ojo y necesitaba desconectar, pensar con un poco de calma lo que iba a hacer.

Uno de los que con mayor insistencia trató de ponerse en contacto con él fue Alberto Ruiz-Gallardón, quien quería evitar por todos los medios la derrota de uno de sus aliados estratégicos en el PP. «Si se va Piqué, significa que el partido consuma su giro a la derecha», comentó el alcalde de Madrid a una fuente.

Por la mañana, el propio Piqué había rechazado la propuesta de algunos dirigentes catalanes de movilizar a los militantes en su apoyo. «Nada de hacer daño al partido. Todo lo que se haga debe llevarse a cabo respetando la disciplina y, sobre todo, sin que pueda producir daño a Rajoy», ordenó a la dirección del PP catalán.

Aunque parecía imposible, Rajoy evitó el cisma en una reunión a solas con Piqué que se celebró en su domicilio y que se prolongó durante más de tres horas (desde las 18.00 a las 21.15 horas).

El gallego desplegó todo su poder de convicción y le reafirmó su confianza. En estos momentos, nada podría hacer más daño al PP que una crisis interna, que sería fácilmente explota por el PSOE.

¿Cómo se gestó la crisis? ¿Por qué el hombre al que Rajoy siempre ha defendido y protegido ha estado a punto de tirar la toalla?

El domingo por la mañana, los grandes periódicos, las cadenas de radio y televisión anunciaron con gran despliegue el acuerdo alcanzado entre el presidente del Gobierno y el líder de CiU, Artur Mas. Tras meses de tensión, el Estatuto catalán iniciaba su fase definitiva gracias a un consenso del que quedaba excluido el PP.

Piqué habló esa mañana con Rajoy. El portavoz del PP en el Parlamento de Cataluña, Francesc Vendrell, también intervino en las conversaciones, así como la secretaria de Política Territorial del partido, Soraya Sáenz de Santamaría. Había que lanzar un mensaje coherente en respuesta al acuerdo sobre el Estatuto. Como aún no se conocían los pormenores del pacto, Rajoy y Piqué apostaron por descalificar el método, sin entrar en el fondo del asunto.

A mediodía, Sáenz de Santamaría, siguiendo el guión establecido, criticó en una rueda de prensa «la falta de transparencia y la exclusión del PP de la negociación».

Sin embargo, a última hora de la tarde, el portavoz del PP en el Congreso, Eduardo Zaplana, descargó la artillería pesada del argumentario acusando a Rodríguez Zapatero de «deslealtad con España» y denunciando que el pacto consumaba un «fraude a la Constitución».

Al día siguiente se celebraba en Madrid la conocida como reunión de maitines, una cita a la que acuden destacados líderes del PP.

Nada más llegar desde Barcelona, en el aeropuerto de Barajas, a las nueve de la mañana, Piqué respondió a unas preguntas de la emisora Cataluña Radio: «De alguna manera se nos va dando la razón en muchas cosas, como es el tema de la financiación».Prácticamente a la misma hora, Vendrell afirmaba en COM Ràdio: «Ahora hay unos parámetros en los que se pueden acercar posiciones».

En la reunión de maitines hubo dos posiciones claramente diferenciadas.Piqué defendió que el pacto de Rodríguez Zapatero y Mas, con todos sus inconvenientes, abría una vía de acercamiento, ya que el propio PP había hecho una oferta de financiación para Cataluña muy parecida a la que se había acordado en la madrugada del domingo entre el presidente y el líder de CiU.

Sin embargo, tanto Jaime Mayor Oreja, como Angel Acebes, Eduardo Zaplana, Javier Arenas y Carlos Aragonés se manifestaron en contra.Plantearon, algunos con matices, que lo que había que hacer era movilizar a la sociedad contra ese acuerdo, que supone, en su opinión, dividir en dos a las comunidades españolas según su nivel de renta.

Rajoy pidió a Piqué que no hiciera más declaraciones y, en principio, apoyó la línea dura.

Pasadas las 13.00 horas, Acebes dio una rueda de prensa en la que anunció la oposición «absolutamente inequívoca» del PP al acuerdo sobre el Estatuto y desautorizó claramente a Piqué: «Esa no es la posición del partido».

Llovía sobre mojado. La tensión entre Piqué, por un lado, y Zaplana y Acebes, por otro, estalló bruscamente ya el pasado mes de julio (cuando Rajoy se encontraba en Singapur en apoyo a la candidatura olímpica de Madrid), cuando el líder catalán dijo que la imagen de sus correligionarios se vincula «al pasado».

En la tarde del lunes, Piqué telefoneó a Rajoy para transmitirle su decisión de abandonar el partido. El presidente del PP le pidió que reflexionara, que le diera un poco más de tiempo y le propuso una reunión para el martes por la tarde.

Esa noche, Piqué, anímicamente hundido, suspendió su intervención en el noticiario de Telemadrid que dirige Germán Yanke. A última hora, sus asesores le leyeron la portada de La Vanguardia del día siguiente: «Los halcones del PP le piden a Piqué que acate la disciplina o dimita». Era la gota que colmaba el vaso. Piqué no quería ser objeto de una cacería.

El martes por la mañana, haciendo de tripas corazón, asistió a un desayuno organizado por el Forum Europa que tenía como protagonista a Rajoy. A preguntas de los periodistas, el presidente del PP contestó: «Piqué tiene mi pleno apoyo».

Cuando salió del hotel donde se celebraba el acto, una señora envuelta en abrigo de visón, le reprochó en voz alta: «Señor Piqué, a ver si deja de hacer daño al partido».

Está claro que Piqué no cae bien a la derecha del PP. Pero tal vez su mensaje sea el único que puede mantenerse en Cataluña.

El peligro que entrañaba la marcha de Piqué era, precisamente, que se pudiera visualizar como un abandono por parte de la dirección del partido de las posiciones centristas.

Rajoy ha tenido la habilidad de salvar ese difícil escollo, que le hubiera situado en una posición muy complicada. El PP tiene opciones de ganar las elecciones, pero no podrá hacerlo contra la opinión abrumadoramente mayoritaria en Cataluña. El presidente del PP ha optado por mantener el rumbo.