ME lo dijo Maragall en un anochecer de principios de noviembre, sentado en su despacho junto al Pati dels Tarongers: «No pasaremos ni por no ser nación ni por una financiación insuficiente». Bueno, pues hay que admitir que, aunque no haya sido él el protagonista final del proceso, sino los nacionalistas -¿habrá alguna diferencia?-, ya tienen lo que querían. Se han salido con la suya. Nación y pasta. Bingo.
Por eso tienen la sonrisa de oreja a oreja. De paso, en la carambola, hasta se pueden llevar por delante al propio Maragall y lograr que Artur Mas se siente en el citado despacho de la plaza de San Jaime. Pero esto importa, si acaso, a los interesados y a su clientela. Lo trascendental es que la otra noche, en Moncloa, quedó cerrado un diseño que modifica mediante subterfugios la Constitución vigente desde 1978. Por un lado, define una España plurinacional mediante una ley que interpreta la Constitución a su manera (a la manera del nacionalismo), y por el otro consagra un sistema desigual de financiación de las autonomías y, por tanto, de la distribución de los recursos generales, al tiempo que hace trizas la unidad fiscal y adelgaza aún más el ya famélico cuerpo de competencias del Estado.
Todo esto lo han logrado los nacionalistas de un presidente del Gobierno socialista, teóricamente comprometido en el avance de la igualdad de los ciudadanos. Seguramente soy muy torpe, pero me tienen que explicar por qué es más progresista que unos ciudadanos tengan más privilegios que otros según el territorio en el que vivan. Como estudié por el plan antiguo, antes de la LOGSE, tenía entendido que la solidaridad consistía en que los que más ganan, más producen y más tienen, pagan más y aportan más para compensar los desequilibrios de los que tienen menos. Esto que ha urdido Zapatero con los catalanes debe de ser la nueva frontera, el socialismo del siglo XXI, pero a mí no se me alcanza, modestamente. No me entero.
En cambio, de lo que sí me entero a la perfección es de una ley inexorable de las matemáticas: que si el dinero que hay no aumenta -es más, va a decrecer cuando mermen los fondos europeos-, para que unos reciban más otros han de recibir menos. Y está bien claro, basta ver su alborozo, que los catalanes van a recibir más. Enhorabuena, pero que nos digan ahora quiénes van a cobrar menos para darles el pésame.
Lo que significa la España «plurinacional» es una España de dos velocidades, en la que una parte se desarrollará cada vez más deprisa, con sus impuestos, sus competencias blindadas y sus Estados en miniatura, y otra irá cada vez más despacio: menos recursos, menos transferencias de renta, menos inversiones. Es bien sencillo, unos ganan y otros pierden. La vida. Que Zapatero, el socialista, explique si puede esta curiosa revolución de los más ricos contra los más pobres.

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