Cuando contemplé al presidente Evo Morales revestido solemnemente ante sus antiguos dioses, erguido sobre la tierra sagrada de Tiahuanaco, sentí el aliento ardiente que brota siempre de lo sacramental. De pie, con el poncho escarlata, el tocado de inca y el cetro solemnemente empuñado, transmitía la grande y segura voluntad de servir a su pueblo. Hacía ya siglos, quizá, que un gobernante no prometía dádivas a su pueblo al tomar posesión de la alta magistratura sino que le exigía fuerza para gobernar en su nombre. «Si no puedo gobernar, empújenme ustedes» y un viejo amauta añadió «si falta a sus promesas, si rompe los votos que ha prestado, el bastón pasará a otras manos». No sé qué ocurrirá a Bolivia ni a Evo Morales, pero sé que alguien ha jurado solemnemente verdad ante miles de mujeres y hombres de piel de cobre venidos desde los campos verdes de Wyoming o llegados de la inmensa y dramática Patagonia. No ha jurado Evo Morales con la moderna y retórica etiqueta occidental, ante un Dios en que tantos políticos no creen, sobre libros que no leen y rodeado por las armas y el dinero. Ante una hoguera alimentada por el alcohol protector en el altiplano, las hojas vivificantes de la coca y los simbólicos dulces de la amistad, el nuevo presidente fue ungido con humo, mientras le custodiaban los agentes de la policía indígena, armados con simples látigos de piel y sencillas piedras en las cartucheras. El nuevo presidente ha emprendido el camino con los pies desnudos para honrar a Panchamama, la madre tierra. Se cumplía con plenitud la profecía del caudillo revolucionario Tupak Katari: "Volveré y seré millones". Quiere Evo Morales que un complejo de asambleas compartan creación con el Parlamento. Ha destapado la redoma el nuevo presidente y la libertad sopla sobre Bolivia. El Espíritu ya no está guardado en la caja fuerte de un Banco central. Habrá que comprar un jersey de colores.