¡Ay, señor, qué razón tenía aquel que dijo que lo que verdaderamente desgasta no es el poder, sino la oposición! Que se lo pregunten, si no, a Mariano Rajoy, a quien ayer estalló en las manos el caso Piqué, o más exactamente el caso de la dirección catalana del PP, representada por Piqué y su segundo, el señor Vendrell.
Aseguró ayer el antiguo ministro mimado del señor Aznar que existen coincidencias entre sus tesis y algunas partes del pacto alcanzado a escondidas entre el presidente del Gobierno y Artur Mas sobre el Estatut. La contradicción con la posición oficial del partido, para quien dicho pacto “traiciona la igualdad y la solidaridad entre los españoles” no puede ser más flagrante.
Al PP le salen francotiradores bajo su propio tejado, mientras Zapatero sigue su marcha triunfal por las avenidas del Poder, desiertas de público, desde luego, porque los españoles seguimos sin tener idea cabal de lo pactado, pero repletas de fotógrafos y de filtraciones a la prensa amiga para que vaya alfombrando el camino del sorprendente condukator leonés, que ayer confundía sus manos satisfecho entre las de Mas y Durán (¿conseguirá por fin este hombre ser nombrado ministro de un Gobierno de España con Zapatero?) a las puertas del palacio de La Moncloa.
De modo que Zapatero, que es como aquellas chicas de revista de la posguerra dispuestas a complacer a toda la parroquia, excepto, naturalmente, al señor cura, que vota PP, va ganando por goleada en la puesta en escena del nuevo Estatuto catalán. Es justo reconocer que la jugada de sustituir a ERC por CiU en los últimos cien metros de la negociación ha sido de libro, seguramente una de esas genialidades dignas del más fino Rubalcaba. Carod Rovira, la efigie más odiada por los españoles, desaparece de la escena, y en su lugar salta al proscenio un tipo tan apuesto y elegante como Artur Mas, aunque no menos nacionalista que el propio Carod.
Y el PP jugando al tiro al plato. Dice Piqué que la cosa no es tan grave y que ve posibilidades de sumarse al festejo, e inmediatamente sale a afearle la frase el señor Acebes, que tampoco es precisamente la mejor cara del Partido Popular. Y sorprende que la oposición no haya uniformado sus discursos; sorprende que sabiendo todo el mundo que la partida del Estatuto se iba a jugar el fin de semana en Moncloa, el PP no haya preparado un Plan A, un Plan B, o incluso un Plan C, no haya tenido listas diversas alternativas para los distintos escenarios posibles, como se hace en cualquier empresa ante situaciones de conflicto similares. ¿A qué dedican su tiempo los líderes del PP?
El caso es que Josep Piqué, a quien uno imagina sumido en la duda existencial que supone tener que nadar contra corriente en una Cataluña asolada por el monocultivo ideológico nacionalista, ha roto la línea argumental del PP y lo ha hecho en público, fuera de los cauces reglamentarios. Personalmente me horrorizan los grupos humanos más o menos organizados, partidos incluidos, donde por sistema se impone la disciplina del pensamiento único y se acalla la discrepancia. Pero el problema de Piqué, como el de Bono, Ibarra y tantos otros barones socialistas en el PSOE, es mucho más sencillo y se llama cobardía.
Piqué, como Bono y los demás, responden a la tipología del político medio español, caracterizado por su falta de agallas para discrepar en público con el carismático líder que en un momento dado ocupa el poder, no importa la categoría intelectual o moral del líder en cuestión. Es la clase política que tenemos, emanación directa del franquismo, nada acostumbrada al ejercicio de la democracia interna. La sociedad anestesiada que entre todos hemos construido produce este tipo de políticos, propensos a escurrir el bulto, como los toros mansos. Aquí se discrepa en privado y a pie de pasillo. En plan furtivo.
De modo que el PP tiene un problema en Cataluña, que es el problema –uno más- que recibió en herencia de otro carismático líder llamado José María Aznar. Convendría, en mi modesta opinión, que nadie en el entorno del Partido Popular se pusiera nervioso. Esta va a ser una partida muy larga y en nada parecida a un camino de rosas. Una inmensa mayoría de españoles, literalmente hartos del problema catalán –como del vasco- van a estar emocionalmente tentados a creer que la mano mágica de Zapatero ha conseguido en un fin de semana el milagro que antes no lograron líderes de una arquitectura mental mucho más sólida que la del señor Rodríguez.
El nuevo Estatut no va a derrumbar de repente las columnas del templo. La tarea de demolición que el proyecto inicia es mucho más lenta y penosa, escasamente perceptible para la vida diaria del español medio, enfrascado en sus problemas cotidianos. Lo cual sitúa al PP en el dilatado horizonte de explicar razonadamente, sin prisas pero sin pausas, lo que el pacto alcanzado entre Zapatero y los nacionalistas implica para el futuro colectivo, para las libertades de los ciudadanos catalanes y la igualdad y la solidaridad entre españoles. Al fin y al cabo, dentro de dos años, casi un suspiro, habrá elecciones generales, el mejor de todos los referéndums posibles. Un envite en el que, para vencer, será necesario primero convencer.

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