El salón Rotonda del hotel Palace es un buen lugar para verlas venir en Madrid. El Palace es el hotel más contiguo a la política española, por su lujosa proximidad al Congreso de los Diputados y por su gran ágora circular, donde todo se mueve y todo discurre lentamente bajo una bóveda de cristal. El Palace sigue siendo el gran hotel político de Madrid, pero los círculos de poder quizás prefieran otros salones: el Ritz, por ejemplo, con una elegancia más concentrada en sí misma; el Villa Magna, en el paseo de la Castellana, con la solemnidad de las viejas oligarquías agrarias; o el Intercontinental, también en la Castellana, con nombre de emisora de onda corta y aires de negocio americano.
Y en la carrera de San Jerónimo, más arriba del Congreso, acaban de abrir el Urban, exquisitamente diseñado, que podría ser el gran coliseo de una España inalámbrica y metrosexual, si en Madrid algún día dejasen de pintar bastos. El Urban sería el hotel idóneo para una mayoría sólida del PSOE, en el supuesto de que España fuese otra y los cuadros sinópticos de Rodríguez Zapatero lograsen salir indemnes del desfiladero. ( "¡En qué jardín nos ha metido ese tío!", todavía clamaban ayer algunos séniors del partido). El Urban es un hotel de nuevo régimen, sin que tal régimen exista.
Mientras tanto, el Palace sigue siendo el lugar más idóneo para verlas venir. Un gin fizz, unas grageas de valeriana y a tomar notas, que hoy es un día de hemeroteca. La cuestión es mantener la excitación sin perder la calma. Ginebra, zumo de limón, soda y unos gramos de esa cicuta sedante que los senadores romanos ingerían para no sucumbir a las neurosis del emperador. Simón Bolívar, cuenta Gabriel García Márquez en El general en su laberinto,tomaba baños con hojas de valeriana para combatir el insomnio, las fiebres de sus coroneles y el desvanecimiento del sueño panamericano.
El gin fizz, con moderación, resulta tónico y refrescante, aunque puede llegar a ser traidor sin perder la elegancia. Y también es muy madrileño. Durante años fue la bebida preferida en Chicote, la gran coctelería del Régimen, cuando régimen quería decir régimen y no hegemonía electoral. Chicote sigue siendo un lugar muy concurrido, pero también resulta recomendable la coctelería Cock en la calle Reina, detrás de la Gran Vía. Tiene aires de club inglés y por las tardes es un local apacible, recóndito e incluso sereno. Habría sido un buen lugar para cerrar el pacto del Estatut si la clase política catalana - al final habrá que llamarla así- no estuviese presa del mal de san Vito: ese deseo onírico de pasar a la historia, esa acumulación de astucias en forma de regate corto - no ens fotran pas!-;esa competición extenuante e irresoluble. Después del Estatut de Sau, el Estatut de Cock. No estaría mal.
No hay que perder el buen humor, aunque estos días España, la España central, parezca un país hosco e irremediable; poderoso - emergente, dice Jordi Pujol, sin que le falte razón- y visigótico. Son días en que la excitación debe ser vivida sin perder la calma. Días para mesurar el perímetro real de lo que está ocurriendo y ensayar un ejercicio mental. Un ejercicio difícil para cualquier catalán que no sea mesell,dócil ante la embestida, o que disfrute proyectando la tensión imperante sobre el propio catalanismo, caricaturizado por focos muy poderosos, sin vergüenza y sin pudor, como una especie de lepra antidemocrática. El ejercicio, casi budista, consiste en contemplar lo que está ocurriendo al margen de las emociones; a la luz de la historia y de la política entendida como relación de fuerzas. Pura relación de fuerzas.
La melancolía puede que sea el peor enemigo de la sociedad catalana. Pero ¿cómo ver el propio mundo desde fuera en plena hipertrofia de lo inmediato? ¿Cómo huir del sentimentalismo si el comercio de las emociones es la pauta de la nueva economía? En Catalunya - y en todo el orbe occidental- cada vez hay menos fábricas y más talleres de fantasía. El apego a lo propio ya no es una proyección expansiva, como lo fue el nacionalismo en el siglo XIX, sino un mecanismo defensivo ante las incertidumbres que vienen. Así en Salamanca como en Girona, ciudades perfectamente simétricas. Ambas son ricas (Girona más que Salamanca) y ambas se sienten expoliadas.
Días de excitación para no perder la calma. No estamos en vísperas de un golpe militar; eso queda ya muy lejos. Hoy la elite estatal más incisiva es la judicial. Ése es el poder fáctico. Días interesantes - seguramente decisivos para el andamiaje de la política-, en los que sólo hay una cosa siniestra, verdaderamente siniestra, que temer: que se esté sembrando alegremente la semilla del odio. Una semilla que podría germinar dentro de cinco o seis años en un cuadro de crisis económica. (Madrid, sábado 21 de enero, salón Rotonda del hotel Palace, contemplando ´La ofrenda de Mefistófeles´, postal del museo de art-déco de Salamanca. Y viendo venir el pacto del Estatut con un gin fizz con valeriana, por supuesto.)

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