En una de mis revueltas lecturas leo, en filósofo y teólogo alemán que aprecio, la diferencia entre unirse y reunirse, verbo este último que escribe significativamente con guión intermedial entre el repetitivo "re" y la proposición verbal: re-unirse. Es decir, volver a unirse. O mejor, concertarse. Comprendo que dada la suspicacia de muchos españoles ante la filosofía decidan que planteo una soplapollez engreída, pero sostengo que la disección de ambos verbos produce un calor social reavivante. Unión y unidad pueden significar, más que una voluntad de encuentro, un imperativo. La unión sugiere algo dado, algo obligatorio. La hora política quizá me lleva a destacar este perfil de ambos términos. Re-unirse ya es otra cosa. Equivale a meditar desde el propio ser, realizado ya, en la conveniencia de encontrarse de nuevo, pero sin imposición alguna y como propuesta pactada entre los que se re-unen. En la unión siempre hay un propósito de imperio; en la re-unión el propósito parece trasudar democracia. Por tanto, cabe inferir, si se sigue esta línea dialéctica, que para re-unirse hay primero que confirmarse como dueño de sí mismo y realizarse en la igualdad. La unión se puede conseguir con la espada. ¿Acaso no han llegado a esta conclusión quienes contemplan la historia española? La re-unión hay que lograrla con la palabra en paridad de poder. Decía ese filósofo y teólogo alemán a que aludo que "si juzgamos un encuentro y su resultado según unas proporciones previas de poder seremos necesariamente injustos". La unión siempre se produce o impone desde el centro dominante. La re-unión es convergente. Cabe, pues, concluir fructíferas consecuencias de este tinglado. Basta con seguir pensando sin mesarse los cabellos. Llegaríamos a comprender, con Rudolph Otto, el investigador de lo santo, "la santa" reunión, "teniendo por ‘santo’ henchir de contenidos éticos un reflejo sentimental y primigenio". Por lo demás, etc, etc.