La Coctelera

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21 Enero 2006

Tierno, veinte años después, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Se cumplió el jueves el vigésimo aniversario de la muerte en Madrid de don Enrique Tierno Galván, para muchos ciudadanos de grata memoria; quizá, cada día añorado por más, aunque sólo sea por la «comparanza» de su figura y personalidad con los horrores en uso al día. Hoy se cumplen los veinte años de su entierro en el cementerio de la Almudena. Como San Ignacio de Loyola, por poner un ejemplo sacro y respetable de entre «todos los santos», y por no tener que nombrar a otros fundadores más recientes, don Enrique fue fundador. Sus discípulos primeros, pocos más de la docena, le acompañaron en la aventura intelectual de dotar a la oposición interior al franquismo de novedoso y optimista «motor» utópico.

Tiempos en que la verbalización de un socialismo radical, marxista y autogestionario causaba furor en las élites pensantes, y recelo en las direcciones pragmáticas de los antiguos partidos. A pesar de tantos excesos verbales, los «altos y lejanos poderes» que dispusieron la forma y el tiempo del tránsito de una a la otra orilla, «de aquella dictadura a esta democracia», prefirieron permitir (para que todo siguiera lo más igual posible en las alturas y para bien de sus intereses) el reclamo de un socialismo, salvador y marxista, nacionalizador e igualitario, que nunca habría de hacerse realidad, que «autorizar» el discurso de la legalidad republicana que, aunque con ciertos esfuerzos, hubiera podido «suponer» la implantación de la III República como culminación del ejercicio de la «soberanía plenamente recobrada» por el pueblo español, tras seguir los obligados pasos de: gobierno provisional, referéndum sobre la forma de Gobierno y elección de Cortes constituyentes: los tres hitos que reclamaba el buen camino que, por temor atávico, nunca se llegó a caminar.

El «viejo profesor», como gustaba oírse llamar, «símbolo de la izquierda modernizante, laica y no comunista», se conformó, pragmáticamente, con que, para la pacífica salida del franquismo, se ofreciera la Jefatura del Estado, primero, al finado don Juan de Borbón, y ello a pesar de contradecir su, al decir de su discípulo principal, hoy embajador en Venezuela, «peculiar humanismo libertario y marxista», y cuando ni tan corto paso fue posible, admitió la monarquía dispuesta por el finado general, la hoy reinante, como única «salida» posible. Fue el suyo, desde luego, un marxismo de cátedra, posibilista, de interpretación, y acorde con los tiempos.

Respetable marxismo de terno gris, chaqueta cruzada con dos botones de abrochar, camisa blanca, corbata azul discreta, y chaleco bien embolsillado, donde guardar billetes y monedas con que atender a los muchos «apurados» que socorría.

Tierno, en la oposición al régimen socialfranquista, introdujo términos, trabajos y estrategias, que fueron verdaderos «trucos» con los que adornó «la ingrata cotidianidad» de la oposición. No otra cosa fueron su «Boletín Informativo del Seminario de Derecho Político»; su «Europa a la vista»; o su «Asociación Funcional de Europa»... Y a la hora de la verdad supo soportar con paciente estoicismo la persecución del régimen. Dar clases impartiendo saber y sembrando inquietudes; escribir libros; hacer cuidadas traducciones; editar revistas; preparar generaciones de opositores a «Exteriores»; tantas y tantas veces predicar en el páramo. A tales menesteres, y a la lectura de clásicos y pícaros, dedicó buena parte de su vida en dictadura. En la política práctica, muerto el dictador, hubo de contenerse, y contentarse, ocupando las «deslucidas» posiciones minoritarias que las urnas señalaron a su Socialismo Popular en 1977.

Recibió, en franciscano silencio, humillante postergación de sus «pares» en las primeras, aunque no constituyentes, Cortes «democráticas», cuando los partidos triunfantes le impidieron expresamente formar parte de la ponencia constitucional. Como consuelo, a él, y a sus amigos políticos, les permitieron la redacción del Preámbulo constitucional, que, como era de esperar de su mano, le salió original, novecentista y campanudo, aunque bien es verdad que de la introducción de la «Gloriosa» de 1869, tomaron el primer párrafo con que abrieron la de 1978.

En el Preámbulo de Tierno, que no es ésta la ocasión de copiar por extenso, ninguna referencia a la Corona, ni a la divinidad, como comenzaba, por ejemplo, la de 1812. Aparece, sí, como en las progresistas del XIX, mención a la nación, en uso de su «soberanía»; y como novedades, referencias al Estado, «asegurando el imperio de la ley, expresión de la voluntad popular»; a los pueblos de España, con sus culturas y tradiciones, sus lenguas e instituciones..., y al pueblo español (como soberano), ratificándolo todo. El profesor Tierno fue, en vida, uno de los contados políticos de nuestro tiempo que tuvo el divino (como Argüelles, o como lo tuvo Azaña) don de la palabra clara y razonada; en los tiempos de «prédica» electoral, hacía aguada, me lo dijo expresamente, en el caudal inagotable de los magníficos discursos de don Manuel Azaña. Y así le salían los suyos, tratara sobre el tema que tratara: largos, doctos, rotundos, hermosos. Cuando comparecía ante el pueblo soberano, «a campo abierto», ladeaba ligeramente la cabeza, descansaba el brazo izquierdo, con la mano haciendo casi puño, sobre la espalda, mientras la mano derecha, ligeramente girada hacia el rostro, oscilaba acompasadamente como para calibrar cada palabra, cada frase, o como midiendo los amplios períodos que iba desgranando con cuidada pronunciación y conveniente énfasis, sin mirar nunca un papel, ni confundir una idea, la vista puesta en el auditorio. Oraciones de treinta, sesenta, ochenta minutos... Escuchándolo, el tiempo pasaba como por ensalmo. De mano de su nuevo partido, como consecuencia del mal resultado electoral de 1977, se produjo la «desaparición» del PSP en el PSOE y, cumpliendo uno de los compromisos de la «integración», fue colocado como candidato a la Alcaldía de Madrid en las elecciones municipales de 1979. Pudo alcanzar la Alcaldía, que los votos del PSOE no fueron bastante, con los votos de los ediles comunistas.

Ya en la Casa de la Villa coronada, Tierno elevó a la categoría de «Estado» su dedicación municipalista, y conquistó -viejo donjuán dicen que era- tanto a los mandatarios de medio mundo como a su pueblo de Madrid, el joven, y el no tan joven. Sus conciudadanos sintieron el orgullo de estar representados por un personaje singular, severo y tierno al par que sabio, de «enigmático y sugestivo perfil». En las siguientes elecciones (1983), ya obtuvo la confianza mayoritaria de sus convecinos, y hasta su muerte, sólo tres años después, encarnó y desempeñó, con «discreta» dignidad, desde el sillón de la Villa, la primera magistratura de la inexistente República.

Su enfermedad fue rápida y fatal. Con el cáncer victorioso, aún siguió cumpliendo con las exigencias del «personaje» que había forjado, hasta que a los 68 años, el 19 de enero de 1986, llegó su momento. Madrid, tal día como hoy, vivió en la calle, y con patente dolor, el desfile del entierro de sus restos mortales que, aunque un tanto versallesco, absolutamente atemporal y, hasta, si usted quiere, un punto descabellado, resultó emocionante, y, a pesar de los pesares, en absoluto banal o ridículo.

El pueblo de Madrid, y muchos ciudadanos llegados de provincias, ocupamos, después de desfilar ante el cadáver, balcones, ventanas, azoteas, calles, plazas y glorietas. La juventud, en los árboles, sobre los monumentos, casi saltando las vallas de la carrera, lo despedía como a su primer convecino que, a más de otras cosas, había sabido, para «representar» su época, hacerse «marchista» y «marchoso», aunque no por ello dejara de reconvenir en varios de sus célebres «Bandos» a los «jóvenes sin escrúpulos, que gustan de ostentar prepotencia y mostrarse ante sí mismos y los demás superiores a cualquier norma y acatamiento...». Hasta los reconvenidos le despidieron con lágrimas en los ojos.

De su entierro multitudinario en la Almudena, salió «investido», in pectore, como su sucesor en la Alcaldía de Madrid, por espontánea y unánime aclamación del pueblo soberano congregado en el camposanto, «¡Alcalde! ¡Alcalde! ¡Alcalde!», clamaba, Fernando Moran, entonces en la plenitud de sus años. Se equivocó, ¡cuántas veces se equivocara, y sigue equivocándose!, el señor González (don Felipe), y a la hora, ya próxima, de las siguientes elecciones municipales, 1987, prefirió que continuara encabezando la lista de la capital el «provisional» y sencillo Juan Barranco, que ofrecer el primer puesto de la lista de Madrid a quien Madrid reclamaba como sucesor de don Enrique. Desde aquel error, en Madrid gobiernan las derechas...
A su muerte, un catalán joven, compañero de partido, Alex Masllorens, le dedicó un sentido y sencillo libro de homenaje. Y el malvado César Alonso de los Ríos, diez años después, trató de destruir el mito creciente. Los rojos «reconvertidos», estimado lector, resultan imposibles. No pudo el «César», de retorcida pluma y mal papel, con el buen nombre de Tierno... El «Viejo Profesor» lo había anunciado en vida: «Dios no abandona nunca a un buen marxista». El recuerdo y añoranza de la «enigmática figura» pervive y crece. Muchos son los que cada día piden para que aquella su radicalidad humanista, romántica, libertaria y marxista vuelva a «resonar» por las ciudades... anunciado la buena hora. Amén.

La muerte de Enrique Tierno Galván hace veinte años y un funeral en Madrid, tal día como hoy, sirven a Francisco Prendes Quirós, colaborador del «viejo profesor», para reivindicar su figura y la del ex ministro Fernando Morán.

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