La frase me hizo sonreír por lo certera, por lo cómplice, por lo sabia. Umbral hablaba en una de sus columnas, hace ya una pila de años, del texto de cierto escritor a quien él estaba leyendo –cito de memoria porque ya digo que hace de esto una pila de años, como de casi todo, qué horror–, y de pronto decía: “Aquí este cabrón se ha parado a fumar”.

Es exactamente así. Miles de escritores, periodistas, poetas, guionistas de cine –estos sobre todo– y juntaletras de cualquier género se enfrentan cada día, en medio de los más variados textos, al negro atragantón que supone no encontrar un adjetivo, enfangarse con una frase subordinada que no termina de caer de pie, darse de cabezazos con una idea que no termina de cuajar en el teclado y, a veces, ni siquiera en la cabeza. Vamos, que paras, que se te va el ritmo. Que te atascas.

Y lo que haces es echarte para atrás en la silla, inclinar la nuca sobre el respaldo, exhalar un profundo suspiro, soltar (en voz alta o, casi siempre, callandito) un “mecagüen” de los que hacen temblar los cimientos de la Teología y, en muchísimos casos, encender un cigarrillo. Eso es lo que Umbral llamaba “pararse a fumar”.

Cuatro o cinco caladas después, en algunos casos puede que sean seis, el adjetivo aparece, luminoso y evidente como una cuenta de sumar, en tu cabeza; la frase subordinada se te presenta lógica y facilísima, sin necesidad de recurrir a guiones ni paréntesis a no ser que seas Luis Antonio de Villena; y las ideas, un momento antes difusas e inaprehensibles, se posan sobre tu mesa como pajaritos sumisos y ordenados que sólo hay que hacer volar, sonrisa de por medio, a la pantalla del ordenador. Yo no sé por qué pasa, pero pasa.

Tengo muchos amigos escritores y poetas que no fuman. Todó, Veyrat, Melero, por hablar sólo de los más próximos y queridos. Me parece muy bien. Todos han fumado antes pero eso no deja de ser una ventaja para mi investigación: no logro imaginar cómo hacen cuando se atascan. Lo mismo se ponen a comer pipas, o a rascarse la parte de atrás del cuello, o a recorrer el pasillo a la pata coja, o a hacer abdominales (éste sería Melero, seguro), porque tengo por cosa cierta que el atasco, cuando escribes, necesita para deshacerse de una actividad inequívocamente física, moverse, enredar, hacer algo al menos con las manos, como te quedes ahí sentado te mueres de asco. Yo soy más tradicional, o más rupestre, y sin remedio enciendo un cigarrillo. La verdad es que casi nunca me lo fumo entero, ni siquiera la mitad: le pego fuego, expelo un par de violentos soplidos grises, lo dejo en el cenicero, me quedo mirando al techo como un pánfilo y, en dos minutos, o a veces en uno, ya: ahí está el adjetivo, era “inaprehensible”, coño (ahí me paré a fumar). Mientras, el cigarrillo se consume solo y olvidado, innecesario: ya hizo su trabajo, como ciertos insectos que copulan con la hembra y luego se mueren digo yo que de desaliento, por pura falta de proyecto vital, y lo más frecuente es que, cuando quiero darme cuenta, en el cenicero sólo queda un alargado y cadaverino cilindro de ceniza que ha agonizado y fallecido sin compasión de nadie, sin conforto ni consuelo, “solo, abbandonato in questo popoloso deserto” (que hubiera dicho Verdi en La traviata) que es el cenicero.

Yo fumo, señora ministra Salgado. No mucho, cada vez menos, pero fumo. Ya sé que está mal, ya sé que me hace daño, haga el favor de no repetírmelo que está usted pesadísima, hija. Su ley ha hecho que me sienta mejor, lo reconozco: ya no fumo en la Redacción donde trabajo y, esto desde luego, me niego airadamente a bajar a la calle a echar un pito compulsivo: a los compañeros míos que sí lo hacen, soportando la lluvia y el frío canalla que tenemos en Madrid estos días, se les pone una cara de mendigos, de enfermos gemebundos… Una cara de refugiados albanokosovares que un caballo señorial como yo no se puede permitir en ningún caso. He sido senador romano por nombramiento del mismísimo emperador, aunque Calígula fuera un piernas impresentable. Es igual. Eso impone –si se lleva comme il faut– una manera de comportarse que empuja a lo irreprochable. Es una cuestión de estilo, de actitud personal. Jesús Aguirre solía usar, de joven, calcetines de rombos; a mis oídos llegó que alguna vez se le vio incluso con “ejecutivos cortapiernas” ¡blancos! bajo los pantalones del clergyman, Dios se lo tenga perdonado, supongo que a algún noviecito le harían ilusión; si no, de qué. Eso sí, me consta que, tras su boda con Cayetana, Aguirre prescindió de toda frivolidad calcetinesca y se pasó definitiva y felipesegúndicamente al negro, de lycra y a media pantorrilla. Quizá en carnavales o en el desenfreno de las nocheviejas (uh, uh, los desenfrenos de Aguirre con la duquesa; prefiero ni pensarlo, esta es una página decente) llegara a atreverse con el marrón oscuro, pero tengo por cierto que, d’habitude, que hubiera dicho él, asumió los calcetines negros con la misma presencia de ánimo con que Franco asumió la inevitabilidad del cardenal Segura, que era una mala bestia como ha habido muy pocas. Me estoy enrollando. Trato de decir que, del mismo modo que a un duque de Alba no se le pueden tolerar más que los calcetines negros, y más si ha sido jesuita, a un caballo que se llame Incitatus no se le debe ver jamás fumando en un portal. Eso, nunca. Nunca.

Pero sí fumo en casa, cuando escribo esto. Al menos por ahora, no sé cómo salir de los atascos literarios sin el Camel. Tampoco se vaya a creer que me muero de ganas por cambiar de hábito, ¿eh? Llevo cuarenta años así. Hágase cargo, doña Salgado: Rayuela, de Cortázar, sencillamente no hubiera existido sin los Gauloises.Faulkner fumaba como una chimenea y ahí tiene usted Mientras agonizo. Hemingway, señora ministra, ¡Hemingway encontraba los adverbios difíciles apurando las colillas hasta quemarse los dedos, que así los tenía! ¿Ha leído usted a Torrente Ballester? ¿Sabe usted cuánto y, sobre todo, qué fumaba Stravinski? ¿Thomas Mann? ¿Wilde? ¿Picasso? Ya metidos en harina, ¿cree usted, séame sincera, que la Transición española hubiera podido salir como salió sin los Ducados Internacional que se echaba a los pulmones, por cientos, Adolfo Suárez? ¿Sin los Cohibas de Felipe? ¿Sin los rubios americanos de Carrillo? ¿Sin los habanazos que se atizaba (y se atiza) el Rey? ¿Cree usted que Don Juan Carlos hubiera podido resistir aquella terrible ceremonia de su juramento como sucesor de Franco, en junio de 1969, si no le llega a suplicar al general, cuando iban los dos en coche al Palacio de las Cortes, que le dejase fumar un cigarrillo, que no podía más de los nervios? Por cierto, ¿sabe usted que Franco no fumó en su vida, y mire qué buena muerte tuvo? ¿Y que Juan Pablo II tampoco fumaba, y mejor no me extiendo en detalles escabrosos?

Ya, ya sé, señora ministra, no hace falta que me lo diga: me estoy poniendo demagógico. Es a propósito. Pero si usted se pone medio talibán con lo del tabaco, yo me creo en el derecho de ponerme demagógico. Ustedes pactan con Carod Rovira, que es cuatrocientas veces más demagógico que yo, y hay que aguantárselo, así que, por favor, absténgase de darme lecciones. Ya sé que fumar es peligroso y que hace daño. Hay que irlo dejando, sí. Ha logrado usted que yo ya no fume más que por la noche, aquí, en casa, cuando escribo. Y tengo que reconocerle que no me resulta nada difícil prescindir del cigarrillo en mi trabajo: prefiero aguantarme las ganas (pocas) de fumar a poner esa cara de mártires que ponen mis compañeros de trabajo, chupando el cigarrillo como desesperados de la vida, en la calle, helados de frío. De mártires o de culpables vergonzantes pillados en plena comisión del delito, porque hay que ver las sonrisas de burla que les destina la gente que pasa, siempre tan cruel. Eso a mí no me va a pasar.

Pero sigo “parándome a fumar” aquí, en casa. Ah, ahí no se meta, ¿eh? Usted me ha prohibido fumar en mi trabajo, en donde tantas veces tengo que escribir y me atasco también con los adverbios y las subordinadas. Eso a usted le importa un rábano, claro. Pero a mí no, hija: a mí me pagan porque las frases me caigan de pie, y eso resulta muy difícil para quienes llevamos décadas hallando “inaprehensible” gracias a algo que, al menos en mi caso, no es mucho más que un gesto mecánico… pero necesario. Eso me lo quita usted sin facilitarme ninguna solución alternativa, ninguna propuesta, ningún estudio psicosociológico o como rayos lo llamen en su Ministerio al consuelo o a la simple caridad. Muy bonito, doña Salgado. Muy bonito.

Pero en mi casa ni se le ocurra meterse, señora. Yo escribo no sé si fumando, pero sí acompañado del tabaco. Si hago daño a alguien, es sólo a mí mismo (bueno, y presuntamente a Marité, que ya no fuma y que me chincha, pero tendría usted que ver cómo conduce desde que dejó de fumar, eso es más emocionante que subirse a la vagoneta loca de Indiana Jones y el templo maldito): convénzame de que tengo que dejar de fumar, que no le va a resultar nada difícil, pero, leche, no me lo prohiba. Fundamentalistas, aparte de los que tienen ustedes como socios en Cataluña, los justos y ni uno más.

(Nota personal de Inci en su cuadernito: “Tengo que hablar con Melero. Igual eso de cambiar el Camel por los abdominales no está tan mal, hay que ver el cuerpazo que se le ha puesto al tío. Y es algo mayor que yo, eso sí que no se lo perdono.”).

PALABRAS PARA JOSÉ INFANTE

Queridísimo Pepe:

Desde muy joven supe que soy muy mal lector de poesía. Me cuesta mucho trabajo. Ya ves. Quizá la culpa la tiene (aparte de mí, que soy un desastre) el pesadito de José Carlón, que era “el poeta joven, rebelde e indispensable” en el León de mi juventud, y que escribía unas abstrusidades ultrarepolludas que había que leer por cojones: si no te sabías de corrido a José Carlón, a Jacinto Santos, a Luis Miguel Rabanal y a Hilario Franco, y si no te cachondeabas cruelmente de Crémer, no eras nadie en el mundillo de la literatura joven leonesa de aquel tiempo, no te respetaban, no te consideraban, te miraban once metros por encima del hombro, como se mira a un pobre de pedir. Yo, que tenía mis pobres ínfulas de escribidor, dediqué todos mis huevos a procurar que aquellos paisanos coetáneos y coterráneos me gustasen: si quería ser aceptado entre los Justos, qué remedio me quedaba. Pero no lo conseguí.

De aquellos años juveniles y esforzados guardo hoy una alergia saludabilísima e inextinguible hacia los cantamañanas “poetástricos”, sean provinciales o no, y, esto sí que es lo peor, una severa dificultad para leer poesía escrita por alguien que esté vivo. No puedo hacer nada sobre eso, lo siento. Con los muertos no suelo tener problemas (ya sabes, Kavafis, Neruda, Aleixandre, Hierro, Cernuda, Goytisolo, algunas cosas de Otero, mucho de Celaya, algo de Rubén, algo de Jiménez, Lorca, yo qué sé, te escribo deprisa y me estoy olvidando de tantos), pero con los vivos sí se me encoge el esófago.

Los años me han dulcificado un poco el alma: como está claro que no es posible vivir sin la poesía que late en el tiempo en el que braceas, he abierto troneras en mi muralla acarlonada y aquí tengo a mano, siempre a mano, sin que para buscarlos tenga que levantarme de la mesa, libros de Gamoneda, de Veyrat, de Ángel González, de Antonio Colinas, lo que conservo –como oro en paño– de Luis Federico Martínez, que no sé si está vivo o muerto… y muchos tuyos, Pepe. Hasta ahí llego con los españoles vivos, no doy para más. Lo intenté con tu amigo Gala y me fue bien al principio, pero ya no me gusta el plástico poético que ahora fabrica para las señoras del Cortinglés. Luisa Castro me fatiga más que subir escaleras, con lo que voy pesando ya, y Luis Antonio de Vileda (que sólo sabe escribir correctamente en castellano cuando hace poesía) suele empalagarme, pero seguramente la culpa la tengo yo. Después de haberme tenido que estudiar a Carlón y a sus secuaces más o menos provinciales, supongo que no se me puede exigir un paladar de gastrónomo poético-mirífico.

Todo este largo párrafo es un recurso bastante torpe para aplazar el momento de decir lo que en realidad quería decirte, pero es que me da mucha vergüenza. Me has machacado hasta los mismos huesos, jodío. Llego de Fuerteventura después de quince días de estricto monaquismo (nada hay mejor que la soledad autoimpuesta, pero irreversible, para reflexionar) y me encuentro, entre los once kilos de correo que me aguardaban en esta casa, tu último libro de poemas, Días sin música, que se ha llevado el XVI Premio Nacional de Poesía José Hierro y que ha publicado, protéjanlo los dioses, el Ayuntamiento de San Sebastián de Los Reyes. Me lo has enviado con una dedicatoria manuscrita que renuncio a descifrar, pero sé lo que dice: que me aprecias... siquiera una décima parte de lo que yo te quiero a ti, que te tengo apiladito justo a la derecha del ratón de mi ordenador desde mucho antes de conocerte.

Me he leído tu libro (yo, tan torpe y desgalichado lector de poesía) como quien se mete al cuerpo una botella de agua después de una larga caminata bajo el sol: no podía dejarlo. No me dejabas dejarlo. Me has hecho daño, me has estremecido, me has disparado al estómago, me has hecho aullar de sed con la amargura de ese agua tuya. Me has conmovido entero, desde el subsuelo de mi vida hasta el pararrayos, como un seísmo.

Supongo que tengo que darte las gracias. No estoy nada seguro de eso. No sé si los árboles que sobreviven al incendio del bosque tienen la obligación de agradecer al fuego la amabilidad de dejarlos con vida. Tampoco tengo la certeza de haber sobrevivido al final de tu libro, a la negrura de los poemas Música final o de La Muerte llega. Eso no lo sé, eso ya lo veremos. No está escrito en ninguna parte que las avalanchas de nieve, que a tanta gente matan, sean hermosas, aunque la nieve sí lo sea. Pero tus palabras, las que usas para sepultar sin remedio al lector desprevenido, son, como la nieve, de una hermosura que hiere los ojos.

No estoy nada seguro de agradecerte este libro con el que has tenido a bien partirme el alma en dos justo a la vuelta del Paraíso, Pepe Infante. No sé bien qué haré contigo. Lo más probable es que, la próxima vez que te vea, ojalá en esa comida largamente aplazada que tenemos tú y yo, te arree un abrazo que, lo juro, no ha de dejarte hueso sano. Canalla.

De momento pongo Días sin Música en el pequeño y muy escogido montoncito de libros que hay en mi mesa, justo a la derecha del ratón del ordenador. Son los libros inmediatos, indispensables. Los libros que hay que tener a mano siempre para poder vivir.

Gracias.