Los canadienses tienen una generosa sanidad pública, respetan el medio ambiente, son partidarios del multilateralismo y consideran que la guerra de Iraq fue una barbaridad. ¿Una sociedad de bienestar? Canadá también es un caso de diván. El federalismo les une y les separa: el país está tensado entre los tirones que por el este da Quebec, la provincia francófona, y las quejas neoliberales de las ricas provincias petroleras del oeste, que ya han superado a Ontario como motor del crecimiento. Los dos extremos se repelen, pero coinciden en criticar, aunque por distintas razones, lo que califican de federalismo centralista de Ottawa, que se confunde con el Partido Liberal, en el poder desde 1993.

La sociedad canadiense ha invertido tanto tiempo en explicar a los estadounidenses que no son británicos y a los británicos que no son estadounidenses, que parece no haber tenido un respiro para saber qué es exactamente. Pero a los canadienses les gusta definirse por su modelo social - que consideran incompatible con el darwinismo del vecino-, su tolerancia y su moderación política.

El 23 de enero se celebran unas elecciones generales anticipadas que, según los sondeos, echarán a los liberales del gobierno. En Canadá, el centro está a la izquierda del estadounidense. Y el Estado canadiense no sólo ha sido de bienestar en los últimos doce años, con una generosa, aunque ya achacosa, sanidad pública, sino que también ha cuadrado sus cuentas: ocho presupuestos federales consecutivos han tenido superávit, lo que es un caso único en el G-7, el club de los países más ricos. El desempleo ha pasado del 11,2% al 6,5% y los impuestos y la deuda se han reducido sustancialmente. ¿Qué explica, entonces, el estado de malestar canadiense?

Los escándalos y el desgaste del gobierno liberal. En su Right honorable men,un clásico sobre los dirigentes canadienses, Michael Bliss, historiador de la Universidad de Toronto, ha subrayado el "declive en la calidad" del liderazgo nacional. Yel país que antes construía grandes ferrocarriles y que conquistó el Ártico, ahora sólo mide su grandeza, dicen otros críticos, por el dinero que invierte en la sanidad, mientras la fuga de cerebros a Estados Unidos es más evidente. Pero, por encima de todo, sobre la mesa electoral del lunes estarán el agotamiento liberal y los escándalos, empezando por el caso de los 250 millones de dólares destinados a combatir al soberanismo quebequés que fueron desviados a amigos de los liberales. "Es un periodo oscuro para la democracia en Canadá", ha afirmado el socialdemócrata Jack Layton, líder de los Nuevos Demócratas.

Históricamente, el sistema político canadiense se ha basado en dos grandes partidos, el liberal, próximo a la socialdemocracia europea, y el conservador, que se llamaba Partido Conservador Progresista. Este esquema se hundió en los años noventa con el fracaso electoral de los conservadores. Entonces creció por el oeste una fuerza populista, el Partido Reformista, fundado en 1987 y fusionado hace dos años con los restos conservadores para crear el actual Partido Conservador. En los últimos doce años, estos populistas avanzaron en el oeste, no en el este, con un discurso contra el gran gobierno, el aborto y el matrimonio homosexual. Es decir, haciendo lo contrario de lo que hacían los liberales, en el gobierno 32 de los últimos 42 años. En las elecciones del año 2004, sólo el voto del miedo impidió la derrota de los liberales, que ganaron gracias a Ontario (oeste).

Ahora no es seguro que Paul Martin vuelva a asustar. El primer ministro, un antiguo ministro de Finanzas que parece la prueba del nueve del principio de Peter, ha acusado al líder conservador, Stephen Harper, de tener una agenda oculta, inspirada en el movimiento conservador que llevó a Bush a la Casa

Blanca. "Creo firmemente que los canadienses no quieren importar el modelo estadounidense conservador de extrema derecha", ha dicho Martin. ¿Una exageración? Martin dice que "Canadá se construyó sobre la compasión, la generosidad y la redistribución", y no sobre "el egoísmo de los conservadores estadounidenses". Pero Harper, que apoyó la guerra de Iraq, mantiene que ha "evolucionado". En el exterior sigue rechazando el protocolo de Kioto y proponiendo un acercamiento a Washington; en el interior ha dejado de fustigar a los abortistas y no insiste en reducir el gobierno a un tamaño neoliberal, aunque es una incógnita en lo tocante al soberanismo quebequés.

Los liberales confían en que Ontario, la provincia con más diputados (106 de 308), continúe resistiendo los vientos de cambio que soplan desde Calgary, la rica ciudad petrolera donde empezó a moverse Harper. Pero los conservadores tienen ventaja en todos los sondeos y rezan para que los quebequeses también castiguen a los liberales, el pegamento de la unidad canadiense, después de que Mario Dumont, dirigente francófono pero rival del Bloque Quebequés, se haya inclinado por Harper. Los canadienses dirán el lunes si consideran que los liberales siguen siendo los cancerberos del modelo o si, cansados de era liberal, provocarán la alternancia con el convencimiento de que Harper ha evolucionado hasta aceptar que Canadá tiene que ser gobernada desde la moderación.