La elección de Michelle Bachelet a la presidencia de Chile está cargada de simbolismo. Basta con recordar algunos rasgos biograficos, ahora comentados en todo el mundo.

Hija del general demócrata Alberto Bachelet, que murió encarcelado por Pinochet. Médico pediatra. Detenida y torturada, junto con su madre, por la policía de la dictadura. Exiliada en Australia y Alemania. Con estudios de posgrado en estrategia militar en Estados Unidos. Ministra de salud y ministra de Defensa. Militante socialista desde siempre y sentimentalmente ligada en un tiempo a uno de los líderes de la resistencia armada contra Pinochet. Madre separada, con tres hijos de dos parejas distintas. Agnóstica declarada en un país en que la Iglesia católica consiguió prohibir el divorcio durante mucho tiempo y donde el aborto está severamente restringido. Por todo eso, más allá de su indiscutible capacidad como gestora y de su valor como líder política, su elección es una muestra de la profunda transformación de la sociedad chilena. Por eso Pinochet es un anacronismo. No sólo porque la democracia chilena está, ahora sí, consolidada en todos sus aspectos y porque el dictadorasesino-estafador se enfrenta a una retahíla de procesos judiciales de los que sólo se salva trampeando con su demencia, sino porque la forma de pensar de la mayoría de los chilenos y, en particular, de la juventud se ha situado en las coordenadas culturales a años luz de lo que fue el Chile militar. Los cambios culturales que se han ido manifestando recientemente en el cine, las artes y la sociedad chilenos aparecen ahora con nitidez en su vertiente política. Por cierto, los hombres han votado más a Michelle (como la llama todo el mundo familiarmente) que las mujeres, aunque el progreso del centroizquierda en el voto femenino, gracias a su figura, es el que ha decantado la elección.

Signo también de esta transformación de Chile es la emergencia de un nuevo liderazgo en la derecha, con Sebastián Piñera, arrinconando la candidatura opusdeísta y ex pinochetista de Lavin, el cual, por su parte, había ya desplazado al pinochetismo duro para poder tener alguna esperanza de ser elegido. Piñera, multimillonario hombre de negocios y liberal, tuvo que apoyarse en la derecha, pero no cedió en su negación al legado de Pinochet y ése fue uno de los factores que frenaron su ascenso, por el abstencionismo del minoritario sector duro de la derecha, furioso por la crítica al objeto de su nostalgia. Pero él apostó por su futuro como líder de una derecha democrática. Ahora sí puede decirse que Chile ha pasado página política y entra en un posible juego de alternancia. Aunque su peculiar forma de alternancia es que dentro de la concertación, gobernante desde 1990, coexisten y alternan en el poder democristianos y socialistas, con el apoyo de independientes demócratas.

Lo que fue en su momento un frente de salvacion democrática se ha ido convirtiendo en un útil instrumento de Gobierno, en el que se concentran las energías en el desarrollo y democratización del país en lugar de dedicarse al zancadilleo político para obtener ventajas electorales. Y todo ello, sin renunciar a la memoria histórica, a desenterrar a los muertos de la represión, a enjuiciar a los militares traidores a la Constitución, a encarcelar a los torturadores, a erradicar a los nazis alemanes de la colonia Indignidad y a honrar y compensar a las víctimas de la represión y a sus familiares. Se olvida a menudo que nunca hubo ley de Punto Final en Chile. La democracia fue prudente, pero no transó y no olvidó. De hecho, la recuperación de la memoria histórica chilena ha ido más lejos de lo que hemos hecho hasta ahora en España con la memoria de lo que fue la dictadura franquista, todavía vanagloriada por sectores de nuestras elites dirigentes.

Pero lo más importante es que el Chile que recibe la presidenta Bachelet de su predecesor y mentor Ricardo Lagos es una sociedad con una economía saneada y de alto ritmo de crecimiento, en pleno proceso de modernización tecnológica, en franca mejoría de los servicios sociales, en particular la educación y la salud, y con una institucionalidad sólida que es la envidia de América Latina. Como he demostrado con los datos en la mano en mi reciente libro sobre Chile, ha habido dos modelos de desarrollo muy distintos, uno bajo la dictadura de Pinochet y otro el de la democracia, desde 1990. El modelo democrático chileno de desarrollo ofrece una mayor tasa de crecimiento medio, mucho menos paro, aumento del 100% del salario real, menor inflación, más superávit fiscal y mayor competitividad que el del periodo autoritario. En los dos ultimos años la economía chilena ha crecido a un ritmo cercano al 6%, triplicando la tasa de América Latina. Pero, además, ha mejorado radicalmente la situación social. La proporción de población bajo el nivel de pobreza se redujo del 40% al 18% y el porcentaje de la pobreza extrema descendió del 13% al 4,5%. La cobertura de la educación básica era prácticamente universal en el 2005, la de enseñanza media llegó al 90% y en el grupo de 20-29 años un 24% está en la universidad. La atención sanitaria ha mejorado considerablemente, llevando la esperanza de vida y la mortalidad infantil a niveles de países desarrollados. Una cuarta parte de los hogares tienen ordenador y un 17%, internet, en comparación con el5% de América Latina. La Administración está liderando la modernización tecnológica. Por ejemplo, Chile compra es un portal en internet donde se realizan con total transparencia las compras de la Administración publica, portal al que acceden las empresas, incluidas las pymes, presentando ofertas competitivas para los suministros del Estado. Aunque Chile se encuentra aún rezagado tecnológicamente con respecto a Europa, se encuentra muy por delante del resto de los países latinoamericanos, y las empresas y universidades se benefician de las iniciativas de Agenda Digital, un ambicioso programa tecnológico del Estado. Todo ello a partir de la gestión estratégica de una Administración eficiente, considerada como la menos corrupta del continente por parte de Transparency International.No es de extrañar que el presidente Lagos acabe su mandato con un 75% de aprobación de su gestión. Claro que hay grandes desafíos que esperan a Michelle Bachelet, precisamente aquellos en los que ha centrado su campaña, en particular la cobertura de las pensiones, hoy día en un sistema privatizado heredado de la dictadura y cuyo futuro financiero no está garantizado. Asimismo, la desigualdad social sigue siendo alta, aunque atenuada por la mejora general de los niveles de vida. La vivienda, la salud y la educación están relativamente cubiertas en cantidad, pero no en calidad. Los derechos indígenas se reconocen formalmente, pero aún persiste la discriminación. Y el machismo sigue siendo la cultura dominante. Algo que Michelle tratará de cambiar, empezando por la paridad de sexos en su Gobierno como medida simbólica.

En suma, Chile es el único proceso de desarrollo estable de América Latina y el único país en el que, junto al crecimiento económico, hay avances sociales considerables y una institucionalidad estable y democrática. Hay mucho por hacer, pero los fundamentos están creados para que la presidenta Bachelet lidere un giro social de la política chilena sin riesgos económicos o aventuras políticas. El país que nos encogió el corazón es ahora la esperanza latinoamericana.