Ser militar, ahora y aquí, de Arnau de Trevillac en El Periódico
Ser militar nunca ha sido un trabajo fácil. Ni fácil ni agradecido. Y menos aún en España y durante los últimos siglos, que han estado marcados por una larga serie de conflictos bélicos internos. Nuestros militares ni tan siquiera tienen el consuelo de decir lo que dicen, de sí mismos, los militares europeos: que en épocas de paz se sienten un poco más discriminados e incomprendidos de lo que deberían sentirse, y en épocas de guerra, quizá incluso demasiado falsamente admirados y halagados.
Entre los nuestros, entre nosotros, esto hace ya muchos años que no es así. Y no es así, básicamente, por un motivo importante: las últimas guerras en las que nuestros militares han participado de una manera significativa han sido o bien guerras civiles, o bien guerras coloniales. Estas últimas las hemos perdido todas, y las otras sólo las han ganado una parte de los españoles; es decir, que otros, forzosamente, han tenido que perderlas.
Los militares que eligieron bien --es un decir-- fueron muy admirados por la otra mitad. De los que no eligieron bien, ni se habla. Simplemente han desaparecido de la historia. Esto explica quizá que el último general que fue admirado por todo el mundo fuera Prim. Un militar, por cierto, que también tuvo que acabar bastante mal. No, no es fácil ser militar.
HOY EN DÍA, España es una democracia más o menos homologable con las de nuestros vecinos, con los que estamos intentando crear todos juntos la Unión Europea, y militarmente forma parte de la gran alianza occidental. A pesar de ello, ser militar todavía no es fácil. Nuestras Fuerzas Armadas, después de generaciones enteras de estar al servicio de la reacción, se han tenido que adaptar a una cultura que les era más bien extraña. Y han tenido que hacerlo de prisa y corriendo, sin tiempo de digerir muchas cosas y sintiéndose demasiado a menudo, sus componentes, no entendidos del todo bien e incluso quizá presionados en exceso, por una parte u otra de la sociedad civil.
Si hablan, porque hablan. Y si no lo hacen, porque callan. Siempre tiene que haber alguien que, hagan lo que hagan, tiene que sentirse ofendido o agraviado. El teniente general Mena ha hecho unas declaraciones que, por un lado, le han representado el arresto y la destitución fulminante. Pero, por otro, una pancarta de apoyo exhibida en un estadio de fútbol y la ayuda incondicional de una autoproclamada Asociación de Militares Españoles (AME), cuyo presidente, el coronel retirado Conde, opina que un miembro de las Fuerzas Armadas está obligado a incumplir, por obediencia indebida, las órdenes de sus superiores contrarias a la Constitución. Y nos hace, aún, la siguiente reflexión: "¿Qué ocurriría en esta nación si de repente tramposamente cambian la Constitución y empieza a dar órdenes un Gobierno así? Entonces el militar tendría obligatoriamente que incumplirlas". Y sin caer en la cuenta de especificar quién debería decidirlo, si el cambio ha sido tramposo o no, dice lo que dice y se queda tan ancho, el hombre.
A él y a todos los que aún piensan como él, quizá habría que hacerles algunas reflexiones. Primera, cuando aquí no había aún Constitución, ¿a qué tipo de legalidad constitucional servían ellos? ¿O es que entonces no había obediencia indebida? Segunda, si no les gusta cómo van las cosas --que su derecho tienen, naturalmente-- ¿por qué no lo dejan --los que están en activo-- y se van a su casa? ¿Qué les lleva a pensar que ellos pueden convertirse a la vez en jueces y parte; es decir, decidir lo que es constitucional y lo que no lo es? ¿A qué tipo de juego están jugando ellos y los que tienen detrás?
¿Qué les lleva a pensar que ellos aman más a este país, que también es el nuestro, que nosotros? ¿Qué les hace pensar que ellos, más que nosotros y nuestras instituciones --que ellos han jurado por su honor defender--, tienen una visión y un criterio más acertado de las cosas?
Y esto es, en definitiva, lo malo. Que ellos piensan, siguen pensando, que todavía son, quizá por expreso mandato divino --de otro modo no se entendería-- los amos de todos nosotros.
Ser militar es una actividad humana tan digna --no más-- como muchas otras. Como ser profesor o barrendero, pongamos por caso. Sin embargo, lo que ocurre es que cuando a un profesor o a un barrendero no le gusta lo que le ordenan que haga, se va. Se va a su casa y se busca la vida. Y aquí no pasa nada, todo el mundo tiene el derecho de no tener que hacer las cosas a la fuerza, de mala gana. De modo que cuando alguien se adjudica el derecho de no ser como los demás --de no irse a casa y buscarse la vida--, quizá habría que pensar seriamente en obligarle de alguna forma a hacerlo. Y en el caso de los militares en activo todavía más.
LA DEFENSA, --nuestra defensa, la de todos-- debería estar --y sin duda que lo está mayoritariamente-- en manos de hombres dignos que, de forma voluntaria, aceptan los retos. Todos los retos que esto les pueda representar. Porque esto, que no otra cosa, es ser militar: entender el poder como un acto de servicio, nunca, en ningún caso, como un privilegio de clase, cargo, casta o condición. Y si todavía hay gente que no quiere o no puede entenderlo así --quizá incluso sus motivos tendrán--, pues, ya se sabe, que ellos piensen lo que quieran... pero desde su casa.
Parece, dicen los que le han tratado, que el teniente general Mena es una buena persona, y respetuoso. Y ahora parece ser que le sabe mal lo que ha ocurrido a raíz de sus declaraciones. Todo el mundo puede equivocarse, todo el mundo. Y es por ello que, en última instancia, no es bueno --ni sería justo, quizá-- hacer más leña de la que se tenga que hacer. Todo el mundo tiene derecho, a nivel personal, a pensar lo que quiera. A pesar de ello, la defensa de nuestro país es algo tan importante, para todos --incluso para él o para ellos mismos--, que no puede estar de ningún modo en manos de según qué tipo de personas. No todo el mundo puede ser, siempre y en cualquier circunstancia y situación, un buen profesor o un buen barrendero, de la misma forma --los tiempos cambian-- que no todo el mundo puede ser, siempre y en cualquier situación, pongamos por caso, un buen militar.
Lawrence de Arabia --que, sin duda, en determinadas circunstancias fue un buen militar-- ya lo dijo, que las personas que hacen una revolución normalmente no sirven después para poderla administrar. Quizá aquí, con la transición a la democracia, nos ha ocurrido algo parecido, y todavía no hemos querido darnos cuenta totalmente, ni nosotros, ni ellos.
Ser militar, en esencia, significa estar dispuesto a matar y a morir. Pero no, evidentemente, a cualquier precio y al servicio de cualquier causa; no. Ser militar, en democracia, quiere decir ejercer una determinada parcela de poder al servicio del bien común, de todos y de todo el mundo. O, dicho de otro modo, renunciar absolutamente a ejercer el poder que la sociedad civil ha confiado al servicio de un privilegio, de cualquier tipo de privilegio. Esto es o sería ser militar. Pero también sería, a buen seguro, otra cosa: hacerlo de acuerdo con la propia conciencia. Calderón de la Barca decía, refiriéndose al oficio de los militares, que era una religión de hombres honrados. Decía igualmente que entre los militares el mayor honor era obedecer. Pero, ¡ojo!, ¿obedecer a quién? "Al rey --también dejó escrito--, vida y hacienda he de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios".
Entonces, vistas así las cosas, ¿cómo es posible que entre nosotros todavía existan personas que se crean que siguen siendo los amos del país y que, si no les gusta lo que los demás decidimos, en lugar de retirarse nos quieren imponer a la fuerza sus criterios? Y, claro, mientras nosotros --los demás-- se lo permitamos, ellos seguirán jugando a este tipo de juego absurdo, injusto y peligroso, e implicando en él a los militares que se dejen implicar.
LA DEMOCRACIA no es que tenga el derecho, es que tiene la obligación de defenderse de este tipo de gente. ¿Nadie se acuerda ya de que el teniente coronel Tejero había jurado lealtad a la Constitución? ¿O de que el general Franco, también por su honor, había jurado fidelidad a la República? ¿Y tampoco nadie recuerda ya que los dos solos, sin nadie detrás, nunca se hubiesen pronunciado? Esto es algo que nadie debiera olvidar, pero menos que nadie nuestros actuales militares. Sólo así, el abismo que --por historia-- separa aún a militares y civiles se podría volver por fin --que ya sería hora-- más compartible para todos. Con este recuerdo bien presente y, desde el otro lado, renunciando también, honestamente, a seguir llenándoles la boca con peligros inexistentes y enemigos imaginarios, respetando su función y su trabajo --que bastante digno es-- y admitiendo, por fin, que todo el mundo --incluso un teniente general-- puede algún día equivocarse. Los errores, no hay duda --y más en el Ejército-- hay que corregirlos de inmediato. Pero sin tener por ello que caer ni en la descalificación personal de quien no piensa como nosotros pensamos --aunque se haya equivocado-- ni en la vieja ni improductiva trampa de volver a confundir el todo por la parte.
