La Coctelera

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Un lugar de encuentro, para leer juntos

20 Enero 2006

Hasta siempre, profesor, de Antonio Gómez Rufo en El Mundo de Madrid

Ayer hizo veinte años que murió el viejo profesor, el mejor alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván. Veinte años y aún le añoramos no sólo quienes tuvimos la fortuna de frecuentarle sino todos los que aprendimos de él y con él; los que nos enriquecimos con su magisterio y quienes, como vecinos, nos beneficiamos de su inigualable gestión como edil de todos los madrileños. Tierno continúa en nuestra memoria porque no ha habido quien, ni humana ni políticamente, haya comprendido a la ciudad y a los ciudadanos como lo hizo él.
Fácil sería responsabilizar a las décadas transcurridas, y a nuestro propio envejecimiento, las sensaciones que nos atenazan a algunos madrileños. Pero creo que a nadie se le oculta que hoy Madrid es una ciudad más triste, gris y anodina que la que vivimos con él, y sin duda menos libre. La libertad es un don que nadie puede darnos, porque es nuestra; lo único que pueden hacer es quitárnosla, y desde su muerte, poco a poco, a los madrileños nos la han ido arrebatando.

También Madrid es hoy una ciudad más opaca. Aquel brillo de los años 80, cuando era la capital cultural de Europa con o sin denominación oficial, no ha vuelto a deslumbrarnos. Años en los que Madrid causaba admiración, preguntaban por su magia allá a donde viajáramos, querían saber qué estaba ocurriendo, y por qué. Años, en fin, en los que se inició un movimiento regenerador cultural y democrático que, impulsado por aquel Ayuntamiento presidido por Tierno, devolvió la calle a los vecinos, les invitó a convertirse en sujetos activos de la cultura (en lugar de meros espectadores) y facilitó que los madrileños, sin perder la necesaria curiosidad, perdiesen la capacidad de escándalo. Salía Madrid de un túnel (como el resto de España) y en apenas unos años alcanzó una cima de luces que se fueron apagando y que hoy ya parece impensable reconquistar.

Debemos al V.P. una idea de Madrid que los sucesivos alcaldes no han sabido resguardar: el concepto de una ciudad cosmopolita, abierta, sin miedo al forastero, orgullosa de sí misma y libre; una ciudad culta y deseosa de seguir aprendiendo; una ciudad admirable y predispuesta a admirar. Esa ciudad que, a lo largo de la historia, no regateó sacrificios ni solidaridad para sostener los únicos principios que cabe defender sin titubeos: la libertad y la dignidad. Así lo hizo Madrid el Dos de Mayo, frente a los modos injustos e ilícitos de los ejércitos napoleónicos; en defensa de la libertad frente al retrógrado carlismo en el siglo XIX; durante la Guerra Civil, siendo la última ciudad en sucumbir al fascismo; hasta el mismo día trágico del Once de Marzo, cuando los madrileños hicieron la mayor demostración de solidaridad y madurez que se recuerda en la Historia. La dignidad de unos vecinos convencidos de que sin libertad no merece la pena vivir.Y sin presumir de ello, sin alzar la voz frente a la continua agresión de los otros españoles que no han aprendido que el nacionalismo es de derechas y que siguen confundiendo al Gobierno en Madrid con el Gobierno de Madrid. Tierno Galván sigue siendo el punto de referencia intelectual más sólido para quienes abrigamos la esperanza de que nuestra ciudad, algún día, tendrá que cambiar a mejor.

Han pasado veinte años desde su prematura desaparición y continúa viva la sensación de nostalgia; y de una cierta melancolía. La sociedad actual se desliza vertiginosamente por una peligrosa ladera en busca de la seguridad, sin querer darse cuenta de lo que conlleva la pérdida de libertad; se cree a salvo si la ley protege al colectivo, restringiendo las libertades y derechos individuales; vuelve a Goethe: «Prefiero la injusticia al desorden».El Viejo Profesor no se hubiese resignado, como no nos resignamos sus discípulos. Y le añoramos.

Se celebran homenajes; se invoca su nombre en estos días porque sigue dando réditos electorales; se oyen palabras de elogio.Pero a don Enrique sólo se le debe imitar en su ejemplo, leer sus escritos, aprender de su calidad humana y ensanchar el espíritu con sus enseñanzas. Y no olvidar que ignorar a nuestros intelectuales es mutilar nuestra inteligencia común. A buen seguro tendrán que pasar otras dos décadas para que sea valorado en su justa medida y la Historia ponga a cada cual en el lugar que le corresponde.Hoy, veinte años después de su muerte, me gusta recordar el lema que los madrileños corearon en su despedida multitudinaria: Hasta siempre, profesor. Que así siga siendo.

Antonio Gómez Rufo es escritor (www.gomezrufo.net).

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