Presionan la UE y EEUU a Irán para que renuncie a alcanzar un desarrollo autónomo de la energía nuclear. La razón que esgrimen es que tales actividades podrían permitir a Irán dotarse de armas nucleares, lo que consideran inadmisible. Irán rechaza las presiones y afirma que sus intenciones son pacíficas y que tiene derecho a desarrollar su tecnología nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio, clave para fabricar el arma atómica.
Teherán denuncia que Occidente aplica un doble rasero, pues mientras quiere ahogar a Irán, favorece el poder de Israel -que posee 300 bombas- y tolera el desarrollo nuclear de Pakistán e India.Dos motivos explican el trato desigual. Uno es el control de la región del petróleo, donde EEUU mantiene una hegemonía militar que un Irán nuclear pondría en entredicho. Dos, la modificación de la balanza militar neutralizaría el poder israelí. Esas son las cuestiones en juego.

Irán posee extensas fronteras con Afganistán e Irak, países ocupados por EEUU. Si se suma su densa red de bases en el golfo Pérsico, se ve que Irán está cercado por EEUU y por gobiernos que nunca han ocultado su deseo de derribar al Gobierno iraní. Teherán tiene razones de sobra para sentirse amenazado, sobre todo tras la agresión sufrida por Irak.

El pulso con Irán se ha complicado cada vez más para EEUU. La resistencia iraquí, integrada básicamente por suníes, se muestra invencible. Para que la ocupación no termine en desastre, Washington debe tener apaciguados a los chiíes iraquíes, sobre los que Irán tiene un gran ascendiente. También requiere su apoyo para impedir la iraquización de Afganistán. Irán es esencial para que la guerra se mantenga controlada. Otro factor que complica la crisis es el alto precio y la escasez del petróleo. Lo uno ha llenado las arcas iraníes, lo otro le concede un poder negociador insoslayable.Irán está más fuerte que nunca. Se ha convertido en llave de la paz en Irak y Afganistán. Su riqueza energética le hace socio indispensable para China y Rusia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Rusia sabe que Irán es su último aliado en la zona y un cliente privilegiado de su industria armamentista. Hace poco le vendió, por 1.000 millones de dólares, el sistema antimisiles capaz de abatir aviones que ataquen instalaciones protegidas.Hace pocos meses, Rusia puso en órbita un satélite espía iraní, el primero de un total de ocho. China necesita fuentes energéticas estables que garanticen su desarrollo. Desde 2004 viene oponiéndose a cualquier plan para llevar el programa nuclear iraní a la ONU.Y en octubre ha firmado un contrato de 70.000 millones de dólares, por el que Irán proveerá de crudo y gas a China las próximas tres décadas. China, así mismo, es su segundo proveedor de armas.No debe extrañar que Irán, hoy por hoy, se sienta militar y económicamente fuerte frente a Occidente. El margen de actuación es estrecho y dependiente de China y Rusia. Si se omite la opción militar -que sería suicida-, quedarían dos caminos. Uno, escalar la crisis de sanciones en la ONU, lo que requiere la abstención o el apoyo de Rusia y China. Irán podría responder cerrando el grifo del petróleo para ahondar la crisis energética mundial.Entrar en una espiral de sanciones y respuestas tiene un final incierto, que puede desembocar en una guerra de Afganistán al Líbano. El otro camino es el acuerdo. Para ello, la UE tiene que ofrecer a Irán algo que realmente le interese, al punto que crea justificado renunciar a la tecnología nuclear.

Hasta el momento, Occidente no ha ofrecido nada sustantivo a Irán. Puede que la solución pase por reconocer a Irán un papel de potencia regional, acelerar la desocupación total de Irak y obligar a EEUU a renunciar a cualquier veleidad intervencionista o agresiva contra Irán. A crear, en definitiva, un nuevo marco de paz y seguridad en la región. Si nada de ello se pone sobre la mesa, la crisis puede enconarse. Irán no renunciará alegremente a la energía nuclear. China y Rusia difícilmente se plegarán a Occidente. Europa deberá escoger entre la negociación o la guerra. Suena dramático, pero a esa disyuntiva estamos siendo arrastrados.

Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid.a_zamora_r@terra.es