El teniente coronel San Martín no es Bin Laden. Me refiero a la distancia entre el dicho y el hecho. Corta, dramáticamente corta, peligrosamente corta, en el caso del líder de Al Qaeda, que acaba de anunciar un nuevo atentado en EEUU. Ni corta ni larga en el caso de un militar fuera de servicio. En una palabra, irrelevante. Pero dará que hablar debidamente enganchado al efecto ‘Mena’.
El caso es que nuestra democracia, tal y como se proyecta en los medios de comunicación, es lenguaraz y declarativa. Por tanto, más bien precaria. Lo que hoy reina en las primeras páginas, normalmente vinculado a lo que dice por esa boca fulano o mengano, cae en el olvido veinticuatro horas después por empuje de la siguiente llamarada verbal.
La de ayer salió de la boca de un teniente coronel, José Ignacio San Martín, de nombre y apellido muy evocadores para quienes tienen ciencia propia de la transición y, muy concretamente, del clima dominante en las vísperas del intento de golpe de Estado del 23-F.
La evocación se refiere al padre, el coronel San Martín, fallecido hace dos años, creador de los servicios de información del almirante Carrero Blanco y, como jefe del Estado Mayor de la División Acorazada Brunete, uno de los protagonistas de aquella aventura golpista que pudo cambiar el rumbo de la transición a la democracia y por la que fue expulsado del Ejército y condenado a diez años de cárcel.
Pero ahora me refiero al hijo. Ayer, en la presentación de un libro póstumo de su padre (Apuntes de un condenado por el 23-F), vino a decir que aquí y ahora se están dando parecidas condiciones que en 1981, cuando la sublevación de aquella extravagante convergencia de militares y guardias civiles. Lo que nos faltaba por oír.
“Los temas que desencadenaron el golpe de Estado fueron el independentismo autonómico y el terrorismo. Ahora mismo el problema etarra y el problema autonómico continúan ahí”, dijo, al tiempo que asumía que sigue sometido a la disciplina militar aunque esté en la reserva. Menos mal.
Como alguien debió tirarle de la lengua ante el equívoco significado de sus palabras, el teniente coronel, probablemente con una sonrisa, no lo sé, remató: “A buen observador, pocas palabras bastan”. Esa fue su respuesta cuando se le invitó a ser más preciso respecto a posibles paralelismos entre la España actual y la del 23-F.
Aunque algunos se esfuercen -porque, efectivamente, este tipo de testimonios no ocurren por casualidad en medio de climas artificiales cargados de excesos verbales que anuncian la liquidación de España por derribo-, nadie se va a creer que estamos volviendo al agujero negro de nuestra reciente historia. Ni los propios militares, cuya imagen no sale muy favorecida con el testimonio del teniente coronel San Martín. O el de ese grotesco capitán de la Legión que imaginó plantarse con su compañía en la Castellana para entregarle una carta al ministro Bono.
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