LA frase aparece en un capítulo de ese impagable manual de buena política que es la serie «El ala oeste de la Casa Blanca». Se la dice el jefe de gabinete presidencial, Leo McCarrey -interpretado por el recién fallecido John Spencer- a un representante de la oposición con el que está chalaneando la reforma de un proyecto legal para el Senado. El tipo tiene escrúpulos por el pasteleo y se pregunta en voz alta qué dirían sus votantes si les vieran diseñar una componenda de ese calibre. Y el pragmático McCarrey le suelta la perla: «Hay dos cosas que la gente jamás debería ver cómo se hacen. Las leyes y las salchichas».

El arreglo del Estatuto catalán lo están muñendo como si fuera una salchicha barata. A cencerros tapados, una comisión de notables lleva semanas filtrando los detritus de un delirio político desquiciado para tratar de convertirlo en una pasta comestible, o por lo menos presentable. Los detalles del tejemaneje, el enjuague de pactos y contrapactos bajo cuerda, los protocolos ocultos, los apaños, remiendos y trapicheos no los sabremos probablemente nunca. Todos esos conceptos tan solemnes de la identidad, la nación y la soberanía han caído sobre la mesa de negociación desparramados entre una baraja de clientelismos, competencias y -sobre todo- privilegios financieros cuyos detalles nos pondrían los pelos como escarpias. Después del manoseo a puerta cerrada, los chalanes pondrán cara muy circunspecta y presentarán como un pacto de caballeros este trato de barraca de feria.

Para eso irán al Congreso de los Diputados, para que la mayoría que previamente han amañado como un sindicato de intereses le ponga el sello de registro a la conchabanza y le dé el visto bueno en un simulacro de debate. Menos mal que el Parlamento iba a ser el núcleo de regeneración que diese vigor a la vida pública, como dijo el presidente en su investidura. Menudo vigor democrático: han convertido las Cortes en una charcutería. Hace demasiado tiempo -en justicia, desde mucho antes de Zapatero- que los aparatos de los partidos han tomado las Cámaras por simples instrumentos para legitimar los acuerdos que cierran en sus charlas de café. Que sea un mal antiguo y común no obsta para que constituya un motivo de vergüenza de todos los que prometen combatirlo.

En el caso del Estatuto, resulta obvio que lo han cocinado en la clandestinidad porque saben que los ciudadanos saldrían espantados en desbandada si viesen los ingredientes o inspeccionasen la higiene democrática de la negociación. Esta gente ha metido la Constitución en una trituradora para confeccionar un embutido que ni siquiera tiene buen aspecto, pero además va a ser de digestión pesada y está cargado de colesterol político, porque lo han hecho a base de gandingas, despojos y asaduras. No pasaría ningún control de calidad ética o democrática y, por supuesto, no lleva fecha de caducidad en el envase.