Aún no ha sido suficientemente explicado si la depresión económica que sufre la sociedad civil asturiana se debe al agotamiento de sus recursos económicos, o si es realmente porque quienes están en crisis son sus instituciones políticas: desde el Gobierno del Principado, hasta los ayuntamientos, pasando por las organizaciones empresariales.
Es decir, no se sabe si Asturias se ha estancado en la crisis porque le falla su clase política, o porque no funciona, como debiera funcionar, la inteligencia empresarial. No es fácil despejar estas dudas en un espacio en donde se mezclan --a veces, torpemente-- los intereses económicos con los intereses políticos; el sistema democrático con la economía de mercado, la promoción del consumo compulsivo con las teorías del ahorro familiar.
Asturias se quedó atrapada en el desarrollismo planificado por los tecnócratas del Opus Dei; aquellos centauros del poder económico que controlaba tan hábil como divinamente don Laureano López-Rodó. Tenían medio cuerpo, hacia arriba, de capitalista avezado, y la otra mitad, hacia abajo, era la de un veloz corcel trotadespachos oficiales. En aquella etapa de la España anterior a la democracia liberal, Asturias se quedó a merced de dos factores de riesgo inevitables: los intereses políticos y los negocios económicos. Desde entonces, cada vez estamos más lejos de encontrar una solución racional (y razonable) que nos facilite, como sociedad humana, la posibilidad de poder salir objetivamente de este atroz atasco social y económico.
Para empezar, habría que evitar, sobre todo, confundir unos discursos con otros: que los políticos no hablen como si fueran empresarios, y que los empresarios no se expresen como si fueran políticos. Sin embargo, no es fácil lograr que quienes lideran la sociedad asturiana actual --petrificada desde la época de los planes de desarrollo económico y social --rectifiquen sus conductas públicas. A ver qué político y qué empresario son capaces de renunciar a la confusión de lenguas que propicia la confusión de intereses. Ninguno. Ambos, sacan más provecho personal respirando al mismo tiempo el miasma que emana de esa obscena mezcolanza de intereses y de responsabilidades.
AL POLITICO porque le garantiza su permanencia en las esferas del poder; al empresario, porque le facilita el acceso a determinadas ventajas económicas, sociales y políticas. Esa oscura confusión es determinante del sistema que funciona. éste, a su vez, es la mejor garantía para la continuidad del método utilizado por unos (políticos) y por otros (empresarios).
En ese mismo barullo económico, político, social han caído de bruces los sindicatos. El movimiento sindical de clase en Asturias ha derivado su rumbo hasta tomar el mismo que, hace tiempo, tomaron los partidos políticos. Si la acción sindical se ocupaba, antes, de velar por el derecho al trabajo; por luchar para obtener justas ventajas salariales; para asegurar las pensiones, etcétera... ahora, se dedican preferentemente a acotar amplias parcelas de poder para su propio disfrute. Hoy, los sindicatos --en general, las excepciones son pequeños atisbos de decoro-- participan entusiasmados en esa ceremonia de la confusión ideológica. Incluso, a veces, se sienten capaces para disputarle a los partidos --sus hermanos gemelos...-- el liderazgo sobre los mecanismos que rigen la economía de mercado. Esa enconada disputa por el manejo de los multimillonarios fondos económicos, destinados a compensar los daños por el desmantelamiento de la minería del carbón, es un ejemplo de esa tentación por el poder; en realidad, es la reivindicación sindical del monopolio en la gestión de los medios económicos; los cuales son, en su esencia, la mejor garantía de su poder político.
Como decía un exministro de Relaciones Sindicales --en pleno imperio demócrata orgánico-- "lo sindical se va convirtiendo así de simple fenómeno histórico en auténtica realidad política". (Alejandro Fernández Sordo). Hoy, en Asturias, es muy difícil diferenciar al sindicato minero SOMA de un partido político. Y decía, en la misma época, un ilustre filósofo del régimen franquista (Adolfo Muñoz-Alonso), que "quienes se asustan del poder sindical, y entorpecen su conquista, trabajan a favor del marxismo". (Es increíble que, para intentar entender algo de lo que nos está pasando ahora, a veces, quien mejor te lo explica sea uno de aquellos teóricos del culto nacionalista...) En Asturias es dificilísimo --por no decir que es imposible-- diferenciar con la nitidez necesaria a quienes pretenden gobernarla desde la perspectiva clásica del socialismo obrero, de aquellos otros que la gobiernan desde el más puro pensamiento capitalista. Es posible que ocurra así porque ya no hay socialistas sino socialdemócratas empeñados en contrariar las "utopías" de aquel histórico movimiento obrero; es decir, colaborando eficazmente a la creación de una riqueza destinada a acumularse en pocas manos.
A mí me parece que el problema de fondo, en Asturias, es que los asturianos --sobre todo, sus clases dirigentes-- han perdido su identidad ideológica: se proclaman demócratas y practican el neoliberalismo económico; se confiesan de derecha y exigen participar en políticas teóricamente --al menos-- de izquierda... Lo único que está claro es que la política no es lo que debió ser, después de la reforma de la dictadura; la política es un negocio más del amplio catálogo de intereses capitalistas.

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