La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

16 Enero 2006

La noria de las identidades, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Podría haberse escandalizado mucho, la ciudadanía, al ver que, de nuevo, los líderes catalanes dedican grandes energías a chincharse el uno al otro a la ridícula manera de aquellos amigos de Tintín, los inspectores gemelos: "Puedo aprobar el Estatut sin su apoyo", dicen que afirmó el president Dupond. "Yo aún diría más -contestó ante las cámaras el jefe opositor Dupond-, puedo retirarlo sin su apoyo". Esta vez el juego caricaturesco ha tenido, sin embargo, una función tranquilizadora. En efecto, la opinión pública catalana estaba consternada por las inquietantes palabras del general Mena y por el desprecio a la lengua catalana que verbalizó, tan ingenuo como torpe, el magistrado Hernando.

Y la transparente exhibición de tacticismo de los líderes catalanes ha servido para situar el caldeado pleito hispánico en su verdadero contexto. Un contexto teatral en el que, por fortuna, la comedia eclipsa la tragedia. No hay mal que por bien no venga.

Observando los gestos tácticos de nuestros líderes, parece evidente que el Estatut es un artefacto político destinado, primordialmente, a dejar fuera de juego al adversario. Así hay que valorar la subasta alcista que se produjo durante la fase parlamentaria catalana, que acabó convirtiendo la razonable intención de poner al día los atributos legales y económicos de la Generalitat en un texto que no sólo reconsidera el papel de Catalunya en España, sino que reforma las relaciones económicas y sentimentales de todos los españoles. Tal ambición no es, en sí misma, buena o mala (podría evaluarse, en todo caso, si es más o menos oportuna, posible o razonable). El pecado original del Estatut no radica en su contenido o en el riesgo político que conlleva, sino en la instrumentalización que los líderes y partidos catalanes hacen de este contenido y de este riesgo en función de sus intereses de parte. Y si no es así, ¿por qué, de repente, llegaron las rebajas?

En la solemne sesión parlamentaria de Madrid ya todos competían en simpatía española. La bandera de la moderación se convertía en el objeto del deseo. Y ya con las tijeras del negociador en marcha, estamos asistiendo al rosario de la aurora: cada partido parece estar discutiendo un texto distinto, vuelven los juegos de comedia, el Estatut reduce objetivos, puede incluso desaparecer.

¿Era posible otro camino? Seguramente no. Por razones políticas: el persistente empate político obliga a líderes y partidos a sobreactuar. Y estructurales: muchos de los atributos que reclama el confuso Estatut son razonables: clarificar y asegurar las competencias; proteger la identidad cultural catalana; asegurar una financiación justa a fin de que la economía catalana no quede estrangulada... La batalla interna catalana por el Estatut puede contener elementos de comedia, puede estar dominada por intereses tácticos y estar condicionada por el nervioso empate partidario, pero se funda en demandas objetivas (aunque, naturalmente, discutibles), que producen una reacción extraordinariamente agresiva en amplios territorios y estamentos de España.

La negación del Estatut también es teatral. Se hace en nombre de la sacralizada igualdad de los españoles, pero, tal como expresaron con claridad meridiana el altísimo juez y el importantísimo militar, sirve para mantener determinados privilegios: funcionariales, en este caso. La tremebunda movilización mediática madrileña, por otra parte, revela que, bajo los argumentos de siempre, hablamos de una cosa nueva: de la reordenación del poder económico en España. Los argumentos evocan con siniestra persistencia las viejas broncas del siglo XIX y del XX, pero lo que desde la mayoría de las tribunas de Madrid se defiende es, en realidad, la pervivencia de las inercias económicas actuales, que implicarían la provincianización de la economía catalana y la definitiva identificación del poder político central con el poder económico real (y la consiguiente superación de lo que muchos consideran una anomalía histórica: la existencia de una España dual debida al excéntrico eje económico catalán). La historia se repite. Las sanjurjadas, las frivolidades de Companys, la fobia que produce la lengua catalana, las dudas y contradicciones de la Lliga... De momento, se repiten en forma de caricatura. Aunque nunca hay que perder de vista el fondo histórico: con el mismo argumento de las farsas de hoy, las gentes de ayer llegaron a las manos y la vieja Piel de Toro acabó convertida en un inmenso cementerio.

Mientras tanto, presuntos actores del espeluznante terrorismo internacional han sido detenidos en Vilanova y Santa Coloma. Son el síntoma negativo de un nuevo fenómeno que contiene, por fortuna, elementos positivos. Son el anuncio de la enorme complejidad de la Catalunya y la España de hoy. ¿Acaso forman parte de nuestros debates? Solamente a título de anécdota. La fiesta del cordero, el velo, las células durmientes. Y siempre partiendo de cuatro tópicos: buenistas, xenófobos o laicistas. Es un fenómeno determinante, perdido casi siempre en las páginas de sucesos. Mientras, erre que erre, seguimos dando vueltas a la noria de las identidades históricas, las nuevas identidades arraigan entre la indiferencia pública y la incomodidad de los autóctonos más humildes (los que, obligados por la ley del mercado inmobiliario, conviven con ellos). Un día nos levantaremos con un nuevo guión y ningún Estatut, ninguna patria vieja, será capaz de entenderlo.

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