La odisea comienza para llegar en coche. O hay que dar una vuelta monumental por el cinturón, o tragarse las interminables obras de la Gran Via. El autobús suele ir abarrotado. Y el tren ahora ya ni llega al aeropuerto de El Prat; al menos nos ahorra su tétrico tubo conector plagado de mosquitos. Al llegar en coche se deben sortear cinco pasos cebra, pues fatalmente la circulación rodada se cruza con la peatonal, error aeroportuario insólito en ciudades decentes, y que ya ha causado varios atropellos. Quien vaya al puente aéreo deberá obligatoriamente desfilar por todas las terminales, dando un amplio rodeo, gastando gasolina y tiempo, cuando podría haber llegado en línea recta y aliviando el tráfico. Detenerse para desencochar es un drama, siempre en doble o triple fila, y aparcar es una gaita, siempre muy lejos.

POR FIN, adentro, nos reciben las colas para el check-in que se entremezclan con el tránsito de la agitada terminal. Acto seguido, más colas, ahora para pasar el control de seguridad, donde malhumorados guardias te someten a la absurda humillación de sacarte hasta el cinturón. Entran ganas ya de desnudarse y meterse por la máquina, como Enrique Iglesias en el anuncio. Y si por fortuna no hay cola, a nadie se le ocurre recortar el itinerario de cintas, y pareces un comecocos informático recorriendo estúpidamente callecitas en zigzag.

Llegamos a la terminal: lo que antaño era un espacio de cierto sosiego, meritoria obra de Ricard Bofill, ahora se ha convertido en un abigarrado centro comercial. Las tiendas que antes servían para urgencias gastronómicas, o pequeños obsequios de última hora, son ahora un perfecto tinglado consumista con casi 100 puestos de 20 especialidades, que abarcan desde los calzoncillos a la vajilla o una tumbona, y con precios más altos que en la ciudad.

Los pasillos se han reducido drásticamente y la gente que va y viene entre terminales se tropieza al cruzarse. Mientras, a lado y lado, en vez de cinta transportadora, han florecido nuevos y relucientes chiringuitos que nos tientan con todo tipo de gadgets. También se han multiplicado los soportes publicitarios. Eso sí, los lavabos siguen siendo los originales preolímpicos, más bien escasos y ya muy cutres.

Los bancos de descanso han ido desapareciendo y la gente no tiene más remedio que amontonarse en las terrazas de los bares, donde como de costumbre se da poca calidad a precios de altura. En las salas de embarque tampoco hay suficiente sitio de asiento, y la gente debe esperar de pie. Otra cola para el embarque: con el carnet en la boca entras por un fantástico finger, pero ¡oh sorpresa!, en vez de entrar en cabina, bajas las escaleritas a pie para salir hasta un autobús, donde de pie llegarás, entre acelerones y frenazos, hasta el avión, a menudo aparcado en las chimbambas.

LO QUE VIENE a continuación todos lo conocemos: una gran humillación colectiva: achuchones para entrar a bordo, asientos raquíticos y pegados, maleteros escasos y un trato infantiloide y ovejuno. Ahora ya no te dan bazofia gratis, ahora la bazofia es pagando, y así sabe todavía peor.

El colmo es el vídeo de bienvenida donde te desean rimbombantemente un feliz vuelo, y patatín y patatán, no callan, y donde cínicamente te proponen que hagas ejercicios de relajación, pues se ve que se les ha muerto algún tipo por falta de irrigación y están preocupados. Lo irritante del tema es que la modelo que sale haciendo los ridículos ejercicios en el vídeo está sentada sin nadie al lado, y así obviamente puede levantar los codos sin sacarle un ojo al vecino y estirar las piernas sin perforar el trasero del de enfrente. Mejor no probarlo.

Después vienen más consejos: "puede usted mirar por la ventana", leer un diario (que ya no dan) o --cómo no-- comprar en la "tienda de a bordo". Es por si usted no tuvo bastante presión consumista durante las dos horas que le obligaron a pasar en el aeropuerto plagado de tiendas. Seguro que el incremento de ventas se habrá notado con esta imposición absurda de llegar con tantísima antelación.

Y si el vuelo es de regreso, de nuevo sin finger, media hora de rodeos para coger el autobús y vuelta a comenzar. Porque lo más insólito y único en el mundo es el cruce de tránsitos en El Prat, pues te vomitan de nuevo a la zona de embarque, que debes cruzar para alcanzar la salida. Será por si todavía te quedaban ganas de comprar un poquito más. Si no te han perdido las maletas, es probable que el lento goteo del taxi en el puente aéreo te exaspere.
Si AENA sólo se ocupa del alquiler de tiendas y anuncios, ¿quién se preocupa de dar servicio a los 25 millones anuales de viajeros?

JULI Capella. Arquitecto