La semana discurre entre la ilusión infantil de la cabalgata de Reyes y los misterios de la traducción del finés

Entre dos mundosJueves, 5 de enero

Noche de Reyes

Me apresuro por las calles de Uviéu, como siempre en esta tarde, haciendo las últimas compras. Libros (me compro para mí la 'Poesía esencial' de René Char) y objetos que se quedarán un tiempo en las estanterías de la nostalgia. La noche de Reyes, con sus cabalgatas fantasmagóricas, tienen algo misterioso: el aire frío de enero y este color exótico y algo bizarro pintándose en cada esquina, genera una sensación muy agradable: parece posible descubrir, en la cara esperanzada de ese niño, algo muy nuestro; una sensación de calor tal vez, el sueño de que el juguete que nos van a dejar al pie de la cama, con mucho sigilo, recobre para siempre algo perdido, algo sólo entrevisto y de un color que produce un vértigo que reconforta. Intento cruzar la calle Uría, pero la cabalgata me lo impide: concejales, señoras, madres, padres, niños. Recuerdo un poema de José Luis Piquero sobre este día y caigo en el porqué de la melancolía que me produce este tropel de ruidos, serpentinas, gritos y emociones: el rito, la repetición estacional de situaciones, provoca la sensación del eterno retorno. Empujando amablemente, sonriendo, consigo cruzar la calle con la esperanza de que al otro lado estén los amigos perdidos.

Viernes, 6 de enero

Un reloj de rosco

Mi abuelo tenía un reloj de esos que en la Asturias rural se llaman de 'rosco'; no sé si saben a lo que me refiero: son esos redondos, con una tapa, y que se cuelgan de una cadena a poder ser de plata. Mi madre me regala uno por Reyes: siempre se le viene a uno la idea de hacer elegía con el tiempo que pasa y aquí, ahora, entre mis manos, tengo estas agujas que hieren cada segundo, que indican con su tic tac que todo, incluso nosotros, va precipitándose hacia la nada. Sin embargo, hoy me consuela este artilugio que nos recuerda, siempre, que el tiempo más que oro es purpurina: pero es sonora su amistad delicada y por la noche hace mucha compañía; en la Asturias rural le llamaban rosco porque los hacían en la ciudad bretona de Roscoff. ¿Cuántas horas no habrán contado estos relojes, felices o tristes, cuántas pasiones no habrán sosegado o enervado su claro tic tac! Lo tengo un rato entre mis manos y me imagino la historia de su antiguo dueño. Ramón Fernández era de Orderias, en el concejo de Somiedu, y se lo ganó a uno de Babia en una partida a las cartas que se organizó en algún tugurio de los Five Points de Nueva York. Se habían encontrado allí, de casualidad, y en la partida estaba también un irlandés muy joven y dos alemanes que apenas hablaban en inglés. El local estaba muy oscuro, la cerveza corría y las apuestas cada vez eran más elevadas. Ramón Fernández puso su escalera de color sobre el tapete: el babiano, que hasta entonces había chapurreado en inglés, suspiró en voz alta: «¿Ai, mamina, quedéi sin el reló de miou buelu!»; y Ramón, ya hablando en asturiano, preguntó: «Pero bueno, ¿ya tu d'ónde yes?». Salieron muy amigos del tugurio y aquella noche, asomados al puente de Broocklyn, la luna le puso al río una estela que conducía muy lejos, muy adentro: hacia horas que no cejaría de marcar un reloj que hoy tengo entre mis manos y que me promete sólo dar las de la felicidad.

Sábado, 7 de enero

Una cena en casa

Ceno, en casa, con unos amigos. Lino G. Veiguela me habla de sus últimas lecturas y de la necesidad de darle a este mundo nuestro otras expectativas. Como todos los jóvenes de ahora, sabe que seguramente por razones profesionales va a encontrar su vida fuera de Asturias. Martín López-Vega me cuenta que se va ahora a Barcelona. Yo también sueño con irme, y muchas veces me amenazo con ello en el espejo de la conciencia. Tal vez sea tarde, sin embargo, y me digo al corazón aquellas palabras de Quintiliano: «Vivo en una ciudad pequeña y no me voy de ella para no hacerla más pequeña». Sí, ya lo he repetido otras veces y sé que es hasta presuntuoso. En realidad, vivo en una ciudad pequeña y temo marcharme por si no me echan de menos. Se lo digo a Martín y se ríe: «Es todo lo contrario, amigo mío. Vete de aquí, haz lo que quieras pero lejos. Ya verás cómo la ausencia que creas es más consistente que la presencia que tienes ahora por estas calles». Música de los ochenta, la que llevo anuda en el corazón; champán, chupitos, risas y viejos poemas. Ya es tarde, salimos al balcón y miramos la calle del Carpio casi vacía a estas horas: hace veinte años yo vivía en este mismo barrio. A veces pienso que el único que me quedé fui yo. Bueno, no está mal, la verdad.

Domingo, 8 de enero

Unas palabras de René Char

Apunto, por si me son útiles, unas palabras de René Char en mi cuaderno: «Este siglo zanjó la existencia de nuestros dos espacios inmemoriales: el primero, el espacio íntimo donde jugaban nuestra imaginación y nuestros sentimientos; el segundo, el espacio circular, el del mundo concreto. Ambos eran inseparables». Quien haya conocido la vida en el campo, quien la haya asumido familiarmente, sabe que la textura del tiempo en el campo y en la ciudad son esencialmente distintas. Los campesinos conciben el tiempo de la misma manera que Virgilio u Horacio: circularmente; quiero decir que la sucesión rítmica de las estaciones establece el rito del eterno retorno; en la ciudad todo corre en tropel hacia la nada. Ese es en definitiva el gran logro de la civilización: ser conscientes de que todo tiene fin, incluso yo que pienso un dios que no existe en estas palabras que escribo para ti, para nadie. Ser conscientes de la finitud y que nos importe un rábano.

Lunes, 9 de enero

Una carta desde Roma

En el «correo no deseado», donde van a parar todas los e-mails cuya dirección desconozco, encuentro una carta de Pedro Bollo, un lector de Villapedre (Navia) que me dice que está leyendo mis 'Cuarteles de la memoria'; ha comprado el libro en Salamanca, me cuenta no sé qué aventuras con una chica en Valladolid. Ahora está viviendo en la Tusculana, ese barrio de Roma por donde los tranvías pasan, si no recuerdo mal, en dirección al Cementerio de Verano, y se va todas las tarde con mi libro al Calisto, el bar donde yo pasaba mis tardes perdidas soñando un mundo que no sería. Tiene gracia: uno envía un mensaje en una botella y la acaba encontrando un vecino pero allá lejos, donde intuimos una vez que estaba nuestra casa.

Amigo Pedro: disfruta de esa ciudad donde el instante es eterno y la eternidad fugaz como el vuelo de una golondrina.

Otro e-mail, este de López-Vega: acaba de llegar a Madrid y está preparando los bártulos para irse a Barcelona. Ha encontrado una cita de Paul Léauteaud; cree que me servirá para mi novela: «Hombres y mujeres paseamos a nuestros nuevos amores por los mismos lugares que los antiguos, soñando en secreto con los placeres pasados en medio de los placeres presentes». No estoy de acuerdo. Un poema suyo, titulado 'Limones, granadas' se acerca más a mi estado de ánimo estos días: «Sé que estaremos en Grecia, una tarde, en verano./ La mar, nosotros, todo uno, uno inconexo./Extravagante, pero en raro equilibrio. // Tu ventana azul cuelga en el vacío. / Nada más. Ni una maceta. Ni un paisaje / en fuga al otro lado. Sólo tu ventana. / Si una mañana marchas / cargando a tus espaldas el sol / como el muchacho su acordeón /no te llevarás nada que no dejes. // Lo que llamas bondad o justicia / no es nada al final de la tarde. / Las palabras nunca son nada. /Cada una de tus pecas /como diminutos gajos de granada / eso sí».

Martes, 10 de enero

La luz de agosto

Ramón Lluís Bande, Adolfo Camilo, Ismael María González Arias, Xuan Santori, Ramón d'Andrés y yo nos pasamos la tarde hablando de la próxima semana de las letras asturianas. El teatro, y sus máscaras, serán el pretexto de una celebración que, año tras año, intenta crear un nuevo espacio para una nueva estrella de la Galaxia Gutenberg. Recuerdo mis años en el grupo Güestia: yo era muy mal actor, pero era muy divertido pasarse el verano por los escenarios de Asturias con aquellas variaciones de Harold Pinter que Adolfo hacía tan bien. El escritor avilesino acaba de publicar un libro, 'In articulo mortis', que me ha divertido mucho estos días. Qué extraña la vida: qué extraña la vida en esta provincia oscura del olvido para quien sueña una patria posible, pequeña y humilde, bien articulada, donde los problemas con el vecino se solucionen hablando y no sean necesarios ni himnos ni banderas.

Yo tenía 18 años. Güestia era un grupo amateur y, como ninguno sus miembros tenía coche o sabía conducir, nos íbamos a actuar a dedo. No sé cómo, pero siempre llegábamos a la actuación. No éramos buenos pero los sueños tenían la calidad de la luz en agosto.

Miércoles, 11 de enero

Una palabra muy misteriosa

Releyendo el Kalevala, el famoso poema nacional de Finlandia, encuentro en una nota a pie de página un relumbre de poesía involuntaria. El traductor anota, en la palabra «sampo», que los filólogos fineses aún no se han puesto de acuerdo en si este misterioso vocablo significa barco, novia, molino o pez maravilloso; y yo me quedo en esta niebla, soñando lagos azules y helados rodeados por bosques de abedules. No muy lejos, pienso, hay una cabaña que guarda libros antiguos y nuevos. Un aire, a veces, dispersa la nieve que cae. Sobre la página blanca del mundo, un corzo escribe un poema en una vieja lengua que entiendo y no.