Dice un refrán lluvia en París, llovizna en Bruselas. Cuando estallaron los disturbios en las barriadas francesas, los medios de comunicación alertaron sobre la posibilidad de que los hechos salpicaran Bélgica. De hecho, diversos ingredientes favorables a un estallido de desórdenes entre los jóvenes inmigrantes - mucho paro, pisos abandonados, escasas oportunidades de cambio social y extendida xenofobia- se hallan asimismo presentes en el caso belga. Afortunadamente, sólo un grupo aislado de individuos ha emulado las acciones de los revoltosos franceses. Que jóvenes procedentes de la inmigración hayan mantenido la cabeza fría guarda relación con que los políticos belgas han aprendido cierto número de lecciones.
La tarea policial de barrio ha sustituido, por ejemplo, la acción policial estilo Robocop en las áreas urbanas más desatendidas y degradadas, donde residen inmigrantes no europeos en densas concentraciones. Los policías, buenos conocedores de sus respectivos barrios, se guardarán, por ejemplo, de efectuar al azar verificaciones de identidad de jóvenes inmigrantes. En consecuencia, las relaciones de los ciudadanos con las fuerzas de seguridad han mejorado. Además, se ha incrementado el número de educadores de calle y los políticos locales tienen contactos regulares con las asociaciones y entidades que se ocupan de la inmigración (de clubs deportivos a mezquitas).
Todos estos factores brillaban por su ausencia en el caso francés. Otra acusada diferencia es el grado de inclusión de la población de origen inmigrante en la escena política de manera oficial. Francia apenas posee políticos de origen distinto de la UE, aunque numerosos ciudadanos de origen inmigrante poseen la nacionalidad francesa. En Bruselas puede apreciarse actualmente la existencia de la mirror-representation - representación política y parlamentaria que da cuenta de las características étnico-culturales de una minoría-: en la mayoría de los ayuntamientos, la proporción de políticos electos de origen extranjero da cuenta de la composición de la población. Ello obedece a un favorable sistema electoral de representación proporcional - distinto del sistema mayoritario francés-, así como a los últimos esfuerzos de los partidos para incluir en sus listas candidatos de origen inmigrante.
La reciente introducción del derecho de voto a nivel local en el caso de los no súbditos constituye un nuevo incentivo para su inclusión en la escena política.
El mejor remedio para impedir o evitar la protesta violenta estriba, evidentemente, en primer lugar, en asegurar que los inmigrantes carezcan de motivos para sentirse excluidos. Y, por esta razón, todos los países europeos - incluida Bélgica- tienen aún una gran tarea por delante.
D. JACOBS, profesor de Sociología de la Universidad Libre de Bruselas
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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