No hay que engañarse: la vida de Sharon no ha sido la de un hombre de paz. En el fondo, tal vez es esto lo que le ha unido tan estrechamente al destino de su país. Porque Israel está marcado por la guerra. Y cuando Sharon parece irremisiblemente incapacitado para gobernar, el pueblo israelí se siente desamparado. Impresión que afecta por igual a partidarios y detractores. Con excepciones. No muchas, seguramente.
Lo dicho responde a que Israel casi siempre - y digamos metafóricamente que en el subconsciente colectivo- sólo ha creído en una paz: la suya. La acordada o impuesta según los propósitos y conveniencia israelíes. Sobre todo desde que estar en paz o no depende de las atormentadas y tormentosas relaciones con el pueblo palestino, levantado contra la dominación israelí en las dos intifadas, de 1987 a 1993, la primera; la segunda desde el 2001.
La crispada historia de estas relaciones depende del cambio que supuso precisamente el paso de la pasividad de los palestinos a la resistencia violenta. Acabó entonces la convicción israelí de que las conquistas de 1967 eran prácticamente definitivas. Después de cinco guerras con naciones árabes, renacía el temor de que el Estado israelí tuviera que vivir bajo la amenaza permanente de que se le negara la existencia.
Todos los tratos, el camino sinuoso y tantas veces interrumpido, para establecer un arreglo de convivencia entre israelíes y palestinos que se iniciaron en 1993 adolecían del mismo impedimento: Israel quería su paz, que llevaba anexo el convencimiento de que sería el resultado de hacer concesiones no obligadas, mientras que la parte palestina quería lisa y llanamente alcanzar la plena soberanía y recuperar la integridad territorial exigida en repetidas resoluciones de la ONU. Por ello estuvo siempre lastrada la voluntad de que israelíes y palestinos anduvieran el espacio del camino necesario para el encuentro definitivo. Lograr la paz nunca significó lo mismo para las dos partes.
Así, los acuerdos de Oslo, las reuniones de Camp David, de Sharm El Sheij, y tantas otras ocasiones que alentaban esperanzas de avance hacia una solución negociada, acabaron indefectiblemente en decepción. El último intento fallido se produjo cuando el gobierno israelí de Barak propuso, en vez de acuerdos parciales, de plazos graduales, una negociación global en la que se pusieron todas las diferencias existentes sobre la mesa. Se ha dicho repetidamente que Arafat, entonces presidente de la Autoridad Nacional Palestina, con su actitud escurridiza y cambiante, frustró una gran oportunidad, la última. Algo hubo de esto, al parecer. Pero no se debe olvidar que el obstáculo fue, entonces como siempre, el mismo: en aquel paquete negociador que Barak ofrecía no iba todo lo que había pendiente. El gobierno israelí se guardaba para sí bastante más que una parte de lo que estaba en discusión.
¿A partir de este fracaso, qué quedaba por hacer? Fue entonces - septiembre del 2000- cuando Sharon irrumpió provocativamente en la explanada de las Mezquitas y comenzó la segunda intifada. Que sucediera una cosa a la otra en secuencia tan inmediata evidenciaba que los grupos radicales palestinos sólo estaban esperando la ocasión para generalizar la lucha.
Estos acontecimientos ponían término al proceso negociador. El espíritu de Oslo, que había determinado la creación de la ANP y la elección de Arafat como su presidente, perdió su vigencia. La antorcha de la paz apagó su frágil llama y se encendía la de la guerra. Era la hora de Sharon, el bulldozer, el halcón, el combatiente de todas la guerras de Israel. El audaz general que en la guerra de 1973 cruzó el canal de Suez y envolvió al grueso de las fuerzas egipcias. El que llevó a las unidades motorizadas hasta Beirut y no impidió la matanza de los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila.
Se dice de Sharon que es más táctico que estratega. Y que por esto mismo en el 2001 había llegado su momento. El de la acción inmediata sobre el terreno, de las decisiones sin vacilar, concretas y contundentes. El terrorismo palestino hacía estragos en Israel, minaba la moral. Y la intifada se extendía imparable en Cisjordania y Gaza. Ante esta situación límite, Sharon emprendió dos operaciones paralelas. Por una parte, actuar sin piedad contra los grupos radicales palestinos con el fin de doblegar su fuerza tanto en la intifada como en los atentados en Israel. Golpeó en Cisjordania y Gaza sin reparar en los daños y víctimas que ocasionara en la población no militante. Era la guerra sin cuartel. Su guerra. Y, al mismo tiempo, se trataba de ahogar en la inoperancia a la OLP.
Bajo el furor en la represión comenzó a asomar la duda. ¿Sharon, sólo táctico? Aquel militar arrollador, aquel primer ministro elegido por el pueblo israelí en horas desesperadas como quien se agarra a un clavo ardiente, daba a entender que disponía del dibujo de un plan estratégico en lo militar y de más amplia proyección en lo político. No estaba dando palos de ciego. El asedio a Arafat en la Mukata de Ramallah era la escenificación simbólica del ocaso de la ANP en beneficio de los grupos radicales. Algunos de los cuales o se quemarían en una acción sin salida o acabarían asumiendo que podía estarles llegando la hora de integrarse en el juego político frente a quienes en el poder de la ANP caían en el desprestigio.
Sharon aprovechó a fondo las oportunidades. El camino de la negociación estaba acabado. Y el general presidente se apercibió de que tenía los ases en la mano. La muerte de Arafat señaló la hora decisiva. La ANP entraba de hecho en estado de coma. Y las instancias internacionales se inhibían, dejando el campo abierto al primer ministro israelí. La hoja de ruta era papel mojado. En estas condiciones, la retirada de Gaza supuso la gran prueba de cara a Israel, a los palestinos, a las potencias internacionales, especialmente occidentales. En Israel quedó demostrado de sobras que contra el empuje férreo de Sharon no había color. La evacuación de Palestina creó un caldo de cultivo en el que se acentuaban hasta rozar el caos las diferencias entre los radicales y la ANP, entre los radicales entre sí y hasta en el partido gubernamental, Al Fatah. Y en el exterior demostraba que Sharon había sido capaz de dar un paso hacia la retirada de los territorios ocupados.
Era la consagración de la acción unilateral como sistema válido. Y la creencia, o el deseo de creer, que en manos de Sharon sería el precedente de nuevas retiradas en Cisjordania, alguna redistribución del territorio palestino mediante la supresión o repliegue de asentamientos judíos y el hecho consumado de una frontera ventajosa marcada por el muro israelí.
Este plan nunca especificado del todo por Sharon, su osada unilateralidad, el temple con el que ha restablecido sustancialmente la tranquilidad en Israel frente al terrorismo, la confusión que ha creado entre los palestinos, han hecho que Sharon haya adquirido en su país un crédito incomparable que se convierte en temor ante su casi inevitable inhabilitación física como líder. Porque la fe que despertó quien ahora se debate contra la muerte le había elevado a la condición de irreemplazable.
Y quien sustituya al insustituible tendrá que convencer de que es el indicado para hacerlo, y con la tarea embarazosa, además, de llenar los vacíos que iba dejando tras de sí el imparable todoterreno.Especialmente, lo que espera en la Palestina mal recosida que parece que tenía en mente el táctico en su visión de estratega.

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