La calle Bravo Murillo es larga, comercial y concurrida. Bajando por el barrio de Tetuán hacia la glorieta de Cuatro Caminos se asemeja bastante a la Carretera de Sants: tráfico incesante, aceras anchas y todas las modalidades del comercio alineadas en perfecto orden de combate, así en lo mercantil como en lo inmobiliario. La calle Bravo Murillo explica algunas cosas interesantes de Madrid.

La sastrería Oxford, por ejemplo, habla de ese nuevo impulso igualitario que cuajó en España en los años setenta, cuando los hijos de los obreros comenzaron a acceder a la universidad y las clases medias se asentaron de manera definitiva en las playas del consumo. Hubo un momento en que la compra de ropa nueva los sábados por la tarde dejó de ser un mero deseo de dignidad. La España de camisa blanca empezaba a rendir culto a las relaciones públicas. Ahí nació la actual democracia, o mejor dicho, la imposibilidad de que el franquismo mutara en un régimen semiautoritario regido por unas elites ilustradas y distantes en su chaqueta cruzada. Ahí comenzó a ascender la estrella azul de Adolfo Suárez y a declinar la mirada altiva de José María de Areilza. Treinta años después, la sastrería Oxford sigue vendiendo trencas socialdemócratas, pero para vestir a la última hay que ir al barrio de Chueca, donde los comercios de moda más o menos gay administran la novísima subjetividad: todos iguales y todos distintos a la vez.

La calle Bravo Murillo es un libro abierto. Menos boyante que la sastrería Oxford, la tienda de confección Gancedo y González liquida existencias, mientras una banca de nuevo tipo publicita el trasiego de divisas con el siguiente reclamo: "¿Ya enviaste tu platita a Ecuador?". Unos metros más allá, la central de patatas fritas El Sol de Castilla resiste los embates de la globalización con la misma gallardía de don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, en las Navas de Tolosa. Una época muere y otra nace en la acera de enfrente.

El libre mercado exhibe su musculatura de barrio en Bravo Murillo. Justo al lado de una farmacia blanca y ortodoxa, una herboristería lee a Nietzsche y propugna un hombre nuevo a base de tres tomas diarias de própolis. Ya que el Estado jamás volverá a ser lo que fue, las resinas que las abejas extraen de los árboles para sellar sus colmenas nos protegerán de las infecciones del azar. El hombreprópolis será inmune. Un gigante de la voluntad. Reflejado en el escaparate, entre potes de lecitina de soja, el cronista, en un momento de desvarío, cree ver a Nietzsche abrazado a un caballo, implorando, viejo y enfermo, piedad para el rocinante azotado. Y le tienta de nuevo aquella elegía vienesa de Joseph Roth: "Todo lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado".

Bravo Murillo habla de un combate sin fin. De un tiempo en que la gente viajaba con devoción y al volver abría una tienda con el nombre de la ciudad visitada - la óptica Roma, con la loba dando de mamar a Rómulo y Remo, la joyería Firenze...- y de las nuevas fantasías de madrugada. La tienda de regalos Punto K, por ejemplo. Cada rótulo es un sueño. El libre comercio es una gran exaltación de la subjetividad. O al menos lo era antes de que las grandes cadenas la colectivizasen con la misma determinación con que el Soviet de Petrogrado decretó el fin de la vida privada a Lara y al doctor Zhivago. Pero hay bastiones que resisten, como Saneamientos Pereda. Como el mismísimo Bravo Murillo, efímero primer ministro isabelino, benefactor de Madrid con el canal de agua potable y nostálgico del absolutismo. Pérez Galdós fue a por él en Narváez,novela de la cuarta serie de los Episodios Nacionales. "La persona de don Juan no puede ser más extremeña: como político es compacto, duro, consistente; como orador, macizo, aplastante, pesado; de una claridad pasmosa en los asuntos de la ley escrita. Al jurisperito lo tengo por excelente; al político por uno de los más vulgares, hombre aferrado a ideas viejas, y hecho a J. RICART las rutinas como a los embutidos de su país". No era manco don Benito. Valle-Inclán, cariñoso, le llamaba el garbancero, por su afición a las legumbres y al estilo popular.

Bravo Murillo, en fin, tiene sorpresa. Entre los cines Lido y Cristal, a dos pasos de la estación de metro de Alvarado, una modesta tienda de confección invita a las mujeres a comprar visibilidad por un precio mesurado. Pasolini quizá le habría dedicado un poema sobre el ardiente deseo de vida en las borghate,en los pliegues humildes de la gran ciudad. Se llama Seny y suena a roce familiar, a cariño cotidiano. A malentendido o a redundante ironía.