Stéphane Dion es un profesor quebequés de ciencia política cuyo paso por el Ministerio de Asuntos Intergubernamentales de Canadá culminó con la ley de clarificación (1995), según la cual la pregunta en un referendo de secesión debe ser clara y precisa, a fin de erradicar la ambigüedad del soberanismo asociado propio de los nacionalistas. Su defensa del federalismo canadiense parte de la constatación de que "Canadá es, en primer lugar y ante todo, un principio de ayuda mutua, uno de los mejores que el ser humano ha inventado", ya que "el hecho de estar juntos nos proporciona una de las mejores calidades de vida del mundo". Por ello, "lo que constituye la principal fuerza y la verdadera grandeza de Canadá es su capacidad de reunir poblaciones diferentes en torno a objetivos comunes".

Es inútil buscar un pensamiento semejante --a un lado y otro del Ebro-- que, más allá de huecas invocaciones a la unidad de España y de vagos cantos a la España plural, defienda con ilusión la existencia de un proyecto compartido que redunde en aumentar el bienestar de todos los pueblos de España. Resulta por ello bizantino el debate sobre si habrá o no Estatut. Lo haya o no lo haya, la herida cerrará en falso y el debate se reabrirá más agrio, gracias a los recíprocos agravios. Hasta que llegue el día inexorable en que no quepa ya eludir la pregunta de si nos conviene o no seguir juntos. En el bien entendido de que --como agrega Dion-- "puede realizarse la secesión, pero no de forma unilateral, sino negociada, pues en una sociedad democrática un divorcio entre dos partes de un Estado no puede hacerse cogiendo las maletas y marchándose una de ellas, dejando a la que se queda con todos los problemas del hogar y de la familia".