Es muy difícil escoger el epígrafe más suculento de la Respect agenda en la que Tony Blair ha escrito los detalles que informan su Respect Action Plan. Tener a mano un teléfono especial para llamar a la policía y denunciar al prójimo es toda una tentación. Para actuar en pro de la justicia, para contribuir, como quiere Blair citando a Hobbes, al "genuino debate intelectual sobre la naturaleza de la libertad en la moderna sociedad del desarrollo", o simplemente para tocar las narices de uno a quien el acusador tenga ojeriza porque pudiendo ser del Chelsea resulta que es socio del Arsenal. Esa cosa tan simpática de convertirse en delator hace estragos y las acusaciones anónimas siempre han reportado un gran regocijo entre la población. Otro detalle de la cruzada Blair (como cuenta Rafael Ramos en una crónica que podría firmar Orwell) es la promoción de agentes de apoyo social para vigilar que los niños asistan a clase, al mismo tiempo que se castiga a los padres de quienes no asistan con penas incluso de prisión. Pienso yo que si los niños no van a clase a pesar de la presencia de los agentes y si los niños siguen sin ir a clase porque sus padres no se ocupan de ellos, pues, eso, que con los padres en prisión y los policías en babia, pues ya me dirán quién demonios llevará a clase a los pequeños monstruos. Supongo que Blair encontrará alguna solución al acertijo.

Pero hay más. La vigilancia vía satélite es una preciosidad. Se empieza por controlar a los coches mal aparcados y sin seguro, seguimos con las barbacoas extraparlamentarias y con los invernaderos ilegales, y le acaban llamando a uno por teléfono ( "te estamos observando, querido") para que no unte el pan con tanta margarina, no sea que las grasas acaben afectando a su corazón con el consiguiente descalabro para la sanidad pública. La joya de la corona, sin embargo, son esas academias nacionales para padres que no saben cómo ejercer de padres y los cursillos para controlar la ira y el presupuesto familiar, dos aspectos de la realidad que suelen ir unidos y que se nos aparecen como inversamente proporcionales. A menos presupuesto, más ira. Demonios, me imagino una clase para padres sin libras ni control, pero con una ira estupenda, una auténtica y genuina ira. Y también me imagino al profesor de la clase, y a los señores agentes que van a procurar que los padres no sigan el ejemplo de sus hijos, porque entonces, si no, quienes van a tener que pagar el pato serán los siempre sufridos abuelos.

De todo lo que contiene la Respect agenda,yo me quedo con la prevista expulsión de los vecinos irritables e irritadores, esos vecinos gamberros que fríen sardinas a todas horas, fornican sin cesar al amparo de unas paredes casi transparentes, gritan como posesos, eructan con ostentación y no reciclan convenientemente la basura. Para ellos, Blair ha pensado en unas residencias de castigo donde es muy probable que se vean obligados a tomar clases de control de la ira y del presupuesto. Esos vecinos tan antipáticos van a tener que tomar cucharadas de su propia medicina, como en La naranja mecánica,para poder volver a sus casas en olor de santidad, envueltos en una manta de buenos sentimientos y mejor convivencia. Dios mío, ¡qué pedazo de ambiente se vivirá en ese reeducador campo de concentración!