Una de las tentaciones de cualquier orador o escribiente es emplear más palabras de las necesarias para explicar lo que el propio autor ignora. Y cuando alguien se adentra sin matices en la interpretación de una actualidad compleja, no sólo corre el riesgo de que sus expresiones las cargue el diablo, sino la osada ignorancia, que aún es peor. Entre otras cosas porque la mayor enfermedad de los indocumentados es desconocer su condición de tales, algo que suplen expresándose con voz y pluma rotundas. En este país, el rigor y los argumentos son diariamente zarandeados por el insulto, máxima manifestación de la carencia de pensamiento. Luego, en el otro lado del ring dialéctico, asoman gurús que no paran de darnos lecciones en las que se adivina un cierto fariseísmo enmascarado.
Frente a tantos sabios y locos furiosos dando dentelladas al micrófono o aporreando el teclado del ordenador; frente a quienes tanto empeño ponen en beatificar la radicalidad y los ajustes de cuentas, sólo nos queda el aliento de la reflexión serena y sin estridencias. Por ello es gratificante que los lectores de La Vanguardia podamos disfrutar de las tesis, sólidamente argumentadas, de nuestro delegado en Madrid, Enric Juliana, que acaba de publicar La España de los pingüinos (Destino). El suplemento Revista les ofrece hoy un avance editorial de esta obra.

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