ESTA ministra tan moderna, Trujillo, tan neohippie con sus tatuajes de henna, tan luminosa con su brillante en la dentadura, tan funcional con su despacho zen, es un prodigio de eficacia, una maravilla de empuje, un portento de vigor. Nada menos que 195 viviendas (ciento noventa y cinco, no hay erratas) ha alquilado su Ministerio en cuatro meses que lleva funcionando la agencia pública creada para abaratar los arrendamientos, que se van a desplomar de un momento a otro ante la energía y el brío de la oferta gubernamental. Y sólo se ha gastado seis millones de euros en esta friolera de contratos, que tiene temblando a las agencias de propiedad inmobiliaria, horrorizadas ante el coraje y la agresividad de tan inesperada competencia.

Ante esta evidencia manifiesta se va a acabar la flagrante injusticia de que María Antonia Trujillo sea con terca recurrencia la ministra peor valorada del Gabinete Zapatero. ¿Cuándo se ha visto en España un Ministerio capaz de poner en alquiler 195 viviendas en cuatro meses? Algunos puristas liberales sostienen que en realidad nunca se había visto, desde los tiempos de Franco, un Gobierno que considerase propio de su actividad el arrendamiento urbano, y que para estimular los alquileres sería mucho más efectivo rebajarles los impuestos y agilizar las ejecuciones de impagados. También aseveran que cualquier agencia privada puede despedir por falta de productividad a un vendedor que logre menos de doscientos contratos en un cuatrimestre. Tonterías. Ganas de negarle méritos a los socialistas, que en su afán de servicio público son capaces de invertir, sin escatimar gastos, mil millones de pesetas en una agencia inmobiliaria para atender cinco mil demandas y resolver menos de doscientas. Esto sí que es una ratio estajanovista.

Cada uno de esos 195 contratos le han costado al Estado 30.679 euros, algo más de cinco millones de las extintas pesetas. Un poco caros, sí, pero la cuestión es que el Ministerio de la Vivienda, contra el pronóstico de los agoreros y las críticas de los profesionales del pesimismo, ha puesto en marcha al cabo de dos años su maquinaria contra los excesos del mercado. Y eso ya va a ser imparable.

Por eso la ministra se ha tatuado henna en las manos y se ha injertado un seductor brillante en medio de la sonrisa de vender triunfalismos. Una imagen seductora, fresca, renovada, para una gestión competente y de avasalladora pujanza. Aún no ha construido micropisos, pero ya tiene la SPA, que no es un balneario -aunque lo parezca por su nivel de actividad-, sino una Sociedad Pública de Alquiler. Que tiemblen los especuladores, que se les viene encima la apisonadora del Estado. Si le gustan los tatuajes, Trujillo podría pintarse, como Rimbaud, una leyenda de impacto: «He nacido para revolucionar el infierno». Eso sí, poquito a poco. Que las prisas son malas consejeras.